ISLAM Y AL-ANDALUS

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"LOS MAJOS" -y 2-

majos3

El atavío de los "majos" era evidentemente peculiar; clara muestra de ello son los versos de Jovellanos, citados anteriormente, en los que afirma rotundamente, basándose en este hecho, su genealogía moruna.

EL VESTIDO DE "LOS MAJOS":

En los saínetes de D. Ramón de la Cruz se hace una especial distinción de los personajes en cuanto a su indumentaria; en las acotaciones de cada escena abundan las expresiones como ésta: "sale de maja con mantilla",
"sale de majon, "sale Marcos de majo... por otro lado salen la Culebra y Manolo de moyos", "sale Manolillo de majo con cofia grande, de capa y debajo la guitarra"... expresiones que bastan para definir cuál debe ser su atuendo.

Para los hombres se dan minuciosas descripciones; en El majo de repente hay una relación de las prendas características:

"Don Fabricio: ¡qué gracioso
estaréis puesto de majo,
con su cofia, su chupita,
chupetín y calzonazos,
sus hebillas a la punta
del pie, su capa arrastrando..."

Sin embargo, parece que el "majo" no siempre vestía sus galas propias, sino que alternaba con otros atavíos cuando el caso lo requería, o bien eran gentes no "majas" las que se vestían sus prendas para aparecer como tales.
En un saínete se dice:

"Porque ha venido corriendo
a quitarse el uniforme,
y en un santiamén se ha puesto
de majo."

Los escritores españoles de la época, igualmente, dan testimonio de la presencia de los "majos", y no sólo los sainetistas, como González del Castillo (Cádiz, 1763 - 1800)). Leandro Fernández de Moratín también trata de este tema y escribe:

"Algeciras... todo es casillas pobres, cuestas, lodo, muladares y gorrinos, y majos con capotes y sus monteritas de terciopelo, muy chiquititas y muy adornadas de borlas y alhamares y madroños de seda”.

En muchas ocasiones la descripción de las prendas usadas por los "majos" es bastante detallada; hemos visto la de un atuendo masculino en Jovellanos, pero también se refiere a las mujeres en la primera sátira de Arnesto:

"baja vestida al prado cual pudiera
una mujer con trueno y rascamoño,
alta la ropa, erguida la caramba,
cubierta de un cendal más transparente
que su intención, a ojeadas y meneos
la turba de los tontos concitando"

También da detalles y pormenores del ornato femenino D. Ramón de la Cruz. De la Juana, "maja", dice que "sale de basquiña y mantilla", ampliando luego estas referencias:

"Se puso ella aquel jubón
que ya usted sabe, y cosieron
estas manos: la basquiña
de moer con los dos flecos:
la cofia con aquel lazo
de varas de cinta ciento:
la rica mantilla de
labirinto, con el negro
pispunte en el fisionado..."

También algunos escritores franceses, viajeros por la España del siglo XIX, dieron testimonio de la extremada atención con que observaban a las típicas gentes andaluzas. Teófilo Gautier describe el atavío propio para ir a los toros en Granada:

"Yo me puse mi traje de majo: sombrero puntiagudo, chaquetilla bordada, chaleco con botones de filigrana, faja de seda roja, calzón de tricot y polainas abiertas por la pantorrilla. Mi compañero llevaba un traje de terciopelo verde y de cuero de Córdoba. Los otros llevaban chaquetilla y calzón negro, con aplicaciones de seda también negras, corbata y faja amarilla, y en la cabeza una montera. Lanza estaba verdaderamente lujoso con sus botones de plata, hechos con monedas de a real, y con
los bordados de seda de su chaquetón, que llevaba colgando de uno de los hombros, como llevan el dolman los húsares".

Pero lo que más llama la atención en los trajes de las mujeres y de los hombres "majos" no son sólo las prendas en sí , cuyos nombres ya proclaman, casi en su totalidad, su origen árabe, y que ya se habían acomodado en España desde mucho tiempo atrás, sino, sobre todo, su ostentosidad y riqueza, la alegría de sus coloridos, el brillo de sus sedas y bordados, los flecos, los caireles, los alamares, el oropel, la abundancia de minúsculos botones, en una palabra, su "charrería" tan oriental.

