ISLAM Y AL-ANDALUS

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EL OLVIDO

expulsion

Trabajos realizados por Kim Pérez Fernández-Fígares Licenciada en Historia, Ex-Ayudante de Historia Medieval de la Universidad de Granada.

Sobre la mal llamada Expulsión de los Moriscos.

 

Pero en lo que sí se salieron con la suya el Conde de Salazar, y Don Felipe III, fue en que en el siglo XIX ya no quedaba prácticamente ningún recuerdo del Islam ni de los moriscos. Habían permanecido muchos o pocos en silencio, atemorizados, habían seguido mezclándose gradualmente con los cristianos viejos. Siguieron aquí sus cuerpos, pero murió su memoria, su alma, casi, casi del todo, casi extinguida. Me aferro a este casi. Yo vivo en Granada, pero sólo he conocido una vez a una persona que me ha dicho: "Mi familia viene de moros", y aun así con incertidumbres. Esto ocurrió en 1998, o sea que ha llegado lejos la resistencia al Conde de Salazar. De todos modos, en este final del siglo XX las cosas están cambiando espectacularmente

LA EXPULSIÓN
 

Cuando entre 1609 y 1614, se intentó la, por tanto, llamada Expulsión de los Moriscos, se pretendió que fuera casi total, con las excepciones de las casadas con cristianos viejos, los esclavos y esclavas...Ya sabemos. El Conde de Salazar se aplicó a ello con una minuciosidad y un empeño notables, con unas técnicas cruelmente administrativas. Se trazó así toda una campaña de limpieza étnica, precursora de las del siglo XX, aunque creo que del dicho al hecho tuvo que haber un trecho. Sobre todo porque debía de haber todavía miles de esclavas de la guerra de las Alpujarras, cuarenta años antes, y miles de hijos suyos y de sus amos, que por tanto eran considerados como cristianos viejos por parte de padre, que era lo que contaba. Otros moriscos libres, pocos, se quedaron, como pudieron: las mujeres, casándose a toda prisa con cristianos viejos, como en el Valle de Ricote; otros, metiéndose a frailes y monjas; otros, vendiéndose como esclavos; otros más, perdiéndose por los caminos; a muchos no les faltaron apoyos ni amistades; unos pocos, ya sinceros cristianos, se fueron llorando; la mayoría se fueron dolidos y esquilmados, pero riendo desafiantes. En las tierras de señorío, por la cuenta que les traía, los señores intentaron disimular y esconder a todos los que pudieron, al parecer muchos.

He repasado las cantidades que se conocen para el Reino de Granada. Hacia 1568, cuando estalló la guerra ¿ciento cincuenta mil moriscos?; en 1570, oficialmente setenta mil expulsados, queriendo hacer una expulsión total, quizás ochenta mil; ¿tantos habían muerto, habían huido, otros tantos?; en 1585, otros cuatro mil; en 1587, quedaban unos ocho o diez mil, la mitad de ellos esclavos; pero en la Expulsión de 1609 al 14, salieron del Reino sólo dos mil veintiséis. ¿Dónde estaba el resto de los que había veintitantos años antes?

Los nobles, desde luego, no se fueron; mezclados una y otra vez con familias cristianas viejas, leales servidores del Rey. En la representación novelesca, mientras en el Quijote, Sancho se encuentra con su amigo, expulsado y ocultamente retornado, Ricote, en uno de los capítulos finales Don Quijote saluda a Don Álvaro Tarfe, exponente de la aristocracia morisca, que va de viaje "a Granada, que es mi patria". Casi todos los autores, excepto unos pocos como Antonio Rodríguez Gómez, se olvidan de que Don Álvaro Tarfe también era morisco.

