ISLAM Y AL-ANDALUS

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ABÛ AI-HAJJÂJ Y’ÛSUF ASH-SHUBARBULÎ

Era originario de Shubarbul, pueblo del Aljarafe, aproximadamente a dos paransangas de Sevilla. Pasó gran parte de su vida en lugares desiertos.


Ibn Arabí . Los Sufies de Al-Andalus

Era compañero de Abû ‘Abdallâh b. al-Mujâhid[2] y se ganaba la vida trabajando con sus propias manos. Entró en el Camino antes de haber alcanzado la pubertad y lo siguió hasta su muerte. Ibn al-Mujâhid, el maestro de nuestro Camino en este país, sentía por él mucho respeto y, cuando venía a verle, acostumbraba a decir: “Pedid a Abú al-Hajjâj ash Shubarbulî que ruegue por vosotros”. Es el propio Abú al Hajjâj el que me lo ha contado.

Me contó también que visitaba a Ibn al-Mujâhid todos los viernes y que una vez lo encontró delante de una pared de su casa que se había caído y que estaba arreglando para poner a su familia a cubierto. “Después de haberme saludado, Ibn al-Mujâhid me dijo: ‘Abû al-Flajjâj, hoy es jueves, has venido en un día desacostumbrado’. Yo le contesté que estábamos a viernes. Y al oírlo, I al-Mujâhid golpeó con sus manos y exclamó: ‘Pobre de mí! Y todo eso porque tenía ese trabajo que hacer. ¿Qué habría ocurrido si hubiera tenido más?’. Se lamentó y lloró, sintiendo el tiempo que había perdido[3] Al contármelo, el propio Abû al-Hajjâj también lloraba; luego añadió: “Así es como se afligen los nuestros, siempre que han perdido la felicidad de la presencia de Allah”.

Aunque Abû al-Hajjâj era, sin duda, el más eminente de nosotros, continuó alimentándose del trabajo de sus manos hasta que se volvió demasiado débil y tuvo que contar con los donativos piadosos. Cuando se volvió viejo y demasiado débil para desplazarse, lloraba y me decía: “Hijo mío, Allah me ha concedido el favor de recibir muchas visitas a casa, pero de esta forma El me expone a la tentación; pues, ¿Quién soy yo para creerme digno de todo eso? Ojalá tuviera buena salud, preferiría con mucho visitar a la gente en sus casas mejor que recibirlos”.

Era realmente una misericordia para el mundo. Cuando las gentes del Sultán venían a verlo, me decía: “Hijo mío, estos hombres son los ayudantes de la verdad (al haqq) ocupados en los asuntos del mundo; Allah pide que se ruegue mucho por ellos para que El conceda la verdad (al-haqq) a sus actos y los ayude”. El Sultán tenía muchas deferencias con él.

Fuera cual fuera la cantidad de personas que vinieran a visitarlo, él les ofrecía toda la comida que poseía, sin apartar nada para él. Un día, delante de unos señores, me

dijo: “Hijo mío, tráeme la cesta”. Se la llevé, pero no encontré nada en ella más que un puñado de garbanzos; los puse delante de ellos y se los comieron.

Fuí testigo de numerosas pruebas de su gracia espiritual; era de esos que pueden caminar sobre las aguas.

Había un pozo en su jardín, de donde sacaba el agua para las abluciones. Habíamos observado que, al lado del pozo, había un gran olivo cubierto de hojas y de frutos, con el tronco fuerte. Uno de nosotros le preguntó por qué había plantado un olivo en aquel lugar, pues dificultaba el acceso al pozo. Levantó la cabeza hacia nosotros, pues la edad había curvado su espalda, y dijo: “Me he criado en esta casa y, por Allah!, os aseguro que nunca había notado ese olivo hasta hoy”. Tal era la intensidad de la ocupación de su corazón.

Siempre que uno de nosotros entraba en su casa, le encontraba leyendo el Corán. No leyó otro libro hasta su muerte.

Este shaykh tenía una gata negra que dormía sobre sus rodillas y que nadie podía coger o acariciar. Una vez me contó que la gata podía reconocer a los Amigos de Allah (awliyá, los querido por Allah ) y me explicó que esa actitud huidiza no era natural en ella, pues Allah la volvía muy afectuosa con los Amigos de Allah. Yo mismo la vi frotar su cara contra las piernas de algunos visitantes y huir de otros. El día en que nuestro shaykh Abú Ja’far al-’Uryanî[4] fue a verle por primera vez, la gata estaba en la otra habitación. Antes de que se sentara, entró y le miró; entonces dio un salto, echó sus patas alrededor de su cuello y frotó su cabeza contra su barba. Abû al-Hajjûj se levantó para recibirlo y le hizo sentarse, pero no dijo nada. Después me confesó que nunca había visto la gata comportarse de aquella manera y que había continuado así mientras duró la visita.