El traje de "majo", abuelo del nuestro actual de torero, ha dado origen a que se le llame, no sin razón, "traje de luces", por este carácter tan "charro" de sus bordados en oro y plata, acompañados con lentejuelas, que resplandecen y centellean al brillo del sol. Este es el traje de que hacen gala los "majos" y los "chisperos":

"Pero vamos a mi casa
para ponerme mí vestido
de los días de fiesta"

Estos "trajes de luces" se conservaron con las mismas características en el norte de África: en Argel, en el Museo Nacional de Antigüedades, se encuentran algunas piezas de trajes de niño, del siglo XVIII, especiales para usarlos el día de la circuncisión, que parecen modelos, a tamaño reducido, de nuestros viejos trajes de torero, con chaquetillas y chalecos de terciopelo y de seda, en colores vivos (rojo, morado, azul), bordados con hilo de plata y abundantes lentejuelas y alamares, cuyos parecen repetir los mismos diseños que los usados en España.

La contemplación de estas prendas no puede menos de traernos a la mente la descripción que hizo Teófilo Gautier de los trajes de los "chulos", cuando narra las corridas de toros de la Sevilla de su tiempo:

"Los chulos muestran un aire muy ligero y muy simpático,
con su calzón corto, verde, azul o rosa, bordados de oro a lo largo de la costura y sus medias también de seda, blanca o de color de carne. Llevan la faja bien ceñida, la montera graciosamente inclinada hacia la oreja; lucen una chaquetilla brillante, labrada con dibujos y arabescos; del brazo llevan una capa que despliegan y agitan delante del toro para irritarle, y engañarle o atontarle".

Después de afirmar que los banderilleros llevan este mismo traje.

El sentido musical puede decirse que era una cualidad innata a la personalidad del "majo", hasta tal punto que Caro Baroja afirma: "no hay majo sin guitarra ni maja que no baile". En un soneto de González del Castillo, durante una conversación entre barberos andaluces, se llega
a decir:

"Al barbero que no es majo
se le echa luego del gremio"
A lo que un cliente añade:
"¡Qué guitarrones sois!"

Estos bailes requerían una gallardía corporal y una gracia muy difíciles de imitar; a los cantos se les daba una modulación especial de voz, acompañados normalmente con instrumentos de timbres muy peculiares. Este tipo de expresión musical despertaba en los espectadores, incluso los no "majos", una verdadera conmoción psicológica y hasta física. Al conjunto de estas fiestas se les llamaba zambras, e iban acompañadas, como las de los árabes, de meriendas y refrescos:

"...ha de ser todo
merienda, bailes y zambras"

En El fandango del candil, D. Ramón de la Cruz ofrece una descripción perfecta del ambiente de estas zambras, con unos cuantos versos:

(Juana)
"¿Con que tú de buena gana
vieras algún fandanguillo
del candilejo?
(Leonor)
Me bailan
las piernas sólo de oír
las bandurrias destempladas
y las voces de becerro
con que estas gentuzas cantan.
(Juana)
Tampoco para mí hay rato
como verlos dar zancadas,
y a ellas, cómo sin escuela,
en un concurso se plantan
con desenfado a saltar,
y salga allí lo que salga;
cuando a nosotras nos cuesta
más estudios y más plata
saber bailar, que a los hombres
el graduarse en Salamanca.
(Jorge)
A mí, como que son gente
sin vergüenza, no me espanta."

En las casas de los barrios "majos" era costumbre organizar festejos de este tipo, con la menor ocasión; los dueños, a veces, se veían desbordados por la masa de público que acudía espontáneo a sumarse al festival:

- "¿No ves la canalla
que porfía por entrar?
- Es que son bailes de fama
los de casa de mi prima;
lo menos tienen guitarra,
violín, bandurria y toda
toda llena de asientos la sala..."

