ISLAM Y AL-ANDALUS

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ALLÂH REALIZABLE

giralda-alandalus

Tiene que ser Al Andalus cuando los musulmanes buscan como maestro de Conocimiento a un cristiano.

A José Manuel Martín Portales.

 

La lectura de la Revelación Progresiva

Antes de ninguna Revelación existió el mito. El mito es la primera prueba de que la conciencia late en el hombre. Responde a la intuición de que no hay más que Realidad y que en su seno tiene lugar el Misterio. La forma de desvelarse el misterio cuando se lo considera interior a la realidad es el mito. La vivencia del tiempo que corresponde a esta fase es el tiempo cíclico: no hay Historia porque el hombre habita en la corteza de un universo que pertenece al Misterio y no a él. En el tiempo mítico el hombre está más cerca de la trasparencia de lo natural que de la fabricación de lo humano. El mito es un balbuceo de conciencia humana que deja traslucir la intuición del sentido de lo que está en estado de naturaleza.

En este medio surge la primera Revelación, la primera perplejidad. Ya no habrá más trasparencia. La trasparencia será sustituida por el esfuerzo del hombre de buscar su sentido. El tiempo que giraba en círculos pierde su tendencia cíclica en una de las tangentes del círculo y sigue ya para siempre en forma lineal. Surge, entonces, la realidad como misterio. A partir de ese momento será la realidad la que habite el interior del misterio.

A pesar de lo positivo del planteamiento mítico durante el tiempo de gestación de la conciencia, el espíritu humano debía evolucionar sólo desde el planteamiento histórico, que nace no obstante acompañado de una indescriptible sensación de angustia de culpa original. El descubrimiento de que la vida humana no va hacia un fin sino que retorna infinitamente, el sentimiento de ser presa de un ciclo, es el origen de la primera Revelación. Mas esto no hace sino acuciar la angustia de un hombre que debe construirse un futuro sin la menor guía. Mientras el hombre vivió en tiempo mítico, su pánico era que -en determinados momentos del año- no se produjera la recreación del ciclo; el miedo del hombre que vive en tiempo histórico es no saber cómo enfrentarse a su futuro. Aunque, en realidad, sólo el tiempo lineal abre la posibilidad del sentido, dando auténtica razón de ser a la acción humana.

En el planteamiento mítico, la Realidad tiene unos límites precisos y definitivos, y el hombre es esa parte de la Realidad que es frontera con el Misterio. Es una Realidad acabada, cerrada, que sólo puede recrearse eternamente. El hombre encargado de introducirse en el misterio de la Realidad es el chamán. Por el contrario, el Profeta vive en una Realidad susceptible de ir expandiéndose ganándole terreno al Misterio; por eso decimos que la Realidad fruto de la Revelación es Historia, acontecer humano, progreso, posibilidad del hacerse de una identidad: la del hombre. La tarea del Profeta no será -como la del chamán- un viaje al interior de la Realidad, sino una apertura a lo exterior, a “lo que desciende” de lo alto; lo que está fuera sólo se puede escuchar, no penetrar.

Sin embargo, esta primera intuición (y aún la segunda) de la “exterioridad” del misterio respecto a la Realidad va a situar a Dios bien lejos del mundo cotidiano. Al contrario que el mundo mítico, que fue siempre un mundo poblado de Dioses, el Dios de las Revelaciones es intuido en el Judaísmo y el Cristianismo como un Dios de lo alto, remoto, celestial. Tendrá que ser el Islam el que defienda que la exterioridad del Misterio no es separación, puesto que el mundo sucede en Allâh y Allâh va realizándose en la medida que el mundo expansiona su realidad en Allâh.