LOS QUE NO SE FUERON
 

Majos o no majos, entre fines de 1727 y enero de 1728, se encarceló a trescientos veintiocho moriscos, (Flora García Ivars), de los que, al parecer, como cuenta Caro Baroja, llegaron a un auto de fe, el 9 de mayo de 1728, cuarenta y seis personas acusadas de islamizar: sus apellidos, Díaz, Guevara, Enríquez, Lara, Mendoza, Esteban, Chaves, Marchina, Gómez del Castillo, Ximénez, De la Puerta, Bohórquez, Cuevas, Sierra, Álvarez, Fernández...Sus oficios, tintoreros, escribanos, un pasante de la facultad de Derecho, unas boticarias, un platero que era también imaginero, unos merceros, unas costureras, una especiera, unas sederas... (Casi todos estos apellidos, sean de cristianos viejos o de cristianos nuevos, hayan llegado como sea hasta nuestros días, siguen usándose hoy en Granada: de los Esteban, hay cincuenta y nueve en la Guía Telefónica, uno de ellos, de un oficio tan tradicional como tapicero; Chaves hay cuarenta y cinco; Puerta, sesenta; Sierra, más de ciento ochenta; Bohórquez, diez; Cueva, treinta y cinco; Guevara, siete)

En 1731, se reconcilió Ana del Castillo, natural de Granada y viviendo en Jaén (el apellido Castillo se repite una y otra vez entre los moriscos, desde Alonso del Castillo, uno de los autores de los "Libros Plúmbeos" del Sacromonte) Por los mismos años, según Bernard Vincent, también la Inquisición encontró a otras doscientas veinticuatro personas, de Granada, Beas, Gabia la Chica y Pulianas, de las que la más representativa era el caballero veinticuatro Gabriel de Figueroa: escribanos, procuradores, mercaderes, un cura...Los expulsaron de Granada a casi todos y los Figueroas se fueron a Estambul (aunque quedan diez familias Figueroas en 1997 en Granada y dos familias con el mismo apellido en Las Gabias, tengan o no relación con aquel Caballero Veinticuatro)

Después de esta gran represión, entre 1730 y 1763, fueron encausados otros cuarenta y tres moriscos. Estos fueron a los que encontraron. ¿A cuántos no encontraron? ¡Granada, Granada, la de Bibarrambla y la Pescadería, la de la Chancillería y el Sagrario, recelosa y rancia, suspicaz, de larga memoria!

Si esto ocurría en las escasas clases medias, siempre observadas, envidiadas, insolidarias, si podían encontrarse literalmente cientos de moriscos en la ciudad ¿qué ocurriría en los campos, en las cortijadas aisladas y secretas, bajo el favor y el amparo de los señores? ¿Y en los caminos, en las fondas, en los mercados y las ferias; cuántos buñoleros y otros feriantes, quincalleros más majos que la madre que los parió, serían moriscos de sangre, sobre todo arrieros, ya que el oficio de arriero, con su montón de voces arábigas, era acaso la profesión más propia de los antiguos moriscos desmoriscados? ¿Y el hampa, en la inmensa heredad de Rinconete y Cortadillo, cuando los testigos de la época decían que los pobres eran la mitad del año jornaleros y la otra mitad mendigos, o sea que iban de los portales de las iglesias a las plazas de los pueblos, siempre en movimiento y descontrolados?

¿No habían las leyes desenraizado a los moriscos? ¡Pues habrían aprendido a vivir desenraizados, con el estilo y los valores de los futuros ácratas de Andalucía; ni Dios (¿qué Dios?), ni rey (¿qué rey?), ni amo (¡sin amos!); la otra alma de España, la de los pobres y los andarríos, tan orgullosos!

EL REGRESO
 

Éste parecía ser, después de todo, el capítulo final de la historia de Al-Andalus, pero qué va. Unos, callados como muertos; otros, desterrados. Los primeros, sobre todo en la ciudad de Granada, donde siguen apareciendo nombres de moriscos, ya muy acristianados, a lo largo de los siglos XVII y XVIII: los Cuéllares, los Madrides, los Arandas, los Figueroas, Fernández de Mahagón, tenderos, sederos, tintoreros, etc También acaso, acaso, en otros pueblos de Andalucía, entre la nobleza, como en Andújar, Lebrija, Utrera, Marchena...Los segundos esperaban ser recibidos en Berbería con los brazos abiertos; ¿pero qué país, y menos entonces, puede acoger con facilidad tal migración, casi trescientas mil de personas? ¿No lo hemos visto con los refugiados de Kosovo, en 1999?