En la mayor parte de las ocasiones las puertas de las casas, durante estas zambras, permanecían abiertas, para que cualquiera que lo desease pudiera disfrutar libremente del espectáculo:

(Bardasca, maja):
"¿Qué se les ofrece a ustedes?
¡El demonio de la entrada
tan a deshora!
(Juliana, maja):
Bailar
si nos diere gusto y gana;
que en cuarto donde esté abierta
la puerta y suene guitarra
cualquiera se puede entrar."

En la nota que este texto lleva al pie, en su edición de 1893, se hace constar: "Esta costumbre aún subsiste en los barrios bajos". Y no se hacían sólo en las casas más acomodadas, sino en cualquier cuarto que se prestase a ello, aunque fuese de un modesto menestral:

- "Tú: recoge la mantilla,
y ve a buscar a tu hermana,
que te espera para ir
al fandango de la Paca
la carpintera."


LOS MAJOS: EL CANTO Y LA DANZA


Los nombres de los cantos y de los bailes "majos" formarían una lista demasiado extensa. En los sainetes de D. Ramón se citan expresamente muchos de ellos; los más frecuentes son: la "zarabanda", la "jota" o "tirana" (se da como equivalente), el "fandango" (y "fandanguillo"), y sobre todo siempre predominan las "seguidillas", con sus muchas variantes ("boleras", "manchegas", "majas", "gitanas", "guapas"...).

Habitualmente el canto y el baile eran acompañados por instrumentos
de cuerda; ya hemos visto un texto en el que se cita "guitarra, violín, bandurria",que era el grupo acostumbrado, a más de las castañuelas. En
Las çastañeras picadas se hace una acotación para la escena en donde se indica: "arreglarán, ínterin cantan las boleras, que después han de servir para bailar, con la guitarra, bandurria, un violín y castañuelas".

Pero, a veces, se bailaba acompañándose sólo del canto, incluso con las voces de los mismos bailadores. En La maja majada se escucha el siguiente diálogo:


Bastiana (maja]:
- "Bailar y cantar a un tiempo,
no hay garganta que lo pueda
aguantar.
D. Mariano (petimetre):
- También se lucen
a un tiempo voces y piernas.
Petra (maja):
- El bailar sin instrumentos
parece bailar a secas."

El bailar para la "maja" era un placer y un orgullo:

"Yo me doy por pagada
con bailar en esta boda"
……
- "A bailar el bolero
y asar castañas,
apuesto en todo el orbe
con la más guapa."

Estos bailes, desenvueltos y chocarreros en su mayoría, tenían mucho de licenciosos; eran los sucesores de los que ya estuvieron de moda en el siglo XVII y aún antes, como la "zarabanda", considerada como lasciva y peligrosa para la moral, por lo que fue prohibida por Felipe II, junto con la "chacona" y el "escarramán", aunque la costumbre pudo más que la ley.

Es curioso que el ritmo de la "chacona" era igual al de nuestras "granadinas" y se bailaba con castañetas, panderos y guitarra. Un jesuita de la época describía así este voluptuoso baile:

"¡Qué ocasión más peligrosa estarse un mancebo mirando a una destas mujeres cuando está con su guitarrillo en la mano porreando, danzando con grande compostura (sic), cantando con dulce voz y regalada, bailando con aire y donaire..., el cabello con mil lazos marañado..., el vestido muy compuesto, la banda recamada, la basquiña corta, la media que salta al ojo, el zapato bordado, las chinelas de plata!".

Por su atavío, bien podría ser la bailarina una morisca o una "maja".

Algunos instrumentos, típicamente moriscos, se mezclaban en las orquestas organizadas por los "majos" para sus fiestas, y es probable que sus intérpretes fuesen también, en gran parte, músicos del mismo origen. En un saínete de D. Ramón de la Cruz, un "majo" busca músicos para formar una orquesta, con que obsequiar a su novia, y le anuncia a ésta, para contentarla:

"Mira, he topado al maestro
de capilla de los niños
dotrinos, que tiene un yerno
que toca la chirimía
como un clarinete."

"El espada ostenta un traje más rico que el de los banderilleros, más adornado, algunas veces de seda roja, color que excita mucho al toro."

