ISLAM Y AL-ANDALUS

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FRANCO Y EL ISLAM

guardia-mora

Las relaciones entre Franco y el Islam no han sido analizadas hasta fechas recientes, en torno a ellas, la dictadura franquista construyó la leyenda de una supuesta “amistad hispanoárabe tradicional”. Este artículo presenta los endebles fundamentos de la misma e ilumina una contradictoria política.

LA INVENCIÓN DE LA "TRADICIONAL AMISTAD HISPANOÁRABE".

¿FUE FRANCO PROTECTOR del Islam? ¿Es posible sostener la idea de la Guerra Civil como Cruzada y soslayar la participación de miles de musulmanes en las filas franquistas? Estas y otras preguntas nos acercan a la desconocida historia de los vínculos de Franco con el Islam, que se remontaron a los años 20 del siglo pasado, pues el futuro Caudillo inició su carrera militar en África. En la historia previa primaron más los encuentros que los desencuentros entre ambos lados del estrecho.

PELEAS ENTRE VECINOS
El culto al apóstol Santiago es uno más de los muchos rastros de presencia musulmana en España. Un recuerdo nacido al calor de la Reconquista, pues desde el siglo IX los artistas lo representaron con el aspecto caballeresco de san Jorge, sustituyendo el dragón que tenía bajo los cascos del caballo por un moro. Más tarde, en mérito a tanto galopar contra el sarraceno, Santiago fue nombrado patrón de España y del arma de Caballería.

A pesar de continuos contactos e intercambios culturales, las relaciones hispanomusulmanas fueron pésimas durante siglos. No hay peor enemigo que el vecino y, a las trifulcas de la llamada Reconquista, sucedieron los enredos de los moriscos, el pulso con la piratería berberisca, la lucha contra los otomanos y los conflictos con las tribus circundantes de Ceuta y Melilla. Hasta que en 1912 se inició la ocupación del Protectorado de Marruecos y una guerra que iba a durar quince años, cuyos odios e incomprensiones alcanzaron su cota máxima a raíz del desastre de Annual de 1921. Entonces los rifeños sublevados por Abd el Krim aniquilaron entre 8.000 y 10.000 soldados españoles.

Los militares se encargaron exclusivamente de gobernar el Protectorado de Marruecos y adoptaron dos actitudes ante la población. Una consistió en establecer una relación de proximidad y comprender su lengua y costumbres. Otra se limitó a tacharlos de atrasados y bárbaros. Quienes adoptaron esta política formaron una aplastante mayoría y fueron partidarios de la dureza en el trato. Así, los oficiales que mandaban fuerzas indígenas no solían hablar árabe ni dialectos de la zona

El desprecio al adversario se desarrolló especialmente entre los legionarios, que imitaron las costumbres más crueles de la guerra tribal y cortaron orejas, narices, manos y cabezas a sus presos. Esta mentalidad la reflejó Franco en Marruecos. Diario de una bandera (1921), donde describió sus vivencias como comandante legionario. La guerra terminó en 1927 y, al pacificarse las kabilas (tribus beréberes), se extendió una imagen más amable de los marroquíes que condujo a un cambio radical en la actitud de los militares ante estos al comenzar la Guerra Civil en julio de 1936.

NUEVO PUNTO DE VISTA
Los sublevados, después de trasladar a España el grueso de las tropas coloniales, iniciaron un rápido reclutamiento de mercenarios en Marruecos. Las unidades indígenas de Regulares, Mehal-la y Tiradores de Ifni incrementaron sus efectivos y los voluntarios marroquíes también fueron admitidos en La Legión, la Bandera de Falange de Marruecos y el batallón de Voluntarios de Las Palmas. En conjunto, se calcula que durante la guerra combatieron de 60.000 a 70.000 marroquíes, entre los que hubo unos 11.000 muertos y unos 56.000 heridos.

Esta sufrida carne de cañón recibió pocas compensaciones y sus áscaris -soldados rasos- solo tuvieron acceso a las humildes carreras de sargentos moros y eventualmente de oficiales moros, y no pudieron pertenecer a cuerpos de oficiales y suboficiales. Únicamente Mohamed ben Mizziam siguió una carrera militar europea y mandó una división.