La Revelación abrahámica logra la inversión de la intuición mítica: la realidad es interior al misterio de lo sagrado. La Revelación de Jesús acusa la tentación de dualidad de las interpretaciones judaicas de la primera Revelación entre el exterior divino (misterio de Amor) y el interior mundanal (resultado de la recepción del Amor), llevándonos quizá involuntariamente a un Dios frente al mundo que con los siglos relegará a Dios al papel de “Dios ocioso”. El Islam -la tercera de las Revelaciones semitas- nos recuerda que Allâh es exterior al Mundo pero no separado, ajeno, porque si así fuera el mundo carecería del menor sentido. Propiamente hablando, del Misterio -de lo sagrado- no debería decirse ni siquiera que es “exterior a la Realidad”, sino que es “horizonte de Realidad”, puesto que el Misterio que envuelve lo real forma parte de lo real, siendo que la realidad crece en su seno realizando su misterio.

El núcleo de la Revelación judía no es la existencia de un solo Dios como se ha interpretado comúnmente sino su carácter abierto, realizable: “No soy un factum. No soy un algo. No soy un Ser”, ésa es la primera perplejidad de Dios. “Yo seré el que seré”. Hasta ese momento no había Historia, no había tiempo humano: sólo había tiempo de Dios, un tiempo que obligaba al hombre a girar eternamente en ciclos cerrados; desde la Revelación judaica se inventa el tiempo del hombre sin robárselo a Dios, porque Dios va a ir siendo en el tiempo del hombre dependiendo de qué haga éste. Sólo el tiempo lineal abre la posibilidad del sentido, dando auténtica razón de ser a la acción humana.

¿En qué consiste la mal interpretación de la Revelación judía? En tratar de establecer una relación racional con el Misterio, esto es, intentar domesticar a Dios haciendo de Él algo comprensible. El hombre sólo tendrá que obedecer para tener calmado al Dios de la ira. Pero esto no fue lo que de verdad se reveló. El pasaje de la zarza es el fundamental: Moisés le pregunta a Dios quién es y éste le responde que “Él será lo que tenga que ser” y que vaya a liberar a su pueblo a Egipto. La invitación de Dios no es a conocerlo sino a liberar al hombre. Pero el Mensaje es más revolucionario aún: Ehié ashér ehié supone decir: “Tu libertad me realiza... Hazte un pueblo libre, construye tu Historia, construye tu mundo y me realizarás”.

Esto en lo relativo a la primera Revelación. Pasa el tiempo y el hombre no ha terminado de comprender que toda la realidad es sagrada. Ha ubicado en lo alto del cielo a ese Dios que decía de sí mismo que dependía del hombre y lo ha hecho objeto de un pacto para institucionalizar su relación con él, con un beneficio claro de la clase sacerdotal que es la encargada del entendimiento con Dios. Convenía que Dios fuera misterioso y terrible -un ganz andere , un “absolutamente otro” al mundo- para que fueran pocos los que quisieran entenderse con él. Viene la Revelación de Jesús, acercando infinitamente a Dios al corazón de cada hombre y es rápidamente detectado por los escribas y fariseos como un desestabilizador. Jesús hablaba de un Dios que es Amor y que por ello no debía ser comprendido sino amado, como no debía convivirse con él según un pacto sagrado sino morir en Él. Jesús trataba de romper el pacto con Dios que pudre la autenticidad de la vida espiritual. El núcleo de la Revelación de Jesús es que la naturaleza de ese misterio sagrado que envuelve la Realidad es el Amor. Pero como quiera que el pueblo que recibe esta Revelación seguía viendo a Dios frente al mundo, se inaugura el tiempo de la amistad con Dios, un Dios que va a ser Bueno y por cuya razón el hombre tiene que amarlo. Y si los sacerdotes de Israel lograron poder por la mal interpetación de la primera Revelación, la Iglesia fue el gran engendro del Poder religioso en la Historia humana. Es la Iglesia la que juega a la culpabilidad con el hombre occidental para manipularlo hasta hacer de él un monstruo.