 

LOS MAJOS: SUS CLASES Y SUS OFICIOS

Esta casta social, integrada por los "majos", no puede decirse que tuviera una calidad uniforme, que pudiera adjudicarse a una categoría económica o gremial, ya que sus componentes oscilaban en diferentes niveles de bienestar y sus oficios eran muy variados.

En El majo y la maja fingida (escrita en 1778), ésta dice acerca del "majo" por el que se interesa:

"El es majo, mas no es majo
de los de rechupetón,
ni de aquellos de majáa,
su puñal y su rejón,
sino es un semimajillo
todo bulla y presunción..."

En las acotaciones de los sainetes encontramos las más diversas calificaciones, para destacar el tipo de personaje que se quiere definir, como: "majo petimetre", "majo a lo usía", "majo rico", "majo decente", "majo serio", "majo ordinario", "majo tuno" o "majo ocioso"; toda una gama completa del escalafón social.

Para las mujeres también existen calificativos: "maja bizarra", "maja de rumbo", "maja decente"...

Igualmente existe una diferenciación en el tiempo, pues en un sainete de González del Castillo se dice de un personaje que "sale de majo antiguo", dándose la diferenciación de su indumento: gorro, capa azul con galón y sombrero blanco.

El viajero inglés Richard Ford habla de los "majos" jerezanos, a los que considera de baja extracción y "muy crúos", distinguiéndolos de los "majos" finos o "muy cocíos", que se daban más en Sevilla.

En las láminas, en que algunos artistas reprodujeron los tipos "majos", también se destaca al pie, a veces, su variedad específica, como "majo naranjero a lo chusco", con su pareja "maja a lo libre", o un "majo en bravo" o "majo juguetón". Un cuadro de Camarón se llama "la maja de rumbo".

En cuanto a los oficios desempeñados preferentemente por los "majos", hay una variedad amplísima. En los barrios menestrales había una cierta continuidad hereditaria, habiendo quedado en la periferia de Madrid la localización de las tenerías, como en las riberas de los curtidores, cabestreros, esparteros... El "majo" es yesero, tallista, albañíl, carpintero, ebanista, zapatero, espartero, músico, barbero, mozo de cajón, naranjero, tahonero...', sobre todo le gusta la trajinería, comprar y vender, y traer los abastecimientos para los mercados; a veces, incluso, son contrabandistas. Con todas estas profesiones se les encuentra representados en los sainetes.

Para las mujeres se mencionan también las más diversas ocupaciones: buñoleras, naranjeras, aceroleras, castañeras, fruteras en general y vendedoras de "queso, ensalada, livianos y huevos", taberneras, besugueras, cinteras, escofieteras, lavanderas, costureras... Era muy frecuente que dis pusiesen de un puesto en el mercado o una mesa ambulante en cualquier calle.

No se diferenciaban mucho, pues, sus oficios de los que ya de antiguo ejercían las moriscas y los moriscos, según podemos apreciar en los versos del Romancero general, de 1600:

"Está Fátima y Xarifa
vendiendo higos y pasas
….
hace Muça sus buñuelos".

Así como en el Manoxuelo de romances, de Gabriel Lobo de la Vega:

"Señor moro vagabundo
que el viejo acebuche esconde,
deje el apacible sombra
y su recua apreste y tome
de esa fruta verde y seca
que ha tantos años que come;
carga y haga dinerillos...
….
Acompañe a Abenazar
que a la torre de Lodones
con cuatro cargas de higo
ha de allegar esta noche.

Celín Gazul con almendras,
Audalla con miel y arrope,
y con turrón de Alicante
Sarracino por su porte;
con pasa y arroz Azarque,
Muley con melocotones,
Muza con peras vinosas
para proveer la corte...
…..
Si no quiere ser recuero
haga ladrillos y adobes,
mase yeso, ablande cal
o venda aceite y tostones...
…..
Y la otra que turrón
vendió junto a Bibarrambla,
en su portátil mesilla,
por su parte acomodada;
y la que en la calle de Elvira
aguardiente y naranjada;
y la otra buñolera
que en el Albaicín pesaba
y la dama de Abenzaide
que hizo en Almuñécar pasas,
que fue mujer e un recuero,
que en higo y jabón trataba;
y la que en Vivataubín
vendiendo tostones y agua..."