Al encontrarse con muchas dificultades, parece que muchos intentaron, y consiguieron, hacer, disimuladamente, lo único que podían hacer: volverse a España. El 8 de agosto de 1615, después de muchos intentos, el antipático Conde de Salazar, le mandaba al Rey esta carta extraordinaria:

Señor

En un papel del duque de Lerma del 31 del pasado, me manda V. Mgd. Encarga baya dando quenta del estado que tubyere la espulsion de los moriscos por que tenga efeto lo que esta echo y, aunque yo he quedado con mucha menos mano en esto de la que V. Mgd. Mando que tubiese quando la ejecucion desta obra se remytio a las justycias ordynarias, siewmpre e dado quenta a V. mgd. De lo que en esto se a ofrecido a que nunca se me a respondido; asi entendia que V. mgd. Tenya mas ciertos abisos por otros camynos que a sido causa de no aber dado to quenta de lo que tengo entendido por relaciones muy ciertas.

En el Reyno de murcia donde con mayor desberguença se an buelto quantos moriscos del salieron por la buena boluntad con que generalmente los reciben todos los naturales y los encubren las justicias, procure que se embiase don geronimo de abellaneda, que fue my asesor, como se hyço cuando su mgd. Que llebase ynstrucion mia de lo que abya de acer por la mucha platica que de aquel Reyno yo tenya, el consejo no quyso admytir esta ynstrucion dyole otra tan corta que aunque fue y yço lo que pudo no hyço nada, que ya se an buelto los que espelio, y los que abyan ydo y los que dejo condenados a galeras acuden de nuebo a quejarse el consejo

en toda el andalucia por cartas del duque de medina sydonya, y de otras personas se sabe que faltan de bolberse solos los que se an muerto

en todos los lugares de castilla la byeja y la nueba y la mancha y extremadura, particularmente en los de señorio se sabe se buelben cada dia muchos y que las justicias lo disimulan; una cosa es cierta que quanto a que V. mgd. Mando remytir la espulsion a las justycias ordinarias no se sabe que ayan preso ningun morysco ny yo e tenido carta de ninguna dellas

las islas de mallorca y de menorca y las canaryas tienen muchos moriscos asi de los naturales de las mysmas yslas como de los que an ydo espelidos,

en la corona de aragon se sabe que fuera de los que se han buelto y pasado de los de castilla ay con permysion mucha cantidad dellos y la que con las mismas lycencias y con probanças falsas se an quedado en españa son tantos que era cantidad muy considerable para temer los ynconbenientes que hobligo a V. mgd. A echallos de sus Reynos; a lo menos el principal, que es el serbicio de dios, se a mejorado muy poco pues de la cristiandad de todos los que digo que ay en esta corona se puede tener tan poca seguridad.

La juridiccion con que yo e quedado es solo responder a las justicias ordinarias a las dudas que me comunycaren y asta ora ellos no tienen nynguna de que les esta muy byen dejar estar los moriscos en sus jurisdiciones asi nunca me an preguntado. V. mgd. Segun todo esto mandara lo que mas conbenga a su serbicio que la relacion que yo puedo dar a V. mgd., cumpliendo con lo que manda, es la quel e dicho. Guarde nuestro señor su catolica persona de V. mgd. Como sus criados y basallos deseamos. De madrid y de agosto 8 1615. El Conde de Salazar.

Da risa ver cómo al Expulsador se le escapan los expulsados de entre los dedos, y da pena su tesón en conseguir una expulsión perfecta. Se ve la vuelta de muchos, no por desgracia de todos (esto eran exageraciones). Se nota la resistencia pasiva por parte del mismo Consejo de Castilla, las justicias ordinarias, la gente que acoge favorablemente y callandito a los retornados. Cómo el mismo Conde de Salazar se ha quedado en la práctica sin poderes, esperando consultas que no le llegan. Los moriscos habían vuelto, y ya no se le hizo caso. El capítulo siguiente de la historia de los linajes meridionales había empezado: el Regreso.

