El estilo andalusí

Categoría: Boletín Yama

pic alandalus

Los nobles nazaríes combatían los calores estivales en los jardines, albercas, baños y las fiestas celebradas en el retiro del Generalife

Enviado a el web. www-islamyal-andalus.org: por Muhammad J. (Granada)

Procedían del desierto, de tierras cálidas castigadas a martillazos de sol. Una de sus primeras intenciones fue buscar el vergel, un lugar lo más parecido al paraíso celestial. En las taquillas, simples jarrones con agua decoraban las salas, cuyos muros mostraban adornos vegetales, lacerías imposibles e inscripciones con versos en alabanza a quien "sólo es vencedor". Los habitantes de la Alhambra y del reino nazarí de Granada crearon un oasis de frescor gracias al líquido elemento que llegaba de la Acequia Real y de Aynadamar.

Maestros en las técnicas de regadío, construyeron toda una madeja acuífera que daba verdor a las alquerías de la vega, algunas de ellas con hammanes propios destinados a unos modos de higiene desconocidos para los cristianos de la época.

Los nazaríes cambiaban sus vestimentas de lana y pieles por el lino, el algodón y la seda, materiales que producían en cantidad y cuya calidad era digna de alabanza en todos los rincones del mundo conocido, piezas apreciadas por los comerciantes genoveses, venecianos y catalanes que ocupaban la lonja próxima a Bib-Rambla. Se cambiaban las tradicionales vestimentas blancas y negras, ambas consideradas de luto o más formales por los colores llamativos y especialmente el rojo, que era el color del verano.

Fue Ismail I (1314-1325) quien decidió convertir en residencia veraniega una construcción que ya iniciara en el último cuarto del siglo XIII el sultán Muhammad II (1273-1302) y que llamó El Generalife.

Jardín paradisíaco

Los sultanes edificaron el palacio por encima de la Alhambra para procurarse un espacio de tranquilidad y de mayor contacto con la naturaleza, una especie de villa de recreo donde hacer un "kit-kat" en las tareas de gobierno. La situación de aquellas edificaciones era ideal, ya que les permitía mantenerse apartados de los asuntos de la corte, al tiempo que, por su proximidad, les garantizaba un rápido retorno a la zona que se hallaba protegida por las murallas alhambreñas.

La Acequia Real permitió convertir aquella colina en unos alcázares y almunias transformados en una auténtica fiesta de la jardinería. Aquella acequia pasaba por el Generalife antes de entrar en la ciudad palatina, permitiendo que tierras de secano se convirtieran en fértiles huertas, que se han mantenido a lo largo de los siglos. Para llegar al Palacio, los sultanes, probablemente a caballo, tenían que salir de la Alhambra por la Puerta del Arrabal, situada al pie de la Torre de los Picos. Una vez cruzado el barranco que ocupa la hoy llamada Cuesta de los Chinos, recorrían el camino que asciende mediante fuerte pendiente hasta el Generalife.

Este espacio o tierra de los jardines estaba dedicado al disfrute de los sultanes, unas estancias adornadas con tapices, cortinas y alfombras de seda, camastros con almohadones y el perfume del azahar, los jazmines y demás flores de la zona. Salas especiales para las mujeres y habitáculos para los músicos, un lugar donde todo estaba pensado para el disfrute de los sentidos, una especie de reproducción del paraíso. Fiestas con bailarinas y recitadoras de poemas, muchas de ellas favoritas de los sultanes, como la conocida Rumaykiyya.

El verano también se manifestaba en las estancias palaciegas de la Alhambra, ya que el sultán trasladaba su dormitorio a la Sala de la Barca. Los embajadores y enviados extranjeros se quedaban sorprendidos al ver al rey nazarí dormir junto a la sala del trono, situada en el Salón de Comares.

Salón zirí
El pueblo llano, por su parte, iba en busca del frescor al Hawr de Mu´ammal, hoy Paseo del Salón. Según relata el escritor y autor de "Zawi" (Ed. Roca Editorial), José Luis Serrano, «en lo que era el arenal, la zona que va desde el Puente Verde a la Biblioteca Municipal se creó en el siglo XI una especie de parque, que era una alameda». Los jóvenes y parejas de enamorados acudían a esta zona en las tardes y noches veraniegas, «al frescor del río y de aquella alameda». La costumbre se ha perpetuado a lo largo del tiempo y la zona sigue siendo uno de los paseos de la ciudad.

De la clase media cuentan que se trasladaba en aquellos estíos de Al-Andalus a una colina llamada Nayd, que se encontraba al este de la ciudad, en lo que hoy sería El Serrallo, donde los más pudientes tenían sus residencias, que se encontraban rodeadas por paseos y jardines.

El vulgo encontraba en las plazas, en la de Bib-Rambla, el espacio dedicado al ocio. Las calles próximas al núcleo religioso y comercial eran las más concurridas. Bajo arcadas y parasoles, los comerciantes pregonaban sus mercancías a gritos. El paisaje se veía sembrado de prestidigitadores, funámbulos, equilibristas, ventrílocuos, músicos, malabaristas y narradores de historias en lo que constituía un asombroso espectáculo callejero. A estos números se añadían las sombras chinescas y los muchos vendedores de amuletos. No faltaban en la época estival los vendedores de agua y el peculiar puesto de plantas medicinales. Incluso existían unos personajes que eran perfumistas y rociaban con sus creaciones a los clientes que se lo solicitaban.

Las bebidas refrescantes del momento eran los "siropes", palabra que daría origen al jarabe, y no eran más que zumos de fruta. La estrella de estas bebidas era la limonada, por supuesto con nieve de Sierra Nevada, que bajaban de las cumbres los neveros. El vino era una bebida consentida en Al-Andalus, que se aliñaba con miel y canela, a la que se le añadía el hielo serrano, lo que constituye un antecedente de la sangría. Todo para vencer al calor andalusí.