El trasplante de estas gentes, que se nos describe en el romance, parece evidente. Desde el siglo XVI ellos fueron los abastecedores oficiales de los mercados madrileños en muy diversos productos, y había de ser consecuencia natural el que se fueran afincando en los suburbios, los cuales crecían alrededor de la muralla de 1566 - según puede verse en el plano del Madrid de 1630 - más aún, después de las leyes de deportación para los moriscos
granadinos.

Estos productos alimenticios, tan preciados por los moriscos, aparecen frecuentemente citados en los sainetes como comidas habituales de los "majos"; D. Ramón de la Cruz habla de "puches y muñuelos",
"tarángana", "fritada de lo fresco", "buñuelos de jeringuilla", "buñuelos con almíbar" o simplemente "buñuelos"; también del turrón habían de ser muy golosos, cuando en La maya majada se dice, al iniciar la descripción de la primera escena:

"Casa pobre donde se ve a Colasa de maja, partiendo cascajo en una mesa, y encima una cesta de frutas, cajas de turrón, un almirez, etc..."

Caro Baroja dice que "cuando en el siglo XVII, se quería indicar de modo claro, pero no directo, que alguien era de origen morisco, se decía que sus abuelos habían sido melcocheros o buñoleros, porque era conocida la afición de los moriscos por los buñuelos y también la abundancia de los mismos entre los que se dedicaban a hacerlos". Cita, a continuación, algunos versos que lo corroboran desde muy antiguo, como en el Poema de Alfonso onceno, donde se habla de "brunnuelos con manteca", así como otros romances de Lope de Vega y de Duran. Yo creo, incluso, como el P. Guadix, citado por Covarrubias, que la voz "churro", como "churre", es árabe, derivado de su condición de 'ser embutido' en una churrera, de donde luego fluye, como un "chorro", ya que el "churro" es el antiguamente llamado "buñuelo de jeringuilla".

Probablemente, fue también una aportación morisca la venta de refrescos, pues las bebidas frías apenas se conocían en España hasta mediados del siglo XVI; en 1612 existía ya en Madrid un oficio nuevo, el de destilador, tomando ejemplo de lo que ya se hacía en Valencia, Sevilla y Granada, usando agua de hinojo, de romero, de azahar, de rosas, de jazmín, de guindas, de limón, de cebada y de clavo. Granada fue una de las primeras ciudades que estableció este uso de hacer refrescos, trayendo la nieve en mulos o burros desde las cumbres de Sierra Nevada, y creando el oficio de nevero. El catalán Pablo Xarquíes, cuyo apellido no puede negar su origen morisco, fue el principal y más famoso de los neveros.

En el siglo XVII se puso de moda la "aloja", especie de hidromiel, de la que Nebrija dice "'aloxa, brevage de moros", y las alojerías fueron tan abundantes en este siglo como las botillerías en el XVIII y los cafés y horchaterías en el XIX; podían ser fijas, portátiles o ambulantes. La "aloja" se componía, fundamentalmente, de agual, miel, canela y otras especias, como clavo, jengibre, pimienta y nuez moscada, por lo que resultaba una bebida fuerte y ardorosa; por eso, para refrescarla, se la mezclaba con nieve. Su etimología es incierta, pero es posible que su nombre entre los árabes fuese al-'ussa, ya que el verbo “aSSa” significa 'reunir en un lugar pequeñas cantidades de algo', por lo que "aloja" equivaldría a 'mixtura', algo así como el moderno cóctel.

Las madrileñas del siglo XVII, cualquiera que fuese su estirpe, eran apasionadas consumidoras de toda clase de golosinas, siendo una inclinación que había sido famosa entre las moriscas. Calderón hizo de ello el siguiente comentario:

"Ellas de nada se duelen
como a ellas no les falten
almendrucos y pasteles,
chufas, fresas y acerolas,
garapiñas y sorbetes"