ISLAM Y AL-ANDALUS

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TRAS LOS PASOS DE MARGA D' ANDURAIN

Seguimos la estela de esta condesa de origen vasco, propietaria del hotel Zenobia de Palmira durante más de una década. Espía en los años 30, la intrépida viajera protagonizó increíbles aventuras en el inhóspito desierto sirio

 

CRISTINA MORATÓ

La primera vez que oí hablar de Marga d´Andurain fue durante una visita al hotel Zenobia, situado a un paso de la monumental ciudad en ruinas del desierto sirio. Hace cuatro años el Zenobia era un modesto y decadente alojamiento -una fina capa de arena cubría el suelo de la entrada y los largos pasillos que conducían a sus destartaladas habitaciones-, que atraía a los viajeros nostálgicos deseosos de recorrer sus viejas estancias, donde en el pasado pernoctaron ilustres huéspedes. En mi caso, quería visitar la habitación donde Agatha Christie se alojó con su esposo, el brillante arqueólogo británico Max Mallowan, y donde escribió algunas de sus famosas novelas ambientadas en Oriente Próximo. La reina del suspense eligió la habitación 102, en la planta baja, por las magníficas vistas que tenía al templo de Baal Shamin, consagrado al dios de los cielos. Aquí, frente a dos grandes ventanales, instaló su pequeña máquina de escribir portátil y encontró la inspiración para algunos de los capítulos de 'Asesinato en Mesopotamia'. Pero a la señora Christie, el hotel, pese a su privilegiado emplazamiento, no le resultó muy confortable. La autora recordaba con humor: «Por dentro el hotel es encantador y está decorado con auténtico buen gusto. Pero en el dormitorio, el hedor a agua estancada es penetrante y muy desagradable».

Mi guía Jamal, que me acompañó durante mi estancia en Siria, me contó entonces la historia de la antigua propietaria del hotel Zenobia, una tal «condesa Margot que compró el hotel en 1930 y había dado mucho de qué hablar porque se creía una moderna reina Zenobia: Quiso imponer su propia ley, frecuentaba a los beduinos en sus tiendas y se enfrentó a las autoridades militares francesas de Palmira que la consideraban una peligrosa espía».

En aquel instante creí que la extravagante dama de la que también se decía que había sido «amante del mismísimo Lawrence de Arabia» sólo había existido en la imaginación de los habitantes de la aldea. A mi regreso a España me olvidé por completo de Marga d'Andurain hasta que un día su nombre se cruzó de nuevo en mi camino. Mi curiosidad me llevó a averiguar qué había de verdad en su novelesca biografía y a descubrir quién era aquella mujer cuya vida ocupó durante décadas las portadas de los periódicos franceses. En Palmira, algunos ancianos beduinos todavía recuerdan con una sonrisa a la condesa d'Andurain cuya vida supera con creces la ficción. Porque Marga no sólo espió para los británicos, se codeó con la realeza egipcia y regentó el hotel Zenobia. Llevada por su afán de aventura -y la posibilidad de escribir un libro de viajes que la hiciera famosa en Francia-, en 1933 se propuso ser la primera occidental en visitar La Meca.

 

DAMASCO, PERLA DE ORIENTE.

Marga d' Andurain había nacido en Bayona (Francia) en el seno de una familia de la burguesía vasca. Casada con su primo Pierre, intentaron hacer fortuna primero en Argentina, luego en París y finalmente en El Cairo, donde abrió un instituto de belleza. En realidad, la dama había sido reclutada por el Servicio de Inteligencia británico para trabajar como espía en Oriente Próximo. El salón Mary Stuart, en la elegante y céntrica plaza de Soleiman Pasha, era sólo una tapadera para conseguir información entre las esposas de los oficiales franceses y miembros de la realeza británica. En 1925, un tanto aburrida de la mundana vida en El Cairo, aceptó encantada la invitación de una amiga inglesa, la baronesa lady Brault, para visitar Tierra Santa y Siria en compañía del mayor W.F. Sinclair, jefe de la Inteligencia británica en Palestina. Aquel viaje cambiaría para siempre su vida y comprometería seriamente su reputación en toda la región.

A su llegada a Damasco, la condesa d'Andurain se alojó en el lujoso hotel Victoria con sus salones tapizados de tela, muebles de estilo victoriano y espléndidas arañas de cristal. A pocos metros se encontraba la estación ferroviaria de Hiyaz, diseñada en 1917 por el español Fernando de Aranda. Aún hoy este imponente edificio, uno de los más bellos de principios de siglo de la capital, nos traslada a la época en que el mítico coronel T.E. Lawrence -el cinematográfico Lawrence de Arabia- lideraba la revuelta árabe contra los turcos y se dedicaba a hacer volar por los aires sus locomotoras de fabricación alemana. Algunos desvencijados vagones descansan todavía varados en sus vías muertas y frente a la fachada de la estación los mitómanos pueden fotografiar una vieja locomotora otomana restaurada, mudo testigo del pasado.

