ISLAM Y AL-ANDALUS

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EN LYON LOS MUSULMANES VAN A LA BASÍLICA Y PRESENTAN SUS BEBÉS A LA VIRGEN: FIESTA DE LA ANUNCIACIÓN

maria

El 25 de marzo pasado en Jamhour, el purpurado participó en la ceremonia interreligiosa para celebrar la solemnidad de la Anunciación del Señor, fiesta nacional en Líbano. En su intervención él exaltó el valor de la Misericordia, fuente común que liga a los cristianos y musulmanes. Y en María, “nuestra Madre”, los fieles de las dos religiones pueden lograr “entenderse mejor”.

Jamhour (Asianews)

La Misericordia es la “fuente común” entre cristianos y musulmanes, que en María, la madre de Jesús, encuentran un punto de unión y de encuentro. Es este el mensaje dado por el cardenal Philippe Barbarin, arzobispo de Lyon, el pasado 25 de marzo en Jamhour (Líbano), participando en una ceremonia interreligiosa, en ocasión de la solemnidad de la Anunciación del Señor. Desde el año 2010, el gobierno libanés estableció este día como fiesta nacional común islamo-cristiana.

El purpurado es un gran sostenedor de la presencia cristiana en Medio oriente. En los meses pasados fue 2 veces a Erbil (en el Kurdistán iraquí) para ofrecer su ayuda a los cristianos de Mosul y Qaraqosh, escapados de la violencia del Estado islámico. También está implicado y muy comprometido en el diálogo con los musulmanes.

En su intervención, el arzobispo de Lyon recuerda que “la Misericordia toca a todos sus hijos” y gracias a ella cristianos y musulmanes, cuyas relaciones son “antiguas y contrastantes”, hechas de ¡fraternidad y rivalidad”, pueden encontrar una síntesis. “Como entre dos hermanos- subraya el purpurado- que se comportaron muy a menudo entre ellos como enemigos, es mirando en dirección a nuestra Madre, que lograremos entendernos mejor”. A continuación la intervención completa del cardenal. (Traducción editada por AsiaNews):

Beatitud, Eminencia, Su Excelencia el representante del Muftí de la República de Líbano, Excelencias, Ilustres Representantes del islam y del cristianismo

A Su Beatitud el patriarca, Bechara Rai y a la asociación de los exalumnos del colegio de S. José y del colegio de Nuestra Señora de Jamhour, van ante todo, mis más sentidos agradecimientos por haberme invitado a vivir con Ustedes esta jornada del 25 de marzo, tan llena de significados simbólicos.

Junto a mis acompañantes y en particular con el señor Kamel Kabtane, rector de la Gran mezquita de Lyon, nosotros deseamos de todo corazón a vuestro país una bella fiesta bajo el lema del encuentro y de la amistad. Y es para nosotros ciudadanos franceses, un ejemplo extraordinario y una experiencia que, por la primera vez en el año 2015, nosotros hemos tratado de vivir el sábado 21 de marzo pasado, en el santuario  de Nuestra Señora de Longpont, en la diócesis de Evry Corbeil Essonne.

La Misericordia, nuestra fuente común

Ente cristianos y musulmanes, las relaciones son antiguas y la historia nos enseña que están hechas de diálogo y de momentos de crisis, de comprensión pero también de violencia que nosotros quisiéramos desapareciesen para siempre. Como entre dos padres, si miramos a nuestro común origen estaríamos también en grado de entender mejor. Se dice que es yendo hacia el océano, que un río permanece fiel a su fuente; pero también es verdad que volviendo a la fuente, se hace posible redescubrir el momento en el cual nuestros dos corazones formaban uno solo (ver. Conilio Vaticano II, declaración “Nostra Aetate”: “Todos los pueblos forman una sola comunidad. Ellos tiene un común origen, porque Dios ha hecho habitar a cada raza humana en la tierra”).

Quisiera comenzar con poner en evidencia un concepto fundamental, el de la “Misericordia”, que creo sea para nosotros la verdadera fuente común.

De la Biblia, en particular en el “Canto del siervo pastor” del libro de Isaías, descubrimos que Dios ha elegido al pueblo hebraico para que éste fuese un instrumento de su misericordia hacia todas las naciones. Es esta su misión en este mundo. El justo, entre los hebreos es aquel que lleva los pecados del mundo para que todos los hombres sean tocados por la Misericordia divina. Cada año, en ocasión del Yom Kippur, los hebreos rezan no sólo por el perdón de sus pecados, sino también para que el perdón de Dios descienda sobre nosotros, cristianos y musulmanes, y sobre todos los hombres.

