ISLAM Y AL-ANDALUS

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RECOMPENSA

“Diles: No os he pedido jamás recompensa de nada que sea vuestro: mi recompensa incumbe sólo a Allah, y Él es testigo de todo”. Corán 34:37


H. S. Sa´îd b. Aÿiba

Un Sheyh no pide salario a cambio de lo que enseña, ya que su función como signo y guía se lo prohíbe, él debe de generar sus propios recursos a partir de su esfuerzo personal. Así es como debe de ser.

Sólo en el caso de que el número de discípulos sea tan nutrido que le impida la dedicación a un trabajo remunerado, o que las necesidades de la Tárika superen sus posibilidades de hacerlo, debe de recurrir a la ayuda de la propia Tárika. En cuyo caso serán los discípulos quienes procuren entre todos, y en la medida de cada posibilidad, los medios para que pueda satisfacer las necesidades de una vida digna media.

En tal caso bastaría con el ejercicio prudente de la voluntad, o al menos cumplir con el Zakat, pues nos enseña la Revelación: “…aquellos que sufren privación tienen derecho a una parte de los bienes de los demás”. Corán 70:24-25

El Corán nos enseña, refiriéndose al Profeta, algo que puede ser aplicado al Sheyh si es que se diera una situación de imposibilidad o carestía que, por los propios medios, ha de ser evitada: “Cuando queráis consultar con el enviado, ofreced con ocasión de vuestra consulta alguna limosna… Pero si no lo hacéis por falta de oportunidad,… sed constantes en la oración y dad sólo el Zakat”. Corán 58:12-13

“Y dad a aquellos necesitados que por estar totalmente entregados a la causa de Allah, no pueden ocuparse en buscar su sustento…, porque se abstienen de pedir; pero podréis reconocerles por su marca especial; no piden a la gente inoportunamente. Y cualquier bien que gastéis en ellos, ciertamente, Allah lo conoce”. Corán 2:274.

“Cualquier bien que gastéis en los demás será para vosotros mismos, si lo hacéis buscando sólo la Faz de Allah…”. 2:272

Se le instaba al Profeta* para que dijera: “No os pido recompensa alguna a cambio de este mensaje, sólo que améis a vuestro prójimo”. Corán 42:23.

Como tales situaciones de carestía han de ser excepcionales, el Sheyh, como discípulo fiel que imita a su Maestro, tampoco pide para sí mismo. Lo único que espera no es para sí, sino para los discípulos, esto es; su fidelidad a la práctica.

El Sheyh tampoco es responsable de las decisiones del discípulo, los consejos del Sheyh cuando es preguntado son sólo consejos, no dogmas de fe, y deben de ser reflexionados y valorados. El Corán nos enseña:

“Y ¿qué mejor palabra que la de aquél que llama a las gentes hacia La Divinidad, obra con rectitud, y dice; ¡En verdad soy de los que se han sometido a Allah!?. Corán 41:33

No es prudente entrar en debates con el Guía, si no se está de acuerdo con él se le pregunta cortésmente esperando la oportunidad, y si aún así no hay acuerdo se le deja en paz, sin estériles debates ni hostilidades siempre desafortunadas.

No obstante suelen aparecer algunos “discípulos” que, frustrados en su expectativa, desatan los dragones de la innecesaria venganza, y su amistad se torna como un cuchillo, que cuando da la vuelta corta. A estos les recomienda el Corán:

“Pero recordad que un intento de resarcirse de un mal puede convertirse, a su vez, en un mal; así pues, quien perdone a su “enemigo” y haga las paces, su recompensa es asunto de Allah pues, ciertamente, Él no ama a los malhechores”. Corán 42:40

Es del todo imprescindible, para evitar desagradables desenlaces, que el discípulo comprenda bien las enseñanzas de un Maestro antes de pedirle instrucción, esto evitará situaciones futuras no deseadas.

El Guía no llama a nadie, pues no tiene interés en imponer lo que sabe, y por lo tanto no entrará en porfías beligerantes provocadas por la hostilidad de los disconformes. Guardará silencio ante la contradicción y cada opositor extraerá la conclusión que mejor le satisfaga, pues es propio de la Tradición guardar silencio ante la iniquidad. Si los beligerantes encuentran respuesta por parte del guía elaborarán una detallada contra-respuesta, y si guarda silencio dirán que no sabe, etc.

Un constructor de edificios se puede equivocar en sus cálculos, pero es más prudente aceptar sus instrucciones. No obstante si la duda persiste tenemos por costumbre decir: “La Divinidad sabe más”, y seguimos las instrucciones del experto cuando nuestra elección ha sido, previamente, bien meditada.