Para mantener la moral de estos soldados se trajeron a la guerra contadores de cuentos y prostitutas marroquíes. Asimismo, se les organizó un servicio religioso propio, para enterrar a los muertos y sacrificar los corderos para el rancho según las leyes islámicas. La imagen peyorativa del moro fue transformada; poetas y escritores del bando nacional cantaron a los marroquíes que venían a España para defender a Dios contra los rojos ateos. Agustín de Foxá escribió un romance a un supuesto soldado Abdel Asís y José M. Pemán lo versificó: "...por eso el moro del estrecho boga. / Viene a luchar por Dios. Dios está al lado / de ese caudillo pálido y moreno, / cara de trigo en flor y alma de trueno".

Esta imagen positiva llegó al cine en La canción de Aixa (1938) y Romancero marroquí (1940), aunque hubo apreciaciones menos poéticas, como las del general Queipo de Llano, que, desde Radio Sevilla, amenazaba a las mujeres republicanas con la virilidad de los soldados moros. Esta bárbara propaganda, añadida al hecho de que los marroquíes actuaban como fuerza de choque, provocó una oleada xenófoba en el campo republicano. Aunque algunos marroquíes y argelinos formaron parte de las Brigadas Internacionales, los soldados musulmanes fueron presentados como ejemplo de la ferocidad y el salvajismo del bando franquista.

FRANCO, AMIGO DEL ISLAM: LA CREACIÓN DEL MITO
Franco hizo su carrera militar luchando contra los marroquíes, pero la propaganda de la Guerra Civil le inventó una nueva personalidad y hasta hizo correr en Marruecos el rumor de que se había convertido al Islam. En realidad existió un doble juego político a cargo del coronel Juan Beigbeder, que en 1937 fue nombrado alto comisario en Tetuán. Era un hombre antiliberal y culto, que hablaba árabe, sentía inclinación romántica por Marruecos, odiaba el colonialismo francés y admiraba el modelo imperial británico.

Beigbeder fomentó el apoyo a grupos conservadores marroquíes, jugó con los nacionalistas y se encargó de ganarse a la población nativa, apoyando a cofradías y simulando simpatía por el Islam. Así, aunque Franco odiaba a los nacionalistas por considerarlos vendidos al comunismo ("el árabe sin turbante es futuro marxista", afirmó), Beigbeder apoyó a uno de sus líderes, Thamiel-Vazzani, cuyo diario árabe Er Rif era favorable a Franco. La imagen pro marroquí del Generalísimo contó con otro argumento desde febrero de 1937, cuando se creó la célebre Guardia Mora, que lo escoltaba en actos solemnes. En Marruecos corrió la voz de que Franco se fiaba más de los marroquíes que de los españoles.

BEIGBEDER, "EL HERMANO DEL ISLAM"
Durante la Guerra Civil, los nacionalistas marroquíes optaron por la prudencia para evitar ser reprimidos y Beigbeder contribuyó a calmarlos arabizando la enseñanza y concediéndoles algunas plazas en la Administración.

Los principales movimientos nacionalistas eran el Partido de la Unidad, liderado por Meki El-Naciri, y el Partido de las Reformas Sociales, dirigido por Abdelkhalek Torres. Beigbeder mejoró las relaciones con Torres poco a poco, pero nunca se fió de él y lo mantuvo siempre vigilado. Aun así asistió a su boda y lo dejó publicar Al Houria, órgano de su partido prohibido en la zona francesa. Entre mutuos recelos, Torres pareció aproximarse a la Falange y organizó a las juventudes de su partido con camisas semejantes a la fascista. Pero el coronel no quiso apostar a una sola carta y continuó protegiendo el partido de Meki El-Naciri, más colaboracionista y antifrancés.

El odio de Beigbeder a los franceses -muy corriente entre los oficiales españoles- se multiplicó durante la Guerra Civil, a causa de la postura pro republicana de París.

Así, la Alta Comisaría propagó la idea de que los españoles protegían el nacionalismo árabe mientras los franceses lo perseguían y Meki El-Naciri fue nombrado director del Instituto Muley Hassan de Cultura Árabe para impulsar un nacionalismo pacífico y colaborador.