La primera visión de Damasco, con sus esbeltos alminares y cúpulas doradas recortadas en el horizonte, cautivó a Marga. En aquel año de 1927, la legendaria ciudad era una sombra de su pasado, pero de la mano de Sinclair la condesa descubrió algunos de sus secretos mejor guardados. Aunque Damasco ya no era «la ciudad eterna», como la definió Mark Twain en 1868, ni El Sham -«un pedazo de tierra en el paraíso» como la bautizaron los sirios-, sus espléndidas mezquitas, palacios y concurridos zocos recordaban su gloriosa historia. Considerada una de las ciudades más antiguas del mundo aún habitada, desde su fundación en el 4.000 a. C. fue objeto de deseo de todos los grandes imperios de la Antigüedad.

Alejandro Magno se la arrebató a Darío el Persa y, al morir éste, pasó a formar parte del reino seléucida. En el 64 a. C. Pompeyo la conquistó para Roma y, según el Nuevo Testamento, el apóstol San Pablo fue convertido en el camino a Damasco tras una visión donde se le apareció Cristo. En los tiempos del califa Muawiya, fundador del imperio Omeya, la ciudad ganó gran reputación y se convirtió en el corazón del mundo árabe. Después de que el último califa muriera a manos de los abasíes en el 750, los cruzados intentaron arrebatársela a Saladino. Más tarde, los conquistadores mongoles saqueron violentamente la ciudad, masacraron a sus habitantes y destruyeron sus monumentos.

Tras siglos de ataques, ocupaciones y devastación, en 1516 la 'perla de Oriente' pasaría a manos del sultán otomano. A partir de este momento la ciudad gozaría de cierta tranquilidad y prosperidad como punto de reunión de los peregrinos que iban a La Meca. El antaño encantador oasis al borde del desierto sirio, con sus fuentes cantarinas, delicados palacios tapizados de mosaicos y mansiones rodeadas de aromáticos jardines, era en 1927 una ciudad bajo mandato francés ocupada por fuerzas extranjeras donde la tensión se respiraba en el aire.

Damasco es hoy un caótico y gris amasijo de edificios, pasos elevados, calles mal pavimentadas y barrios industriales periféricos. Apenas hay jardines, fuentes o plazas con bancos para sentarse y recuperarse del asfixiante calor estival. Pero tras esta primera impresión, si nos olvidamos de su nefasto diseño urbano de la posguerra y el tráfico frenético, los sombríos callejones de la Ciudad Vieja te sumergen en las entrañas de una ciudad fascinante que parece detenida en el tiempo: mezquitas, palacios otomanos, antiguos 'khans' (hospedajes donde antaño pernoctaban las caravanas de mercaderes), recoletos patios de limoneros, zocos de especias y perfumes, hammanes y cafés donde los damascenos fuman tranquilamente el narguile mientras ven pasar la vida frente a ellos, atrapan al viajero.

 

UN HOTEL EN EL DESIERTO.

«La primera impresión que me llevé al llegar a Palmira -recordaría Marga en sus memorias- fue enorme. Aquella extensión inmensa de ruinas doradas, las filas de columnas perdidas en la arena, los horizontes sin límites, el palmeral cuyo verde sombrío cortaba la extensión vacía del desierto. y por encima de todo, la soledad, el silencio, una realidad que parecía de otro mundo. De repente comprendí que había descubierto el lugar de mis sueños. Desde mi llegada me sentí como una hija de esta tierra extraña».

Al igual que en los tiempos de Marga d' Andurain, la visión de la ciudad en ruinas que emerge en el horizonte infinito estremece por su grandiosidad y belleza. Hay que subir a lo alto de la colina que domina la antigua acrópolis y contemplar el atardecer desde la magnífica atalaya de la fortaleza árabe, levantada a principios del siglo XVlll por un emir libanés para asegurarse el control de esta parte del desierto sirio. A tus pies, en medio de una gran extensión de terreno, se distingue un bosque de esbeltas columnas de piedra caliza, alineadas en una larga avenida principal, agrupadas en templos o rotas y esparcidas por el suelo. Como telón de fondo, el interminable desierto y las blancas extensiones de sal, a sólo cinco días de marcha del Eúfrates.

Marga visitó Palmira como etapa final de su viaje en compañía del mayor Sinclair, con el que vivió un corto y apasionado romance. Fue tal el impacto que le causó este lugar que a su regreso a El Cairo decidio instalarse aquí con su familia. Palmira era una remota y polvorienta aldea donde existía un pequeño destacamento de oficiales militares franceses. Los escasos turistas que visitaban la región de la mano de la agencia Cook, preferían recorrer la ciudad nabatea de Petra (Jordania) que estaba mejor comunicada. Cuando Marga llegó a Palmira en 1927, sus mayores tesoros se encontraban aún sepultados bajo toneladas de arena. Dos años más tarde, el régimen colonial francés ordenó comenzar las excavaciones arqueológicas que devolverían a la mítica capital del desierto parte de su esplendor.