Regresaban ansiosos. Lo creyera o no el Conde de Salazar, habían llegado a ser buenos cristianos. Otros por pura añoranza de la tierra en la que habían nacido, tan fuerte siempre en los peninsulares. Otros, desengañados, si los musulmanes les habían hecho cualquier violencia. Algunos se enteraron de que podían volver de mil amores a sus pueblos, sobre todo cuando eran señoriales, eso sí, sin que nadie de fuera se enterara. Hasta las justicias (los guindillas) disimulaban. Así debieron de volver muchos de los de Aragón, que continuaron su vida en la tranquilidad de los campos con su turbante (cachirulo) en la cabeza, o los de las Cinco Villas del Campo de Calatrava, como valientes moscas, echados y regresados y vueltos a echar y finalmente regresados; o los del Bajo Segre y el Bajo Cinca, o los de Tortosa, en el Delta del Ebro, a quienes protegió el obispo; o los del Valle de Ricote, en Murcia, que no quisieron irse a Berbería, porque eran buenos cristianos, sino a Francia y Alemania, y que se alejaban una y otra vez, mientras algún funcionario celoso hacía estragos entre ellos (azotes, galeras), hasta que se quedaron, "sin más causa que por el amor de su patria", como dijo el Marqués de los Vélez; o los de Talavera de la Reina, en Toledo; o los de Almadén, por mor de las necesidades acuciantes de mercurio para las minas de plata de América; o los muchos que consiguieron quedarse en las casi despobladas tierras de Almería (Tapia); ¿qué pasó en Chiprana, cerca de Caspe, lugar famoso de conversos?; ¿será verdad que en Ugíjar se quedaron algunas familias de estirpe morisca?; verdad era que en Loja había muchos pobres buscavidas, semiesclavos moriscos; estos últimos, muy numerosos en toda Andalucía, fueron objeto de otro decreto de expulsión, nada menos que en 1712, que no sé a cuántos afectó.

Otros muchos sabían que no podían dejarse ver por sus lugares de origen, por si eran reconocidos: pero había otras posibilidades: los caminos, como arrieros; las calles de Sevilla como pícaros; la compañía de los gitanos, en los mismos caminos, donde algunos se mezclaron con ellos, o en el barrio de San Ildefonso de Granada (según Eduardo Molina Fajardo), donde puede ser que se fraguara el flamenco, con los melismas moriscos; los portales de las iglesias como mendigos que en el verano se iban a los cortijos como jornaleros; la Corte, que ya era la Corte de los Milagros, con sus muchedumbres de ganapanes y de mozas de buen vivir (que solían llevar la cara tapada, dejando ver sólo un ojo); los tercios de Flandes o de Italia; la Armada; las Indias. Aragón, Talavera la Real, Campo de Calatrava, Ricote, Tortosa, la tierra de Almería, Loja, la ciudad de Granada: puede hacerse una verdadera geografía de los moriscos permanecidos después de la expulsión, y enlazar los nombres propios con el caos de los caminos o las fragosidades de los montes.

Estos miles de pícaros, mendigos, arrieros, mozas, soldados o marineros de fortuna (Rodrigo de Triana había sido, cien años antes, uno de ellos) dan lugar a otra España que es la más España, situada al sur de las severidades castellanas y leonesas, que va desde Madrid y desde Zaragoza hasta Algeciras, curiosamente los territorios más propios del antiguo Al Andalus.

LA MAJEZA
 

En el siglo XVIII, un siglo más tarde del Regreso, estalla la Majeza, en esas tierras; un estilo de vida de las clases bajas de Madrid o de Andalucía, que sin embargo proclaman con gracia su gallardía, su deje arrastrado, su gusto por la música y el baile, por las guitarras y el vino, por las ropas deslumbrantes de color, por los desafíos navajeros, cuando sean menester, por las caras medio tapadas de las majas, de las prostitutas de Madrid, un solo ojo llameante, que debían de parecerse a las vejereñas o las mojacareñas de velo negro, que había sustituido, incluso entre cristianas viejas, a la almalafa blanca de las moriscas. Nada de eso se conoce en la severa España del Norte, donde el aporte de los mozárabes o los bereberes de acaso la Maragatería era muchísimo más antiguo y totalmente asimilado. Todo esto lo ha puesto de relieve Elena Pezzi, en un libro minucioso y sensitivo, "Los Moriscos que no se Fueron".