La política internacional no fue ajena a la cuestión. Italia tenía malas relaciones con los árabes desde que ocupó Libia en 1912. En cambio, Alemania, desde antes de la Primera Guerra Mundial, se presentaba como su defensora ante el imperialismo británico y parece que Hitler propuso a Franco proteger a los independentistas para desestabilizar a los franceses. Ciertamente, Beigbeder amparó en 1938 a otro exiliado de la zona gala, Brahim el-Ouazzani, el fundador de una filonazi Oficina de Defensa Nacionalista.

La habilidad de Beigbeder en Marruecos le valió ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores en julio de 1939. Iniciada la Segunda Guerra Mundial, propugnó una tímida política de equilibrio entre Londres y Berlín y continuó sus buenas relaciones con el mundo árabe. Se ufanaba que el gran muftí de Jerusalén -líder espiritual del mundo árabe- lo llamaba hermano del Islam y defendía un Marruecos unificado e independiente, convertido en dominio español. Pero la propaganda alemana lo acusó de ser partidario de Inglaterra e hizo pública su relación con una señorita británica llamada Fox, tildada de espía. Franco lo cesó en octubre de 1940 y lo reemplazó por Serrano Suñer.

CARRERO LO MANDA TODO
Mientras tanto, llegó a la Subsecretaría de la Presidencia un desconocido marino, Luis Carrero Blanco. Este pronto tendió sus propias redes; en enero de 1942 traspasó la Dirección General de Marruecos y Colonias a su jurisdicción y durante treinta años dirigió la política africana, a despecho del ministro de Asuntos Exteriores.

Carrero desconocía la realidad africana, pero mantuvo las líneas de la política antifrancesa, convencido de que los naturales se sentían felices gobernados por autoridades españolas. Ciertamente, el independentismo parecía muerto y apenas repercutió en Tetuán el Manifiesto de Independencia hecho por el Istiqlal -el partido nacionalista de Marruecos- en enero de 1944. Así, se crearon los premios África, para proporcionar cobertura intelectual al vagaroso colonialismo de El Pardo. Al final de la guerra fue nombrado alto comisario en Tetuán el general José Enrique Varela, a fin de alejarlo de las conspiraciones monárquicas madrileñas y situarlo en un exilio dorado que colmase sus ambiciones de africanista veterano.

Dado que España se hallaba aislada internacionalmente, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín Artajo, buscó el apoyo del Vaticano, de los países latinoamericanos y del mundo árabe. Pensó que las buenas relaciones con Marruecos podrían servir de puente. Y pese a que la historia lo desmentía, los ideólogos del régimen vieron una supuesta vocación africana en el testamento de Isabel la Católica.

Con tal fin se crearon dos nuevas instituciones: la Sección de Estudios Coloniales del Instituto de Estudios Políticos y el Instituto de Estudios Africanos. En Marruecos se fundaron el Instituto Muley el Meddi (para fomentar la cultura marroquí y conectarla con la española) y el Instituto General Franco (que investigaba la cultura hispanoárabe). Para la proyección exterior se utilizó la revista Tamuda, que debía extender desde Marruecos el panarabismo español de nuevo cuño. Como remate, se organizó la Casa de Marruecos en El Cairo, destinada a estudiantes de la zona española que iban allí para ampliar estudios.

NUEVAS AMISTADES
Nació de este modo la tradicional amistad hispanoárabe, que no cosechó frutos inmediatos. Al contrario, en 1947 el Gobierno franés decidió trasladar a la Costa Azul al caudilloo rifeño Abd el Krim y el Gobierno español se indignó cuando este huyó del barco que lo transportaba y se refugió en El Cairo. Poco después, el refugiado celebroó un histórico encuentro con Habib Burguiba -líder nacionalista tunecino- y Abdelkhalek Torres. Pronto se inauguró en El Cairo el Congreso del Magreb Árabe y se fundó una Oficina Magrebí para coordinar los movimientos nacionalistas tunecino, marroquí y argelino. En 1948 se creó el Comité de Liberación del Magreb Árabe, presidido por Abd el Krim. El Gobierno español respondió invitando al jalifa -el representante del sultán marroquí en la zona española del Protectorado- a visitar Madrid para ilustrar las buenas relaciones con Marruecos.