El Guía no puede, y no debe, ordenar la vida de nadie, ni ser un recurso permanente, ni ser inquisitivo, ni indagar directamente sobre el desarrollo del discípulo a menos que el discípulo le abra la puerta del corazón. Por la misma razón tampoco impone cargas cuando considera que no ha llegado el momento.

No olvidaremos una de las insistentes enseñazas de Muhammad (s.a.s); “Islam es sencillez”. La Tradición Sufi que de él dimana no puede, por lo tanto, ser dificultosa, ni imponer más cargas de las que cada persona puede tolerar, o comprender en el marco de su tiempo y cultura.

Los caminos del espíritu nos conducen al centro de nuestro Ser verdadero, donde se restablece el encuentro con La Divinidad. El Guía no es más que una persona normal, cuya única particularidad es la de haber restablecido ese encuentro.

Dice un poema Sufi: “¡Oh! amigo, cesa de buscar el cómo y el porqué. Deja de dar vueltas a la rueda de tu alma, pues en este instante todo te es dado en la más grande perfección. Acepta este don, exprime el zumo del instante que pasa”.

Según las diversas épocas y culturas el Sufismo se ha adaptado, sin perder sus raíces, al ámbito cultural de las personas que lo han adoptado como vía de desarrollo. La Verdad es Una, pero Sus expresiones son múltiples.

En este sentido temporal se dice que los Sufis son hijos del instante. Si el pasado ya no puede ser modificado y el futuro es incierto, ¿por qué perder la paz por algo que no está en nuestras manos?.

“Hombres de poca fe, por qué os inquieta lo que habéis de comer o vestir, ocuparos de cumplir con Dios y lo demás se os dará por añadidura”. Jesús de Nazaret*

Así pues no perdamos este momento por otro que ya no tenemos, o por el que no sabemos si podremos tener, pues el instante es cuanto poseemos, y esto es ¡ahora!.

Nada de lo dicho significa que no debamos de construir para la casa del futuro, sino que la casa del futuro es incierta. Pero como nuestro presente fundamenta los pilares de ese futuro, si es que nos llega, hagámoslo en calma, sin ansiedad, con proyecto, pero sin suposiciones ni exceso de deseos.

Recordemos esto que dijimos en artículos anteriores anteriores: “Entre el instante y el futuro incierto hay un espacio que se escapa a nuestro control, y es en ese espacio donde los advenimientos aleatorios deberán de ser aprovechados para ejercitarnos en el desprendimiento de los deseos”.

El discípulo debe de tomar sus propias decisiones para afrontar los devenires de su existencia y resolver su cotidianeidad, ya que: “A cada uno de vosotros le hemos asignado una ley y un modo de vida distintos”. Corán 5:48

No hay que temer al error en las decisiones que tomemos pues, en este proceso, el error así como el acierto forman entre ambos la enseñanza por contraste.

La experiencia de vida, en lo social y en lo espiritual, es privativa de cada persona y, aún en la ruta común, cada persona es una singularidad. Así pues, el discípulo y el Sheyh tienen, cada uno, su propia vida y proyecto, ¡ambas cuestiones son privadas!, y deben de ser respetadas. El Sheyh, así como el discípulo, deben de ser muy considerados con esta cuestión de la privacidad en el otro.

El Sheyh tiene un tiempo dedicado a su quehacer que el discípulo –murid- no debe de invadir, y viceversa. La cortesía –adab- debe de ser como el aire que ambos respiren.

No obstante, el Sheyh está autorizado a inmiscuirse en el desarrollo de su discípulo, aleatoriamente y sin previa consulta, pero lo hará con prudencia. En este caso la autorización del discípulo se da por supuesta desde el momento en el que pidió ser admitido “bajo el manto” del Sheyh.

El Corán en 49:42 advertía de la necesidad de la cortesía a los contemporáneos del Profeta diciéndoles: “No alcéis vuestra voz por encima de la voz del Profeta, ni le habléis en voz alta, como hacéis entre vosotros, no sea que se malogren vuestras obras sin que os deis cuenta”.

“Ciertamente, los que bajan la voz en presencia del enviado de Allah, esos son aquellos cuyos corazones Allah ha probado y ha abierto a la consciencia de Él”. Corán 49:3.

Salvando las distancias, estas recomendaciones son válidas actualmente en la relación que se establece entre discípulo y Maestro.