Según ella, los majos, habitantes de los barrios majos de Madrid y de las ciudades andaluzas, de donde cabía esperar que estuvieran, pueden ser los descendientes de los desarraigados moriscos, aunque la majeza se contagió rápidamente y se puso de moda. Para verlos, a ellos o a sus imitadores, tenemos la suerte de poder mirar "El quitasol", o "La gallina ciega", de Goya y, desde luego, desde entonces, el llamado nada menos que traje de luces de los toreros. Los azules, los amarillos, recuerdan precisamente aquellas marlotas carmesíes y azules, que usaban los moriscos acomodados ¡Qué lejos de los terciopelos negros o las capas pardas de los cristianos viejos! ¡Parece que estamos en otro país! Es que, con los majos, empieza a materializarse esa manera de ser distinta, la que habría que llamar de la España Andaluza, la Fusión.

LAS MUJERES

De lo más callado, lo que ha dejado menos recuerdo: las mujeres moriscas, pocas o muchas, no lo sabemos, pero más bien muchas, casadas con cristianos viejos, cuyos hijos fueron considerados también como cristianos viejos, lo mismo que al mismo tiempo, en las Antillas, los colonos castellanos se casaban con mujeres indias y sus hijos pasaban por castellanos... Como aquel Almodóvar, de los de Murcia, cristiano viejo e hidalgo, casado con cristiana nueva, hijo de cristiana nueva, nieto de cristiana nueva, del que habla Ginés Pérez de Hita, según recoge Caro Baroja. Puede que de aquí viniera lo de las familias moriscas de Ugíjar, llegadas hasta hoy. De los esclavos y esclavas, quedaron todos, liberados de la expulsión; permanece el recuerdo (Caro Baroja) de aquellos silleros y vendedores que, un siglo después, llamados moros cortados, abundaban en Loja. De los hebreos, un siglo después Granada estaba llena de mezquinos conversos penitenciados, cuyo contacto físico con sus ropas obsesionaba a Alonso Cano (también Caro Baroja) De los mercaderes genoveses, cristianos, que trataban en la Alhóndiga de los Genoveses (en la calle de la Cárcel) y acudirían a la antigua iglesia de San Cecilio, que estaba donde sigue la actual, quedarían todos...

DE NUEVO LAS MUJERES
 

¿Mientras avanzaba a la vez la conquista, se casaron los repobladores, muchos seguramente varones solteros y recién hacendados, con algunas mujeres musulmanas, o tuvieron esclavas, e hijos de unas u otras, como suele suceder en las conquistas, donde los colonos necesitan mujeres, puesto que las de su tierra no se han ido con ellos? La historia que conocemos es la historia de los varones; no suelen aparecer en ella muchos nombres de mujeres. Se sabe que el mismo rey que conquistó Toledo, Don Alfonso VI, primero se casó con la entrometida francesa Doña Constanza y luego con Doña Zaida, viuda de un hijo del rey poeta de Sevilla, al-Mutamid; Zaida, la mora, Reina de Castilla; su hijo Don Sancho, el único varón de Don Alfonso, si no hubiera muerto en Uclés, habría sido el siguiente Rey. ¿Cuántos castellanos, en el nuevo Reino de Toledo, seguirían el ejemplo de Don Alfonso VI?

Por supuesto, en ese mismo reino no era preciso ir muy lejos para encontrar a quienes tuvieran el árabe como lengua materna, diaria, casera e incluso notarial: los mozárabes, tan numerosos, tanto autóctonos como venidos de otras partes de Al Andalus. Las palabras arábigas que entraron en la vida de la casa, podían venir de las cautivas moriscas o de las familias mozárabes y de las hebreas, que también hablarían con frecuencia en árabe. Pero por ser las más olvidadas, quiero recordar ahora a aquellas cautivas y concubinas mudéjares o hebreas.