UN REY VISITA ESPAÑA
Un evento inesperado llegó en apoyo del improvisado panarabismo franquista. Los ingleses, en sus maniobras para estabilizar Palestina, crearon el Reino Hachemita del Jordán (la actual Jordania) y entronizaron como rey el emir Abdullah. Este pronto manifestó su deseo de visitar el antiguo al-Andalus. En 1949, el régimen magnificó su visita y la presentó como la del primer jefe de Estado a la España de Franco. Además, se firmó un tratado de amistad entre España y el Reino Hachemita.
En 1950 se dio un paso más en las relaciones hispanoárabes. Desde 1936 el Gobierno de Franco fletaba barcos para llevar a los peregrinos marroquíes a La Meca. Ese año viajaron allí en avión y en octubre Franco visitó El Aáiun y Villa Cisneros, donde los notables lo recibieron con la ofrenda de dátiles y leche de camella. La tradicional amistad hispanoárabe era un hecho.


LAS APARIENCIAS ENGAÑAN
Fallecido Varela en Marruecos, fue sustituido por el general RafaelGarcía-Valiño. Este intensificó la política antifrancesa, apoyó a los nacionalistas y se mostró convencido de que la tradicional amistad hispanoarabe vacunaba la zona española de la tentación independentista.
Mientras, prosperaba la relación con los países árabes y, en septiembre de 1951, se firmó en Bagdad un Tratado de Paz y Amistad Hispanoiraquí. Por si fuera poco, los francese tenían problemas en la ONU, que les recomendó negociar la independencia de Marruecos.
En cambio, nada pasaba en España y en su zona de Protectorado, donde los guerrilleros antifranceses se movían en libertad, traficaban con armas y establecieron una base de entrenamiento en una granja de Nador. El Pardo y la Alta Comisaría respiraban satisfechos, pues la amistad hispanoárabe ponía a España a salvo del temporal y la población indígena de la zona estaba encantada. Hasta Nazimi, el presidente de la Liga Árabe, declaró que "ningún Estado comprende a los países árabes como España".
Para profundizar la política panárabe, en abril de 1952 Martín Artajo visitó Líbano, Jerusalén, Jordania, Arabia Saudí y Egipto; se firmaron tratados de amistad con Yemen y Siria y el regente de Iraq visitó España. Consolidada la tradicional amistad hispanoárabe, García-Valiño y Carrero mantuvieron su política antifrancesa. Convencidos de la ficción que habían creado, apoyaron a los rebeldes antifranceses como réplica a la política internacional antiespañola del país vecino. Para Carrero, las pruebas eran claras: los árabes combatían a Francia y amaban a España, adonde sus dirigentes venían de visita.
Cuando Soraya, la guapa esposa del sha de Persia, viajó a España en mayo de 1957, pareció culminar la construcción de la amistad hispanoárabe. Franco y su esposa se fotografiaron con la bella emperatriz. Solo La Codorniz publicó un comentario sarcástico que aludía a la boda de la hija de Franco, Carmen, con el marqués de Villaverde (que la convirtió en marquesa consorte): "Se cambia Marquesina nueva por Persiana en buen estado".
Dentro del complicado juego político de Franco con Marruecos, incluso se hizo correr la voz de que "el Caudillo" se había convertido al Islam para inventarle una nueva personalidad.