Él Guía –Murshid- es tan sólo un consultor espiritual, no es una ventanilla de peticiones o de  reclamaciones, y en el desarrollo de su función ¡no tiene como propósito satisfacer ninguna de las convicciones, o expectativas, generadas por la fantasía  o la inmadurez del discípulo!. Esto es algo que algunos de los discípulos no suelen considerar adecuadamente, por lo que si el Sheyh no se corresponde con la imagen del ídolo creada indebidamente sobre él, suele haber “discípulos” decepcionados, como acabamos de comentar.

Algunos discípulos no tienen en cuenta que el Maestro suele esconder su estado espiritual con un comportamiento sencillo, a veces incluso sorprendente, pero esto guarda un propósito cuya razón sólo a él corresponde conocer. Por esta compostura de “disimulo” el Sheyh es un “malamati”, el que esconde su estado.

De esta forma, entre otras razones, el Maestro frena los posibles excesos de veneración por parte del discípulo, y le instruye en la percepción de la dualidad, en el control del juicio sobre las apariencias, en la tolerancia, el dominio del ego...

El Corán en 49:7 instruye al Profeta en algo que, en parte, también puede ser aplicado al Guía: “Y sabed que entre vosotros está el enviado de Allah; si accediera a vuestros deseos en todas las ocasiones, sin duda os veríais perjudicados”.

El Sheyh ha sido designado como tal por la Dinámica Creadora con un solo propósito, el de estimular esta enseñanza con sus consecuencias: “Os exhorto tan sólo a una cosa: Sed conscientes de hallaros ante Allah, bien sea en compañía de otros o solos, y luego recapacitad”. Corán 34:46

El Guía no responde si no hay pregunta, y salvo excepciones no actúa si no hay respuesta, pues dice el Corán en 2:272: “No te incumbe a ti hacer que sigan el camino recto, sino que Allah guía a quien quiere ser guiado”.

La función del Sheyh, como guía y signo, se limita a cumplir con aquello para lo que ha sido autorizado según enseña la Revelación: “Allah invita al ser humano a la morada de Paz, y guía a un camino recto a quien quiere ser guiado”. Corán 10:25

El Maestro, aquel que es como signo o guía, se asemeja a un faro, no a un cazador, por lo que tampoco espera llamativos resultados de su acción que, ante un observador no ilustrado, pudiera parecer poco atractiva. Por lo tanto no se interesa por el número de discípulos que le den fama, sino por la calidad de la observancia de unos pocos, pues él sabe que ningún resultado le pertenece, y que tan sólo es un instrumento.

Por esto el Corán en 68:52 y 81:27 aconseja al Profeta lo que es extensible a quienes, de alguna manera, le suceden. “Sé paciente, pues esto no es sino un recordatorio de Allah para toda la humanidad”.

Decíamos en el capítulo anterior que los signos para aproximar el conocimiento de La Divinidad son a veces como un lenguaje críptico. Pero no por ello nos hemos de sentir amedrentados, pues para descifrarlos Allah nos ha puesto ayudas. “…en todo hay mensajes claros para aquellos que utilizan la razón”. Corán 2:164

Estas ayudas son la Revelación, la capacidad que tenemos para la observación del Universo, y aquellas personas designadas y marcadas como guías. “No es voluntad de Allah desvelaros lo que está fuera del alcance de la percepción humana, sino que para eso elige Allah de entre sus enviados a quien Él quiere”. Corán 3:179

A su vez el guía tiene potestad para “examinar” la disposición del aspirante, pero no puede rechazar a ninguna persona que busque un sendero que pueda conducirle hacia el “encuentro”. Este es un peso que debe de tolerar al margen de su propio deseo.

“No rechaces a ninguno de los que buscan a su Sustentador, mañana y tarde, buscando Su Faz,…no tienes derecho a rechazarles”. Corán 6:52

La función del Sheyh le exige un carácter tolerante, pero no timorato, ni exento de firmeza si llega el caso. El Sheyh no se dejará manipular por la seducción de los aduladores, ni por las muestras de afecto, ni por las hostilidades, ni por la crítica o la incomprensión. “Sólo Allah le basta, pues quien a Allah tiene nada le falta”.

Lo habitual es que la actuación del Sheyh se mantenga en el ámbito de la sencillez y de lo aparentemente coherente, lo que no dificulta su actitud de “malamati”, el que oculta su estado. Las pruebas de tanteo a las que somete a los discípulos con el propósito de mostrarles la fortaleza de su ego, suelen ser extraídas de las anécdotas diarias, esto es “más natural”, pues aprovecha las circunstancias que aleatoriamente van surgiendo.