¿Qué es lo que no fue comprendido del mensaje de Jesús? Que no hay un Dios frente a un mundo. Cuando Jesús dice que Dios es Amor está refiriéndose a que dentro de Dios se da una tensión de relacionalidad llamada Amor. El Amor es la única cosa que sólo es cuando se da, lo único que logra su plenitud en pleno desprendimiento de sí. El que ama es alguien que se niega. Esto es Dios. Dios con la Creación sufre un proceso de desgajamiento interno, de fractura, de tales características que se pone en tesitura de no ser a manos de aquel a quien ama. Ésta es la segunda perplejidad de Dios: para ser tengo que vaciarme por completo, morir en lo que amo. La Creación es el resultado de la autonegación de Dios.

Y surge la tercera de las más significativas Revelaciones semitas: la de Muhammad, con un núcleo fundamental: el tauhîd. La de Muhammad quizá sea la menos ostentosa de las Revelaciones, tiene la fuerza de lo sencillo y por eso fue elegido un hombre que no era un príncipe de Egipto como Moisés ni siquiera sabía escribir como Jesús. Se eligió a un hombre ignorante para decir lo que los sabios no querían comprender: Dios no es un otro al mundo; la Realidad es una. “Yo soy la totalidad y la Unicidad de lo real”, dice Allâh y ésta es su tercera perplejidad. No sólo que Allâh es lo real, sino lo real que puede ampliarse. Lo real no es algo plano, el mundo no es una pintura, tiene capacidad de ser realizado, vivido, ampliado. Naturalmente, Muhammad recuerda lo esencial de los mensajes anteriores, a saber, que Dios sucede con el mundo y que la rahma -el amor de Dios que fabrica mundo- está continuamente verificándose en la existencia.

¿Qué no se ha comprendido por el propio pueblo musulmán de la Revelación de Muhammad? Que las Revelaciones anteriores son verdad. El Corán dice que todos los profetas son iguales y que Allâh ha dado a cada pueblo los ritos por los que se guían, y Muhammad dijo de sí mismo que él era sólo el último de los profetas. Sin embargo, tantas veces el musulmán ha sido sordo a los textos y las palabras de los profetas anteriores que se ha visto solo a la hora de interpretar el Corán. El Corán es el último de lo mensajes y comprenderlo sin saber nada de los mensajes anteriores, si bien es posible porque el texto sagrado lo contiene todo, es mucho más complicado que hacer el seguimiento de lo que han dicho esos profetas que para el Corán son veraces. Si se hubiera escuchado, por ejemplo, la palabra de Musa (a.s.) sabríamos que Allâh no es un ser en alguna parte del cosmos sino algo que sucede en lo que sucede. Si se hubiera escuchado la palabra de Isa (a.s.) sabríamos que dentro de ese Uno que es Allâh se da una tensión de Amor y que esta tensión es lo que hace del hombre un ser libre. El Islam puede llegar a un planteamiento metafísico en el cual Allâh es una especie de inevitable omnipresente y el hombre una excusa de Allâh para su exhibición. Por eso la teología islámica clásica no entiende la libertad del hombre y la ve una libertad frente a Dios, cuando es tan sólo una libertad en Dios.

No ha hecho falta una nueva Revelación para reinterpretar lo que se ha malinterpretado de la Revelación de Muhammad. Bastaba con llevar el Corán a su consecuencia: la investigación concienzuda de los mensajes de los profetas anteriores a Muhammad que son declarados por el Corán como auténticos. En eso estamos en lo que hemos denominado la ‘Revelación progresiva’, que tiene en cuenta todas las revelaciones anteriores. Naturalmente, sabemos que la Torá no siempre ha sido comprendida y que el mensaje de Jesús ha sido claramente manipulado, pero creemos poder hacer una lectura inocente de estos textos y descubrir no sólo todo aquello que -porque incomodaba- no se ha querido leer, sino comprender el sentido de que un único Dios diga de sí mismo cosas aparentemente diferentes en distintos momentos de la Historia. Se trata de tomar las tres revelaciones semitas como tres fases de una sola expresión divina y no como revelaciones confrontadas, dándonos cuenta de que -si bien todo se encuentra en cada libro, en cada capítulo, en cada letra sagrada- la dificultad de desentrañar el sentido de la palabra divina es mayor cuanto menos base exegética tengamos. El Corán tiene esencialmente la misma revelación que el Evangelio y que la Torá, pero para un pueblo es más fácil captarlo en un texto y para otro es más apropiado otro de los textos. No hablamos por hablar: el Rahman es el modo islámico de hablar del Dios-Amor del Cristianismo y la invitación al amor de Cristo es para nosotros realizar el tauhîd, mientras que Ana dahr (‘Yo soy el tiempo’) es el modo islámico de decir “Ehyé ashér ehyé” (‘Seré el que seré’), mostrando a todas luces que lo esencial de Allâh es que no tiene esencia sino que es puro suceso.