LA CRUDA VERDAD
España conservó -y aún conserva- su amistad con los países árabes, pero todas las amistades tienen unllímite. Se había creado el espejismo de que los territorios españoles en África del Norte estaban a salvo de la descolonización. Y los espejismos se desvanecen un día. La zona española de Marruecos era la retaguardia de la guerrilla antifrancesa. Mientras, Ifni sirvió de refugio a numerosos exiliados políticos que, ya el 26 de enero de 1956, tuvieron un primer choque con tropas españolas.
En marzo de ese año, el Gobierno francés y el rey alauita Mohamed V pactaron la independencia sin comunicarlo a Madrid, que un mes después debió sumarse a un acuerdo en el que no había tenido arte ni parte. De momento, Ifni y el Sahara español quedaron excluidos de la independencia, porque los sultanes marroquíes nunca habían dominado al sur del río Draa.
Pese a todo, persistió la vieja política de tolerar y ayudar a las bandas armadas que atacaban puestos franceses del sur. Hasta que cayó el telón de aquella farsa: el 23 de noviembre de 1957 los guerrilleros atacaron las guarniciones españolas de Ifni y el Sahara, y las pusieron en aprietos. La situación se salvó trasladando tropas a toda prisa, pero en el Sahara fue precisa la ayuda de los denostados franceses. Aquella guerra, hoy olvidada, duró cuatro meses y costó a España 198 muertos, 574 heridos y 80 desaparecidos. Se desconoce el número de bajas enemigas. Franco se vio obligado a suprimir la Guardia Mora. El último halo del espejismo de la tradicional amitad hispanoárabe se vino abajo. En suma, las relaciones de Franco con el mundo árabe se basaron en la ficción de una hermandad de lejanas raíces históricas, cuando esta no había sido más que una invención de la propaganda del régimen. España utilizó su política marroquí como un instrumento para sus relaciones exteriores, especialmente con Francia, y, paradójicamente, fue víctima de su propio espejismo. La independencia de Marruecos en 1956 y la Guerra del Ifni de 1957 pusieron fin a la comedia. Sin embargo, de todo ello quedó una política exterior española proárabe que se mantendría en las décadas siguientes. Aunque esta es ya otra historia.


LA GUARDIA MORA
Este es el nombre popular de los soldados marroquíes que escoltaban a Franco. Al comenzar la Guerra Civil, el Segundo Tabor de los Regulares de Melilla fue destinado a Salamanca y sus jinetes se encargaron de escoltar al Generalísimo. En febrero de 1937, el escuadrón marroquí fue convertido en guardia permanente y dotado de vistoso uniforme. Terminada la guerra, se organizó el Regimiento de la Guardia con falangistas, guardias civiles, soldados y suficientes marroquíes para formar una unidad de Infantería y un escuadrón de lanceros, que rodeaba el coche de Franco en los desfiles y actos oficiales. Fue suprimido como consecuencia de la Guerra de Ifni Sahara, que tuvo lugar entre noviembre de 1957 y marzo de 1958. Se lo sustituyó por un escuadrón de lanceros del Regimiento de la Guardia del Generalísimo, visualmente similar.

BEN MIZZIAN, EL GENERAL ARABE DE FRANCO
Solo un general marroquí de Franco alcanzó el grado de teniente general, Mohamed ben Mizzian ben Kassem (1879-1975). Era hijo de un caíd -jefe indigena- que, al firmar la paz con España, obtuvo la gracia de que su hijo se formara en la Academia de Infantería de Toledo. Enviado a Marruecos al acabar sus estudios, tuvo bajo su mando tropas indígenas. En 1936, ya comandante, se unió a los sublevados. Al acabar la guerra, mandaba una división y, más adelante, ascendió a teniente general. Fue nombrado capitán general de Galicia -donde manos piadosas taparon con una bandera al moro situado bajo el caballo de Santiago Matamoros- y, posteriormente, de Canarias. En 1956 protagonizó un escándalo mayúsculo para la época, que solo se conoció en ciertos círculos. Una de sus hijas, a la que pretendía casar con un musulmán, lo desobedeció y contrajo matrimonio con un capitán español. Cuando la pareja viajó a Tetuán, su padre ordenó raptarla, la envió a Tánger e hizo retornar al marido a España. La noticia irritó a numerosos militares, pero Franco se inhibió y la pareja no volvió a reunirse. Mizzian pasó a la reserva a petición propia y conservó su sueldo español. Cuando el Consejo Supremo de Justicia Militar pretendió suprimirle la pensión, el propio Franco medió para impedirlo.
En marzo de 1957 Mizziam se convirtió en organizador del Ejército de Marruecos, del que llegó a ser un alto jerarca e incluso fue embajador de este país en España.