ISLAM Y AL-ANDALUS

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LA LAPIDA DE LOS BOABDIL

JUAN LUIS TAPIA

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¿Dónde reposan los restos mortales de Boabdil, el último rey de Granada? ¿Cómo sería su lápida? ¿Recordaría al reino perdido? A ciencia cierta nadie lo sabe y todo son teorías e hipótesis. La más extendida es aquella que sitúa la tumba del último monarca nazarí en Fez, pero a mediados del siglo XIX se produjo un curioso y extraño hallazgo en la ciudad argelina de Tlemecén: al fin se encontraba el testigo funerario. ¿Pertenecía a Boabdil 'El Chico' o a Boabdil 'El Zagal?
 
 
En 1860, reciente aún la ocupación francesa de Tlemecén, se demolieron una serie de viejas casas para abrir una nueva calle junto a la mezquita de Sid Ibrahím. En el pavimento del vestíbulo de una de estas viviendas apareció una losa de mármol ónice, sobre cuya gastada superficie se advertían los enmarañados y jeroglíficos trazos de una inscripción sepulcral árabe.
La proximidad de la losa a la puerta de entrada había sido la causa del deterioro, ya que con el continuo roce giratorio de la puerta había quedado impresa la huella circular sobre su superficie, cuyos relieves habían sufrido el natural desgaste. El paso constante de los moradores de la casa por la losa, había reducido el relieve de la inscripción, redondeando las aristas y achatándolas, hasta el punto de que la lectura del texto resultaba dificultosa en extremo.
BOABDIL
La pieza despertó el interés de los primeros especialistas que se encargaron de analizarla y quienes no se explicaban cómo una losa funeraria tan extraña había sido arrancada de su tumba para servir de loseta de una casa vulgar. El hallazgo desdecía la veneración que los musulmanes tienen a los muertos. Pero nada lograron averiguar respecto del origen, fecha ni motivo por el cual hubiese sido la losa arrancada de su tumba y figurase en el vestíbulo de una miserable vivienda.
 
La lápida se entregó a la autoridad militar francesa, quien la utilizó como un adorno más del Casino de los oficiales de la guarnición, donde se iban depositando los numerosos hallazgos arqueológicos que se encontraban.
 
La losa medía 91 centímetros de largo por 44 de ancho, siendo el espesor de la piedra de sólo 6. Las letras eran de estilo andalusí, y por el desgaste al que habían estado sometidas durante siglos aparecían borrosas y casi ilegibles. A estas dificultades se sumaban los enmarañados caracteres árabes dispuestos en 27 renglones y en una pequeña superficie, lo que complicaba en gran medida las labores de traducción.
 

Los códigos

El arabista Broselard, antiguo prefecto de Roán, ayudado por el mufti de la misma ciudad de Tlemecén, Sid Hammú Ben Rustán, emprendió la ardua tarea de descifrar la enigmática piedra. En el número del 'Journal Asiátique', correspondiente a los meses de enero y febrero de 1876, apareció el fruto de la ímproba labor, transcribiendo casi en su conjunto el texto árabe y dando la traducción correspondiente, salvo muy contados renglones imposibles de descifrar por el mal estado de las inscripciones.
 
Y cuál no sería la sorpresa del investigador al encontrarse frente al mármol funerario que, en un principio creyó, cubriese la tumba de Boabdil, el último rey moro de Granada.
 
En la argelina de Tlemecén, antes fastuosa corte de sultanes poderosos, vino, en efecto, a acabar sus tristes días Abú Abd Aláh Muhammad, conocido por Boabdil, ¿O era El Zagal?
 
La lápida demostraba que rendida la ciudad de la Alhambra a los Reyes Católicos, el infortunado monarca granadino pasó a África, habiendo corrido muy inciertas y contradictorias noticias sobre su vida y suerte en el amargo destierro. La mayoría de las crónicas árabes afirmaron que Boabdil llegó a oscurecerse completamente, donde tuvo que ejercer los más bajos oficios para subsistir.
 
