ABÚ ‘IMRÂN MÚSDÂ B. ‘IMRÂN AL-MÂRTULÎ

Categoría: Sufíes de Al-Andalus

Un día me recitó un poema que se había dirigido: Eres Ibn ‘Imrân Mûsâ el malhechor, no eres ciertamente Ibn ‘Imrân mûsâ el interlocutor de Allah[2] .


 

Se imponía una disciplina muy severa y vivió en la misma casa durante sesenta años, sin dejarla jamás. Seguía como regla de vida espiritual la senda de al-Hârith b. Asad aI-Muhâsibî, no aceptaba nada de cualquiera y no buscaba nada para sí mismo ni para los demás.

Tuve una visión referente a él que indicaba que debía progresar de su estación (maqâm) hacia otra más alta. Cuando se lo conté, me dijo: “Me has traído una buena noticia, Que Allah regocije tu corazón con la promesa del Paraíso!”. Poco tiempo después, alcanzó la estación indicada en mi visión. Fui a verle aquel mismo día. Su cara se iluminó de alegría al verme y me besó. Entonces le dije: “Ahí está la interpretación de mi visión, así que pide a Alá que El me anuncie la buena nueva del Paraíso”. El me respondió: “Si Allah lo quiere, así será!”.

Antes de terminar el mismo mes, Allah me anunció la buena nueva del Paraíso, confirmándome con un signo evidente que había respondido a la súplica de al-Mârtulî.

Entonces me convencí de ello y ya no dudé de mi sitio en el Paraíso ni de la misión profética de Muhammad (s.a.s). En cambio, ignoro si el fuego me tocará o no.[3] Espero sinceramente que, en Su bondad, me libre de él. Que Allah nos conceda Su perdón a todos!.

Este shaykh era un hombre notable; tenía un conocimiento perfecto y un comportamiento magnífico. Aunque generalmente estaba en un estado de contracción espiritual (qabd)[4] siempre acogía bien a sus visitantes. Pasamos momentos maravillosos en su compañía; su energía espiritual (himmah) dependía estrechamente de Allah y nos preservaba y protegía de las tentaciones y de los retrocesos. Por lo que a mí respecta, él mismo me dio testimonio de ello. Un día me dijo, en presencia de mi compañero ‘Abdallâh Badr al-Habasshî: “Tenía mucho miedo por ti debido a tu joven edad, a tu falta de madurez, a la corrupción del momento y al relajamiento general que he observado en los hermanos del Camino. Es su comportamiento lo que me ha impulsado a vivir recluido, pero Allah sea loado, ya que me ha consolado contigo”[5].

Un día en que fui a visitarlo, me dijo: “Ocúpate de tu alma, hijo mío”. Le contesté que cuando había visto a mi shaykh Ahmad[6],  me había dicho que me ocupara de Allah; así que le pregunté a quién debía escuchar. El me respondió: “Yo estoy con mi alma y Ahmad está con su Señor. Cada uno de nosotros te guía en función de su propio estado espiritual[7]. Que Allah bendiga a Ibn ‘Abbâs y me haga reunirme con él!”.

He aquí lo que constaté de lo que contenía como calidad (itticâf). Tenía conmigo un comportamiento abierto, pero eso no hacía sino acrecentar mi temor y mi veneración (ta’zhîm) y se maravillaba de mi compostura junto a él durante sus momentos de gran apertura (bast). Luego volvía a la puerta de la Servidumbre (al-’ubûdiy yah), y entonces yo era muy abierto con él. La razón de ello tiene que ver con un secreto sorprendente que, si Allah quiere, comprenderás, amigo mío, si te paras a pensar[8]