Durante el transcurso de lo cotidiano surgen situaciones que el Sheyh aprovecha con el propósito de “tantear”, por lo tanto pasarán desapercibidas para el murid sin que este pueda identificar si lo que sucede forma parte de un ejercicio o es casual. En algún momento el Maestro puede forzar una situación de confrontación entre el ego y una circunstancia cualquiera, pero este ejercicio “montaje” es menos frecuente.

No se podrá evitar la sensación de molestia en el murid, a veces incluso de seria incomodidad, pero tampoco se pretende, pues de ser así ¿qué esfuerzo habría de hacer?.

Como ya dijimos, también habrá ocasiones en las que la actuación del Sheyh pueda ser un tanto incomprensible o parecer “fuera de lugar”. Pero muy ocasionalmente.

El hecho de que la Tradición Sufi está plagada de múltiples anécdotas sorprendentes con un indudable trasfondo de sabiduría, no justifica que la excepción se convierta en norma. Pues esta particularidad también ha dado ocasión a la picaresca de los impostores, cuya vacuidad se justifica con exageradas rarezas incongruentes que llaman la atención, y encandilan al ingenuo ávido de exotismos. No obstante, y así como el secreto se guarda a sí mismo, el fraude siempre se desvela a sí mismo.

Decíamos que con frecuencia el discípulo tiene una natural tendencia a magnificar la persona del Sheyh, o a crearse la imagen que necesita, imagen que con la misma facilidad destruirá si el Guía no satisface sus presupuestos. Puede atribuirle cualidades extraordinarias de las que espera, más o menos consciente o inconscientemente, “algún servicio directo”, una especie de “milagrería” a la carta. Esto no es lo adecuado, y el Sheyh se encargará de enfocar la atención del discípulo hacia la única dirección correcta; La Divinidad.

En cualquier caso la Tradición Sufi impone al Sheyh el ejercicio de la paciencia: “Mantente con paciencia al lado de aquellos que invocan a tu Sustentador mañana y tarde buscando Su Rostro, y no permitas que tus ojos pasen sobre ellos buscando las galas de este mundo”. Corán 18:28

En la oración del Sheyh, en su relación con La Divinidad, en el desarrollo de su vida espiritual, tiene habitualmente presentes a todos y cada uno de sus discípulos. Su función no es gobernar, sino la de ser el servidor de buscadores, o intercesor si es que La Divinidad así lo permite.

Allah es el único Protector, el único Valedor pero, con las limitaciones que La Divinidad determine, el Sheyh tiene permiso de intercesión. “Nadie puede interceder ante Él a menos que otorgue Su venia”. Corán 10:3, 2:255, 34:23 y 39:44

“En ese día nadie obtendrá el beneficio de la intercesión, a menos que haya hecho en vida una alianza con el más Misericordioso…”. 19:87 y 20:109

¿Quiénes obtienen este permiso?. Nos dice la Revelación que estos son: “Los que llevan en sí el conocimiento del Trono de la Omnipotencia de allah, y también todos los que están cerca de Él, proclaman la infinita gloria y alabanza de su Sustentador, y tienen fe en Él, y piden perdón (interceden) por todos los demás que han llegado a creer…” Corán 40:7

Los guías son personas normales que sin desearlo han aceptado, no sin temor reverente, ser servidores del propósito de Allah. Han aceptado ser convertidos en instrumentos en las Manos Creadoras. De ellos nos dice el Corán en 7:46.

“La Divinidad dota a aquellos que se benefician de Su guía, de una consciencia cada vez más profunda del Recto Camino”. Corán 19:76

Como ya dije, hay cargas que no son ni deseadas ni merecidas, vienen sin más. El ser humano responde ante su intuición de La Divinidad según su conciencia y la ilustración que adquiere de sus predecesores, pero nada de esto le faculta para ser merecedor de nada fuera de lo común.

La Sabiduría Coránica nos lo advierte repetidas veces, sólo Allah distribuye sus dones a quien quiere y como quiere, y no es algo que podamos entender ni en lo que podamos intervenir. No somos nosotros quienes podemos atribuirnos la capacidad de juzgar estas decisiones, tanto si estamos de acuerdo con ellas como si no lo estamos. ¿Quien podría ponerle condicionamientos al amor de Allah hacia su criatura?.

Por esto nos advierte el Corán: “Y habrá personas que en vida estarán dotadas de la facultad de discernimiento entre el bien y el mal, y serán reconocidos por sus rasgos”. Corán 7:46