Otras fuentes históricas indicaron que el último rey nazarí se retiró a Tetuán, acompañado por las principales familias de su reino, donde no tardó en volver a las empresas belicosas que tan poca fortuna le depararon, tomando partido por el rey de Fez, en contra de Marrakech, hasta que, muerto en una batalla, desaparecieron sus huellas. Se decía, sin embargo, que en Fez había labrado un magnífico palacio, semejante al de la Alhambra, pero del cual no queda la menor memoria. También se pretendía que estaba enterrado en el vasto y antiquísimo cementerio que rodea a Tetuán por el lado Norte, y que contiene tumbas magníficas y viejísimas.
 

Error histórico

Efectivamente, la lápida era de Abú Abd Aláh Muhammad, pero a este nombre había que añadir el matiz de az-Zaghall de Granada, llamado por los cristianos El Zagal (valiente), que fue rey de Granada de 1485 a 1486 con el nombre de Muhammad XIII, y tío de Boabdil, o sea Boabdil El Zagal.
 
LAPIDA-ZAGAL
 
El error ya le fue anunciado al laureado Broselard por los especialistas del momento, entre ellos A. de Longperier y Francisco Fernández y González, quienes atribuían más verosímilmente la inscripción al otro Boabdil o Abú Abd Aláh Muhammad, a El Zagal.
 
Un autor árabe, contemporáneo casi de los monarcas granadinos, el ilustre Al-Makkari, natural de Tlemecén, escribió: «Cuando El Zagal supo de las victorias alcanzadas por el rey de Castilla, se apresuró a pasar el mar, dirigiéndose a la costa de África, llegando a Orán, y de aquí a Tlemecén, donde se estableció, y aún viven sus descendientes».
Más allá de la polémica, la lápida de Tlemecén es la única hallada fuera de la Península que hace mención a los últimos reyes nazaríes, el único testigo funerario que daría una idea de cómo fue la auténtica de Boabdil 'El Chico', aunque se encuentre perdida en algún lugar de la ciudad medieval de Fez.
 

Texto traducido de la lápida de un tal Abú Abd Aláh

«En el nombre de Alá piadoso y clemente. Bendiga Alá a nuestro señor Muhammad y a su familia. Este es el sepulcro de un rey que murió en el destierro. En Tlemecén, como proscrito, entregado al ocio entre mujeres, el cual combatió por la religión, aunque la guerra santa le negara las facilidades del triunfo. Hirióle el destino implacable de sus decretos, pero Alá le dio la resignación en la medida proporcionada a la desgracia que le deparó. ¡Derrame Alá para siempre sobre esta sepultura el rocío de su cielo.

Esta tumba es la del rey justo, magnánimo, generoso, del defensor de la religión del cumplidor, del emir de los muslimes, del vicario del Señor de los mundos, nuestro señor Abu-Abd-Al-Lah, el victorioso, con el auxilio de Alá, hijo de muestro Señor el emir de los muslimes.
 
El santo Abu-L-Hassan, hijo del emir de los muslimes Abu-L-Hachich, hijo del emir de los muslimes, hijo del emir de los muslimes, Abu-Abd-Al-Lah, hijo del emir de los muslimesAbd-Al-Uadid Ben Nasr, Al-Ansari, Al-Jazrachi, As-Saadi, Al-Andalusí. ¡Santifique Alá su túmulo y le señale un lugar elevado en el paraíso!.
 
Combatió en su país de Al-Andalus por el triunfo de la fe, no inspirándose sino en su celo por la gloria divina y prodigando su vida a cada instante sobre el campo de batalla, en las terribles lides en que numerosos ejércitos de los adoradores de la cruz caían sobre un puñado de caballeros muslimes...
 
Llegó a la ciudad de Tlemecén, donde halló siempre buena acogida y compasión hacia sus desgracias. Entonces se verificó lo que había prometido Aquel cuyos decretos son irrevocables... Y del cual todos los mortales sufre la ley según lo que Él ha dicho: «Todo alma gustará de la muerte». Sorprendiola, por cierto, la suya, en tierra extraña, lejos de su patria, de la tierra de sus abuelos, los grandes reyes de la estirpe Ansar, los sostenes de la religión del Elegido, del Predilecto. . Alá le ha elevado a las regiones de felicidad.
 
Y le ha devuelto con su gracia -al morir- entre las dos oraciones de la tarde, el miércoles de la Luna Nueva de Cavan del año 899». (Mayo de 1494, a la edad de cuarenta años).