El sentido de estas revelaciones progresivas no es sólo recordar lo que no se ha querido escuchar de las anteriores sino que, al ser tres palabras divinas cambiadas -que no distintas- se da al hombre la posibilidad de comprender que la palabra de Dios cambia porque Él mismo cambia, porque no deja de cambiar con los acontecimientos.

En esto consiste la permanente perplejidad de Dios: en su conciencia de incesante cambio, de permanente realización. “No soy inmutable, no soy indiferente a la acción humana”. Éste es el asombro de Dios que da lugar a las Revelaciones y sentido al Universo: el hombre realiza a Dios, si quiere, y si no quiere, no lo realiza. Y por esa única razón Dios se ha revelado como Amor, como rahma. Porque el Amor es eso que necesita de otro para ser sí mismo, y no de un otro cualquiera, sino de un otro que pueda no realizarlo. Si no te doy la opción de que no me quieras, no puedes quererme de verdad; no me puedes decir “sí” -un auténtico “sí”- si no te permito que me digas “no”. Dios hace eso con el hombre. No es un teatro. Las Revelaciones dan cuenta de que en el seno de Dios se está produciendo una experiencia de Amor, es decir, una experiencia de negarse a sí mismo para llegar a ser de verdad. Decir que ‘Dios es Amor’ no es saber qué es Dios sino expresar nuestra propia conciencia de que Dios está por realizar y que depende de nosotros. El Amor se nos revela como una negación interna para que haya auténtica afirmación. Sólo lo que ama va siendo de verdad, porque amar es ponerse en situación de no ser para dar sentido al que puede hacerte no ser. El Uno, Dios, Allâh, se nos revela, por tanto como un Todo tensionado internamente entre su voluntad de “sí” y la posibilidad real del “no”. El Amor se nos revela como una tensión de relacionalidad de algo fracturado internamente. No es el Todo amorfo con que trabaja la metafísica islámica clásica ni tampoco la multiplicidad sin relación interna que pretenden los materialistas absolutos. Dentro del Uno se da una relacionalidad de lo fracturado tan auténtica como real es la fractura. Una vez más: Dios no es algo desmembrado internamente pero tampoco es una masa uniforme donde todo es lo mismo. La fractura interna es real, y de esto nada ha dicho la metafísica islámica clásica, quizá porque pertenecía al mundo de lo evidente: sólo hay que abrir los ojos para constatar que existen los individuos, los objetos, y sólo hay que tener conciencia humana para constatar que nuestra existencia depende de las opciones que elegimos. La fractura interna al Uno es real, pero no es un rompimiento interno: Eres individuo, de verdad, con todas sus posibilidades, para hacer tauhîd o para extinguirte en la inexistencia que es ausencia de Dios. No podrías hacer tauhîd si la Unidad fuera ya algo dado previamente y al margen de ti.

La verdad de la Revelación es que se nos ha mostrado un único Dios (Judaísmo) que es Amor (Cristianismo) y Acción Pura (Islam). Lo genuino del pensamiento que pretendemos expresar en la medida de lo posible no es otra cosa que la puesta en relación de estas tres revelaciones, partiendo del convencimiento de que sólo son una revelación progresiva que debe ser repensada, que está siempre abierta a su intrínseca novedad, pero que ha sido también pervertida en la medida que históricamente se han asumido como revelaciones enfrentadas o en pugna dialéctica y social.