En 1930, Marga d' Andurain compró el único hotel de la aldea, un edificio de cemento gris, de una sola planta y estilo neoclásico, desde donde se divisaba una magnífica perspectiva de la antigua acrópolis. Como la sociedad Kettaneh, propietaria del mismo, había quebrado, el edificio fue abandonado a su suerte. El hotel -al que Marga bautizó Zenobia en honor a la poderosa reina árabe que gobernó la ciudad entre el 266 y el 272- fue también diseñado por el arquitecto madrileño Fernando de Aranda. Disponía de un amplio vestíbulo, una docena de habitaciones con altos techos y ventiladores de aspas, y un luminoso salón comedor.

Su mayor atractivo era su agradable y sombreada terraza donde los clientes podían tomar un refresco utilizando como improvisadas mesas unos magníficos capiteles romanos esparcidos frente al hotel. Marga encargó el mobiliario a un carpintero de El Cairo y llevada por la nostalgia se decantó por sobrios muebles de estilo rústico vasco que le recordaban a su casa de Hastingues (Las Landas). En poco tiempo, Zenobia se convirtió en un auténtico palacio oriental en medio del desierto. Durante los años en que Marga estuvo al frente del hotel -de 1928 a 1936- recibió a ilustres invitados, entre ellos, la reina de Rumanía, el rey Alfonso Xlll, el dramaturgo francés Jean Giraudoux, la escritora suiza Annemarie Schwarzenbach y Walt Disney. En 1937, Marga abandonaría definitivamente Siria, tras el brutal asesinato de su esposo Pierre en las cercanías del hotel. El Zenobia quedó en manos de un gerente armenio, pero con el estallido de la II Guerra Mundial apenas tenía clientes y poco a poco cayó en el olvido. En 1947 Marga vendió su querido hotel -por un millón de francos de entonces- a una conocida familia de Palmira, los Assad, cuyos descendientes aún hoy son los propietarios.

 

ALMA BEDUINA.

«A veces venía el jeque, para asegurarse de que estaba bien tapada, y me arropaba paternalmente. Al despertar, me daban en un cuenco de madera leche de camella, fuente de fuerza y de salud para mis anfitriones. Yo disfrutaba de la tranquila y sencilla vida beduina, de una profunda satisfacción interior, algo que no sé expresar, pero que nunca me ha dado la vida civilizada», confesaría Marga en su libro de memorias. Si la relación de la condesa con los militares del puesto de Palmira fue desde el primer momento problemática, con los jeques beduinos el trato era de lo más cordial. Admiraba el espíritu indómito y el coraje de este pueblo libre, que nadie había conseguido doblegar. Le gustaba frecuentar sus tiendas de pelo de cabra, dormir sobre la arena en sus mullidas alfombras y comerciar con los hombres a los que compraba ganado y prestaba dinero.

Vestidos con su larga túnica blanca y la tradicional 'kefiya', los jóvenes beduinos montados a camello que hoy esperan a los turistas junto a la avenida de las columnas, son los descendientes de aquellos nómadas que Marga tanto admiraba por su valor y lealtad tribal. Aunque su modo de vida ha cambiado radicalmente, aún es posible disfrutar de su legendaria hospitalidad. Los turistas pueden alojarse, al igual que el desierto de Wadi Rum (Jordania), en un campamento beduino a las afueras de Palmira y dormir en las tradicionales jaimas. Al caer la noche, bajo las estrellas, es el momento de compartir un aromático café espeso y muy cargado servido en diminutas tazas, y escuchar junto a un buen fuego fabulosas leyendas.

En el hotel Zenobia, donde Marga reinó a sus anchas, alojado en la 'suite Condesa' -el pequeño y elegante dúplex donde tenía su dormitorio, salón y biblioteca- decorada con muebles antiguos, espejos damascenos, vaporosas cortinas y alfombras orientales, uno se siente trasladado a los años treinta. A través de sus grandes ventanales, el aire seco del desierto penetra en la gran alcoba y al caer la tarde las piedras de las ruinas que rodean el hotel adquieren un suave color ocre. La inmortal Palmira sigue cautivando a los viajeros que como Marga d' Andurain buscan en el desierto el aroma de la aventura y la emoción del descubrimiento.

 

RESCATAR DEL OLVIDO...

...a las grandes viajeras. Cristina Morató es periodista, escritora y fotógrafa. Desde muy joven ha recorrido el mundo como reportera y ha realizado numerosos artículos y reportajes. Su interés por rescatar del olvido a las grandes viajeras y exploradoras de antaño le ha llevado a publicar 'Viajeras intrépidas y aventureras' (2001), 'Las Reinas de África' (2003) y 'Las Damas de Oriente' (2005), traducidos a varios idiomas. Es miembro fundador de la Sociedad Geográfica Española y miembro de la Royal Geographic Society de Londres. Su último libro 'Cautiva en Arabia' (Plaza & Janés) narra la extraordinaria historia de la condesa Marga d´Andurain, espía y aventurera en Oriente Próximo. La autora ha recorrido los escenarios donde transcurre la vida de esta intrépida vasca que espió para los británicos, regentó el hotel Zenobia de Palmira y en 1933 se propuso ser la primera occidental en visitar La Meca. La prensa de la época, deslumbrada por sus temerarias aventuras, la calificó como «la reina de Palmira» y «la Mata-Hari del desierto».