En todos los suras del Corán, salvo en una, el nombre de Dios está seguido inmediatamente por dos adjetivos: Al Rahamane y Al Rahim, “el compasivo, el misericordioso”. Para los musulmanes, la Misericordia precede todo en Dios: después de haber concluido la obra de lo creado, él escribió sobre el libro que está más arriba de su trono y que la Misericordia vencerá siempre, también sobre su cólera, también cuando los hombres lleven su obra  a una calle sin salida. “En verdad, Dios posee ciento de misericordias”, recita también un hadith”. “Él hizo descender sólo una sobre la tierra y la distribuyó entre todas las creaturas”. Cuando nosotros, los cristianos leemos estos renglones, éstos nos hacen pensar en Jesús, su único hijo, en el cual se cumple la profecía de Isaías. “He aquí a mi siervo que yo elegí; mi amado en el cual mi alma se complació” (Mt. 12,18).

Cuando en ocasión de su último viaje a Polonia, el 17 de agosto de 2002, S. Juan Pablo II consagró el santuario de Lagiewnicki, cerca de Cracovia, a la Divina Misericordia, él mismo subrayó que la Misericordia no es sólo un atributo de Dios, sino que es el nombre mismo de Dios.

He aquí entonces, la Misericordia, nuestra herencia y nuestra misión.

María, la Anunciación y la Misericordia

Como ha he tenido ocasión de decir, entre cristianos y musulmanes las relaciones son antiguas y contrastantes, hechos de fraternidad y de rivalidades. Como entre dos hermanos que muy a menudo se comportaron entre ellos como enemigos, es mirando en la dirección de nuestra Madre, que lograremos entendernos mejor. Para nosotros cristianos, la Virgen María es nuestra Madre, así como Jesús estableció en el momento de su muerte en la cruz, haciendo de su Madre la Madre de toda la humanidad (Cfr. Jn. 19.27).

Hoy, aquí con ustedes, puedo compartir la alegría que pruebo cada vez que encuentro en el sagrario de la basílica de Fourviére, que domina la ciudad de Lyon, a una familia musulmana que presenta a María a su hijo apenas nacido, para que lo ponga bajo su ala protectora y los confían a su intercesión. Y no es raro que esta familia me pida que les bendiga a su pequeñito en el nombre de Dios, y yo lo hago de todo gusto.

Nosotros, cristianos, tenemos la sensación de avanzar “con María”, como junto a una madre que tiene por mano a su propio hijo. En el camino que nos conduce a Dios, nosotros miramos siempre a Ella como a aquella que está “delante nuestro en el camino”, según la expresión que usamos en uno de nuestros cantos. Vemos las maravillas que Dios cumple en esta joven, en ella y para ella y pedimos al Señor. “¿Por qué no lo haces también con nosotros tus otros hijos?”. Es un poco como si la gracia de esta Madre continuase a rociar desde el interior de la gran familia de la humanidad.

En la narración de la Anunciación, vemos como la Virgen María recibe la Misericordia de Dios, que la hace salir de sí misma y la conduce hacia un nuevo camino. Este texto para mí es el modelo de todas las oraciones: este nos muestra la importancia de la disponibilidad de cada uno de nosotros, para que nuestro corazón y todo nuestro ser estén prontos para recibir a Dios, en el momento en el cual Él haga irrupción en nuestras vidas. En esta narración, nosotros somos testigos de un diálogo maravilloso: esta joven hija que escucha la Palabra de Dios y que, obviamente está bien dispuesta a obedecerle, pero no falta por esto de dirigirle algunas palabras que le brotan del corazón. Mirando a cómo se desarrolla este sorprendente encuentro entre María y el Ángel Gabriel, nosotros entendemos mejor qué es realmente la oración. La cosa más bella que podría ser ver como la Virgen Santa toma las palabras que Dios le dirige a través del ángel. Y aquí nosotros la sentimos exclamar “He aquí la sierva del Señor. Se cumpla en mí, según tu palabra” (v.38).

Cierto, con la Anunciación surge una palabra, una promesa que con mueve a María. Pero, también sin entender lo que se le pide y todo lo que debería acontecer, ella se declara totalmente disponible a obedecer a su Palabra. Esta es, al mismo tiempo, una palabra y una acción- acoger a un niño en su seno- y una promesa que se cumple. ¡Maravillas de la Misericordia de Dios a la obra de nuestras vidas!