Cada tradición, por separado, ha desarrollado una espiritualidad específica que no pretendemos poner en tela de juicio gratuitamente. Son claras las divergencias y están suficientemente constatadas en la Historia. Lo único que pretendemos poner de manifiesto es la posibilidad de que, en efecto, se trate de tres revelaciones sucesivas de una misma realidad que sólo quedarían completadas en su complementariedad. Entendiendo la radical vinculación de estos tres grandes núcleos podemos intuir un marco de sentido, común a todos, capaz de superar las diferentes concreciones históricas, al menos, de momento, en el terreno del pensamiento.

Creador - criatura, esencia - existencia, trascendente - inmanente, amante - amado, cognoscente - conocido... son bipolarizaciones insuficientes, aunque útiles para el pensamiento hu­ma­no, de lo que está ocurriendo en el Uno. Lo que ocurre en el Uno es una tensión de relacionalidad. Y esto es entendible si el Uno es Amor, porque sólo el Amor está constituido en sí mismo por una distancia intrínseca que lo hace posible. El Amor no es una máquina creadora de bondad o un núcleo generador de energía, sino un sí mismo constituido por una fractura relacionada. Esa fractura constitutiva de lo Uno es, en rigor, el gran misterio que sobrepasa todo conocimiento.

La máxima relacionalidad se da en la máxima distancia. La Creación (entendida como pura materialidad) es la manifestación de la máxima distancia. Cuando en el proceso de la creación material se alcanza la conciencia de separación se ha alcanzado también, en ese mismo instante, la máxima distancia, y alcanzada la máxima distancia se alcanza también la consumación de la unidad. El gran anhelo del hombre, su infinita y sobrecogedora sed, no es otra cosa que la constatación de que en ese proceso de distancia que constituye al Uno se ha llegado al límite. El hombre es el límite de la distancia que constituye al Uno, la verificación de la fractura relacionada.

Desde esta perspectiva intuimos que se abre un nuevo campo de sentido, e igualmente queda abierto un esfuerzo de relectura de las diversas tradiciones espirituales de la humanidad, abriéndose para sus mensajes un panorama más pleno de significación desde la crucialidad del momento en que estamos: el definitivo encuentro -la convergencia- de las tradiciones en el punto central al que todas ellas se dirigían. Un horizonte de “sentido” debe sustituir a un horizonte de “verdad”. La asunción del vértigo debe sustituir a la búsqueda de la seguridad. La experiencia del Amor debe sustituir a la experiencia del poder o del egoísmo. La tremenda paradoja del Amor es que es un posibilitador de distancias. La tremenda paradoja del Uno es que es relacionalidad pura. La tremenda paradoja de Allâh es que no es un Ser sino un acontecer; no es una Esencia sino lo que sucede del modo en que sucede. Todo proyecto de unificación es un proceso de relación. Todo proyecto de presencia es un proceso de ausencia. Todo proyecto de afirmación es un proceso de negación. Todo proyecto de unidad es un proceso de distancia y de diversificación. Amar no es poseer sino darse. Todo proyecto de Amor es un proceso de pérdida. El proyecto del Uno es el proyecto de la Creación. El hombre es una perplejidad que no acaba de comprenderse dentro de Dios; pero Dios es a su vez objeto de la perplejidad de depender del hombre para su realización. La conciencia que tiene el hombre de su papel trascendental le da tal vértigo, que el hombre prefiere pactar con Yahweh, cantar a Jesús con guitarras, o abandonarse a vivir in sha’a llâh. Éstas son las huidas. Dar cumplimiento a lo sagrado, el reto.