Nuestros nombres del ajuar (que en sí es una palabra de éstas), de los enseres que alhajaban (otra palabra) la casa y de algunas comidas son muy a menudo árabigos; hablo de la casa antigua, la casa castellana casi sin muebles, como mucho con sus estrados alfombrados con alcatifas (árabe) y llenos de almohadones (árabe), que era tan parecida a las andalusíes, y todavía más, dos siglos más adelante, de la casa andaluza, con sus paredes encaladas un año y otro por su dueña, en el estilo que todavía compartimos con Marruecos; repartidas en alcobas y algorfas o cámaras; adornadas con albendas y alahilcas, o colgaduras; con el zaguán como entrada, la barra del alamud en la puerta y coronadas por las azoteas; si las amas de casa hablaban en árabe, ésta es la explicación. ¿Por qué en Castilla la Nueva, Extremadura, Murcia o Andalucía se dice o se decía aljofifa y aljofifar en vez de fregar, alfaca en vez de cuchillo, zafa o jofaina en vez de lebrillo, alcayata en vez de escarpia, taca o alacena, anaquel, acetre y además nombres más generales como la albanega o cofia, la alfarda o peto, la albadena o vestido, la alcandora, el mandil, los alamares, las arracadas, entre las ropas y el arreglo personal, los alfileres, las jaretas o las alforzas en la costura, los tabaques o canastillos, los azafates o bandejas para coloretes como la alheña, el alcandor, el alcohol o polvillo negro para los ojos, la alconcilla, y también cosas como la almohada, la alfombra, el almirez, la jarra, la albornía o taza, la alcarraza, la alcuza, el hornillo de barro o anafe, en el que podían hacerse comidas como la alboronía, o guisado de verduras, según una receta atribuida a Buran, mujer del Califa Harun al-Raschid, ¿el zulaque o cocimiento?, el alcuzcuz (conozco la receta del que se sigue haciendo en Castilléjar, de Granada), las albóndigas, las zahinas o gachas, las alejijas de harina con ajonjolí, el alfitete o sémola, los fideos de nombre mozárabe, los alfajores, las alcorzas de pasta dulce, los dulces muy delgaditos llamados alfeñiques y los buñuelos o alfinges o el almíbar? ¿No podríamos añadir los nombres de las flores de arriate, o de alféizar, los alhelíes, los azemines o jazmines, las azucenas, las plantas como la albahaca..., que adornarían también puertas y ventanas? ¿Es que los oían en casa de los vecinos mudéjares o moriscos, tan desdeñados, o es que se oía en la propia casa?

Cada campo de palabras árabes, en castellano, está vinculado a un oficio o profesión enseñada por mudéjares: a los alarifes o arquitectos, a los carpinteros, a los hortelanos, a los guerreros, a los marineros, a los alfareros... ¿por qué el campo de las palabras domésticas no estaría unido al oficio de ama de casa, que entonces sería muchas veces o morisca o mozárabe? Lo mismo que la cocina mexicana, supervivencia de la india, testimonia del mestizaje, la cocina andalusí, delicada y especiada, con sus sopas, sus gachas, sus migas, sus fideos, sus boladillos, sus carnes picadas, sus pescados, su aceite desde luego, ha sobrevivido entre nosotros (sobre todo en la repostería)