Un día que yo estaba con el shaykh en una sesión, un hombre vino a verle; padecía un dolor de ojos tan fuerte que chillaba como una mujer de parto. Había gritado tanto al entrar que había molestado a las personas presentes; el propio shaykh palideció y se puso a temblar. Levantando entonces su mano bendita, la puso sobre los ojos y el dolor cesó. El hombre quedó tendido en el suelo, como muerto. Finalmente, se levantó y abandonó la casa con los demás, completamente curado.

Este shaykh siempre estaba acompañado por un jinn virtuoso y creyente[5].Un día, le visité con nuestro shaykh Abû Muhammad al-Mawrûrî[6] y le dije: “Oh, Sîdî! este es uno de los compañeros de Abû Madyan”. Entonces sonrió y dijo: “Qué maravilla! También ayer, Abû Madyan estuvo en mi casa. Qué excelente shaykh!”. Hay que decir que en aquella época, Abû Madyan vivía en Bougie, aproximadamente a cuarenta y cinco días de camino. Así que la visita de Abûu Madyan a Abû al-Hajjâj se había producido de forma sutil; a mí me solía ocurrir lo mismo con Abû Ya’qûb[7]. Abú Madyan, por otra parte, hacía mucho que había dejado de viajar.

Hay muchas cosas que recuerdo y que no puedo relatar aquí, cosa que también ocurre con los demás. Solamente he escrito sobre ellos para demostrar que mi época no estaba desprovista de hombres de espiritualidad (rijâl).

 

Ad-Durrat al-fâkhirah[8]

Un día oí una voz que recitaba el Corán al estilo del Shaykh. Le informé de ello y le dije que se trataba de un jinn creyente que me había pedido que le dejara compartir mi compañía; había insistido en ello y me había comprometido con un juramento. Mantuve el compromiso y le permití que se sentara conmigo para estudiar el Corán.

Abû al-Hajjâj como su propio shaykh, siempre era complacido cuando efectuaba una invocacion (du’â’) y tenía el poder de caminar sobre las aguas[9].

Una noche, unos ladrones entraron en su casa y se llevaron algunas cosas. Mientras robaban, el shaykh estaba en su estera realizando el salat (postración del musulmán cinco veces al día), demasiado absorto en sus devociones para darse cuenta de su presencia. Cuando los ladrones quisieron abandonar el lugar, no pudieron encontrar ninguna salida y la pared parecía crecer ante sus ojos. Entonces devolvieron los objetos y encontraron la puerta. Uno de ellos se quedó cerca de ella y los demás regresaron a buscar los objetos que habían sustraído. Nada más hacerlo, de nuevo no pudieron encontrar la salida. Cuando preguntaron a su jefe, les aseguró que no se había movido del sitio, pero que ya no podía ver la puerta. Repitieron la operación varias veces, pero sin éxito. Cuando se dieron cuenta finalmente de lo que ocurría, devolvieron los objetos robados a su sitio y salieron de la casa arrepentidos. Fue uno de los ladrones el que me contó esta historia.

Me quedé con él hasta su muerte, habiendo sido su compañero durante cerca de diez años[10].


[1] Futûhât, I, pág. 206. Ibn Abbâr, Takmilah, n. 2083.

[2] Cf. infra, pág. 169.

[3] La contribución de Ibn al-Mujâhid se explica sobre todo por el hecho de que se trata de un viernes pues, además de su importancia para todo musulmán debido a algunos ritos como la oración del viernes (calâr al jum’ah) realizada en común en la mezquita, este día comporta cierto número de gracias y de virtudes que deben ser percibidas normalmente por la atenta sensibilidad de un hombre del Tacawwuf.

[4] Cf. supra, pág. 13.

[5] Los jinns son seres de naturaleza sutil (“hechos de fuego”); algunos son impíos mientras que otros pueden ser judíos, cristianos o musulmanes. Cf. El Corán, LI, 56 y LXXII, 1-15.

[6] Cf. infra, pág. 79.

[7] Df. supra, pág. 47.

[8] Esad Ef. 1777, f. 79 a.

[9] Aquí se sitúa el relato del pozo y del olivar. Cuando Ibn ‘Arabi le pregunta, responde: “Igual que hablar demasiado, también es censurable mirar demasiado a su alrededor”.

[10] Murió en el 587/21191, cuando ibn ‘Arabî tenía veintiséis años,