Dios es algo que para llegar a ser se tiene que desestructurar internamente; algo que para llegar a ser debe antes no ser; algo que sólo tiene en sí posibilidad de ser y no plenitud. Dios no es un ser, no tiene poder, Dios es una nada voluntaria para que tú seas y -si quieres- le hagas ser en la medida que quieras. Dios es un proceso entre su voluntad de ser y su realización que está en manos de la Creación. Por eso existe la Creación. La Creación es la consecuencia de la fractura que tiene lugar en Dios para hacerse posible, para llegar a ser Dios. Ya lo hemos dicho: Dios debía de introducir la posibilidad -real, no teatral- del “No” para poder ser un “Sí”, en realidad, el único “sí” posible en el universo. Dios no es voluntad de posesión sino desestructuración interna, pobreza, ausencia de sí, por cuya ausencia emerge un universo.

La Revelación -todas las revelaciones- son esencialmente la perplejidad de Dios respecto a sí mismo: su No-Saber y no su Ciencia es lo que nos ha sido revelado. Un Dios que no es respuesta -un Dios que no responde- es lo que se ha revelado, lo que Dios revela es su propia pregunta, su propia perplejidad respecto al hecho de la existencia. Leer inocentemente la Revelación es ser capaces de contener en nosotros la perplejidad de Dios. La Revelación te invita a permanecer en el asombro y no a resolver el asombro con respuestas. La Revelación aviva la conciencia del hombre de ser una pregunta; una pregunta no abocada a una respuesta, sino a permanecer eternamente en estado de pregunta. La razón intenta machaconamente responder a la pregunta del hombre; trata desesperadamente de interpretar la Revelación sin darse cuenta que toda Revelación exigía de nosotros que la soportásemos como perplejidad, como lo que es, y no que la usáramos para resolver nuestras inquietudes y canjeásemos nuestras certezas por poder. La teología siempre quiso contestar a la pregunta por el sentido y el resultado fueron las castas sacerdotales; la mística, sin embargo, no trató de resolver el vértigo que le daba la perplejidad de Dios y habló de morir en Él. Y, a cambio, los místicos lograron la incomprensión social, la pobreza, la locura y -si era necesaria, como en Al Hallaÿ- la muerte....

La teología siempre buscó una Verdad que destensase la angustia de la pregunta. Aunque lo cierto es que las verdades racionales no han resuelto el miedo del hombre, sólo lo han hecho más laberíntico, y ahora nadie sabe a qué teme. Quien quiera usar la Revelación para liberar la tensión existencial del hombre está manipulando la Revelación. Láqad jalaqnâ l-insâna fî kábad , dice el Corán: ‘Ciertamente, hemos creado al ser humano en tensión’ (90:4); y la tensión es connatural al hombre.

Nuestra pregunta no tiene respuesta, no tiene explicación. Un hombre que se ha contestado sus cuestiones es alguien que ha abandonado su posibilidad de tener un sentido. Porque el único sentido de la vida humana es realizar a Dios, y sólo puede realizárselo en la tensión de amarlo todo. Ninguna doctrina, ninguna idea, puede sustituir la experiencia del amar a costa de sí mismo. Cuando Dios dice de sí mismo que es Amor (Ana Rahman Ana Rahîm) no está dando la respuesta sino expresando el sentido de la pregunta.

La gran respuesta del hombre amedrentado fue “Dios”. “Dios” -con su Belleza, su Bien y su Verdad- ha sido hasta hoy la perfecta aniquilación del enigma del hombre y, consiguientemente, la completa destrucción de la vida del hombre. Los ateos han sido la mayor parte de las veces los héroes de la Historia. La Revelación leída honestamente no te libra de tus miedos ni te facilita imponer tu seguridad a la fragilidad de los demás. Donde hay una relajación de la tensión propia de lo humano hay una excusa del hombre para ejercer el poder sobre otros hombres con argumentos teológicos. Los ateos detectaron las manipulaciones de los hombres de la religión y su denuncia debe ser escuchada por los que de verdad quieran comprender la Revelación: donde hay ejercicio de poder hay ausencia de Allâh.