María, muestra de Misericordia

Inmediatamente después (María) va a lo de su prima Isabel, más grande que ella, también ella objeto de una visita precedente de Dios. El intercambio de saludos entre ellas sobra de una alegría que las guía. Ambas fueron tocadas, capturadas por la grandeza de Dios y están en grado de expresarla. La Iglesia pide a sus fieles que canten este cántico que exalta la gracia en acción cada tarde, para agradecer a Dios de todo lo que Él nos dona a sus hijos. Y se escucha a María proclamar: “Su Misericordia se extiende de generación en generación”, una frase que es el corazón del Magnificat no sólo porque es el centro del Cántico, sino y sobre todo porque es la clave.

La Misericordia nos toca a todos sus hijos; esa es el objeto mismo de la “promesa hecha a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre” (v, 55), expresión que servirá como conclusión de este canto de acción de gracias, María contempla y describe la Misericordia de Dios en los siglos, en conformidad con etsa promesa, En el Magnificat, descubrimos un fuerte contraste entre los pobres y los ricos, entre los humildes y los potentes, se puede imaginar que Dios castigue a los primeros, mientras se prodiga en consolar a los otros.

Dios, de hecho, hace el bien a todos. Derribar a los potentes de sus tronos es donar a un rico la posibilidad de reencontrarse “con las manos vacías”, es fruto de la Misericordia de Dios, así como del resto elevar a un humilde, mostrarle su dignidad, o colmar a los hambrientos para donarles una nueva esperanza. Dios quiere el bien de todos. “Manda a los ricos con las manos vacías, dispersa a los soberbios”, esta es una bendición de la Misericordia divina, porque el soberbio deja de creerse superior a los otros y se descubre hijo de Dios, también el, como todos los otros.

Para concluir, quisiera subrayar que se vence la batalla de la Misericordia, no sólo con el esfuerz, sino a través del canto de alabanza, Y ante todo está en la alabanza, en esta alegría que deriva de la Misericordia, donde nosotros encontramos la fuerza interior para pasar a la acción, Charles Péguy c0mpara nuestras oraciones con las naves que avanzan hacia el Señor, Después de haber descripto las oraciones más importantes, él evoca la cuarta flota invisible:

“Y son todas las oraciones que ni siquiera son dichas,

las palabras que no se pronuncian.

Pero yo las Escucho. Esos oscuros movimientos del corazón

Movimientos buenos oscuros, los movimientos buenos secretos

que nacen e inconscientemente ascienden hacia mí.

Aquel que está en el asiento ni siquiera lo nota.

Pero yo, yo las recojo, dice Dios".

(Charles Péguy, El Misterio de los Santos Inocentes, en las obras poéticas completas, NRF, Gallimard, 1975, p. 704-705.)

He aquí un camino espiritual que nos puede reunir, más allá de nuestras palabras, de nuestras  tradiciones: que nuestros corazones estén unidos en esta inspiración misericordiosa, que nuestros corazones palpiten con el  mismo ritmo de la Misericordia de Dios. San Charbel, esta tan gran figura de vuestro pueblo, no dice otra cosa: “A través de vuestras oraciones, ustedes pueden hacer llover la Misericordia y regar la tierra de vuestra caridad”.

Conclusión

San Juan Pablo II, dijo que el Líbano es una “nación-mensaje” (Carta apostólica a todos los obispos de la Iglesia católica sobre la situación del Líbano, 7 de septiembre de 1989) Y, ¿cuál es este mensaje? Para mí ante todo es lo de la Misericordia, lo mismo que canta la Virgen en el Magnificat. Este mensaje está más vivo hoy que nunca, en el momento en que la situación de nuestros hermanos cristianos y  musulmanes empeora siempre más en ciertos ámbitos.

Es esencial que, en vuestra escuela, queridos hermanos y hermanas, queridos amigos libaneses, nosotros nos reapropiemos del término “Misericordia”, cuyas raíces tan profundas, como las del cedro, para luego distribuir nuestros ramos en modo armonioso, ¡los unos hacia los otros!, de este modo, nutridos y fortificados por la linfa de la Misericordia, ¡creceremos en dirección al cielo!

Me gusta subrayar que hay dos enseñanzas de Jesús en el Evangelio que pueden ser puestas en paralelo entre ellas. Por un lado dice. “Ustedes sean perfectos, como es perfecto el Padre mío que está en los cielos” (Mt 5,48) y, junto a ese, lo que dice S. Lucas en el Evangelio: “Sean misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre” (Mt 6,36). Se puede sin sombra de dudas deducir qué es la Misericordia de Dios, que lleva el sigilo de la perfección espiritual.

En este día, debemos por lo tanto desearnos los unos a los otros el recibir este don de Dios, para hacer que nuestra humanidad sea mejor y que nos convirtamos siempre más en servidores de la Misericordia y constructores de paz en nuestro mundo.