ABÛ YAHYÂ AC-CINHÂJÎ

Categoría: Sufíes de Al-Andalus

Era un ciego anciano [1] que había sido imán en la mezquita de Zubaydi hasta su muerte. Lo enterramos en Almonteber y pasamos la noche sobre su tumba.


 

Le frecuenté y le vi siempre aplicado a las obras de adoración; era un hombre que tenía sólidos conocimientos en las disciplinas y ciencias espirituales. Nunca le vi sentarse en otra parte que no fuera un pequeño taburete.

Murió entre nosotros en Sevilla, ¡que Allah tenga misericordia de él! y, así, tuvimos la prueba de su carisma. El viento no dejaba nunca de soplar en la montaña en la que lo enterramos; aquel día, Allah aplacó el viento. La gente consideró eso como un buen presagio y fueron a pasar la noche sobre su tumba para recitar el Corán. Cuando abandonaron la montaña, el viento volvió a soplar como antes.

Yo era, como se sabe, uno de sus compañeros [2]. Era de los que llevan una vida errante (min ahl as-siyâhât) [3], viajaba sobre todo a lo largo de las costas, buscando aislarse de los hombres [4].

 

[1] Futûhât,  pág. 206

[2] Futûhât,, ibid.

[3] “El errante (as-sâ’îh) dice Ibn ‘Arabî, es el que circula por la tierra para extraer de ella temas de meditación y, con ello, aproximarse a Alá, siguiendo un gusto por el aislamiento que nace de su propia inclinación hacia la sociedad”. Cf. Futûhât, cap. 174 y 175, traducidos por E. Dermenghem en Les plus beaux textes arabes, 1951, pág. 279-84.

[4] La khalwah, o el hecho de aislarse de los hombres y del mundo, es una característica importante de toda la espiritualidad tradicional. Algunos sufíes la han practicado durante la mayor parte de su vida y otros no han recurrido a ella más que en algunas épocas para restaurar esa integridad que el contacto con el mundo debilito inevitablemente. Ibn ‘Arabi escribió un tratado sobre el tema en el que da instrucciones para el retiro intensivo: Kitâb al-khalwah, Aya Sofya, 1644. Sobre el mismo tema, ver Futûhâr, cap. 78 y 79, traducido por M. Vâlsan, E.T., 1969, pág. 77-78.