LOS AMORES
 

Pero es posible concretar algo más. "El Tizón de la Nobleza" lo escribió, en tiempos de Felipe II, el Cardenal Arzobispo de Burgos, Don Francisco de Mendoza y Bobadilla, enfadado porque se les habían negado dos mercedes a dos sobrinos suyos, por no ser "limpios de sangre", para demostrar que toda la nobleza castellana, aragonesa y navarra tenía algunas antepasadas o antepasados judíos o moriscos. Lo transcribe Antonio Domínguez Ortiz. El primer ejemplo que menciona es el de un caballero de Córdoba, que se convirtió en tiempos del mismo Alfonso VI y tomó el nombre de Hernando Alonso de Toledo, ascendiente luego de los Portocarreros y los Pachecos. Pero aparte de éste, el resto son historias de amoríos o de amores entre nobles señores y muchachas judías, ricas o pobres; marqueses que no se casan pero tienen varios hijos con sus queridas , o condes que se casan con quienes fueron sus esclavas; obispos señoriales, mantenedores de familias ocultas...Las pasiones de la sangre por encima de los prejuicios de la sangre. Haré una enumeración, para no volvernos locos, como hizo el propio Cardenal Mendoza. La primera historia es la que ya he mencionado. Dos. En fechas muy antiguas, los Pachecos habían entroncado con María Ruiz, una hija muy hermosa del rico almojarife judío Ruy Capón, que se convirtió porque se lo pidió Alfonso III, y esta descendencia fue tan numerosa que de ella "desciende toda la nobleza de España". Tres. Luego, Don Juan I de Portugal tuvo en Inés Fernández Estévez, hija de un capitán de la guardia, convertido de judío, al que llamaban el Barbón, a Don Álvaro, Duque de Braganza, de quien proceden por diversos enlaces las casas reales e imperiales de Europa y muchas casas nobles de Castilla. Del hermano de Inés Fernández, llamado Don Juan Mendo de la Guardia, descienden otras casas nobles. Cuatro. Un hijo del Duque de Arcos, llamado Don Enrique, tuvo relaciones en Jerez con moras, judías y mulatas, de quienes tuvo hijos e hijas de quienes procedieron muchos caballeros de Córdoba, Sevilla, Jerez y toda Andalucía. Cinco. El Almirante Don Alonso Enríquez, con una morisca esclava suya, tuvo una hija natural, Doña Juana Enríquez, de quien descendieron más de diez casas con títulos de Castilla. Seis. El cuarto obispo de Cuenca, el dominico Fray Lope de Varrientos, tuvo una hija, Ynés de Varrientos, quizás con una judía cuyo nombre se desconoce; un descendiente suyo, Don Bernardino de Velasco, se casó a su vez con Doña Ynés de Zúñiga, hija también al parecer del abad de Paredes y de una conversa pobre de Alcalá de Henares, Doña Ysabel de Mercado. Don Bernardino tuvo al parecer otros amores con una hija natural de Don Juan Pimentel y de una esclava que supongo morisca, de los que nació la condesa de Ribadavia. Siete. Don Diego de Villaldrando, conde de Ribadeo, se casó con Doña Ana, una esclava suya, probablemente también morisca. El Príncipe o Emir de Tremecén, quizá cautivo de Don Pedro, el segundo Conde de Ribadeo, pidió el bautismo a la hora de la muerte y el Conde lo ahogó diciéndole que no se había de salvar en una hora siendo moro de tan mala vida, por lo cual la Reina Doña Ysabel lo tuvo preso, después de lo cual se casó con su hija, considerada esclava, que había tomado el nombre de Cathalina Rodríguez, y que murió a su vez sin hijos. Ocho. El Marqués de Alconchel, Don Fadrique de Zúñiga, no se casó, pero tuvo dos hijas de una esclava (¿morisca?) casada con un barbero, a las que casó muy bien, a una con un hijo del Marqués de las Navas y a otra con un Mayordomo de Felipe II. Nueve y diez. María del Caravito, ¿judaizante? confesa, de Salamanca, tuvo muchos descendientes con hábitos de las Órdenes Militares, lo mismo que del Regente Figueroa, que había sido nada menos que presidente del Consejo de las Órdenes y del importantísimo Consejo de Castilla se decía que era nieto de otra ¿judaizante? reconciliada de Zamora. Once. Del famoso Obispo de Cartagena, que había sido judío, Don Pablo de Santa María, y de su hermano, Albar García de Santa María, descienden también ciertos linajes, no tan brillantes. Doce. Don Rodrigo Pacheco, señor de Cerralbo, se casó con una hija de María de Castro, ¿judaizante? confesa; de ellos vienen los marqueses de Cerralbo, la octava de los cuales, Isabel Nieto de Silva Pacheco y Guzmán fue también octava abuela mía; los Pachecos seguían reuniendo sangre judía o mora. Trece. El Chantre de la Iglesia de Cuenca, que era villano o plebeyo, mantuvo una relación con Doña Estefanía de Villarreal, a quien se tenía por judía y humilde, de la que nació una hija natural, llamada también Doña Estefanía, que se casó, parece, con Don Luis de Mendoza. Catorce. Lope de Guzmán, de los Guzmanes de Toledo, condes de Valverde, se casó también con una humilde hornera toledana, Doña Francisca de Zúñiga, que se tenía por cierto que era morisca y confesa. Quince. Dicen que Don Alonso de Guzmán, Prior de San Juan y una confesa ¿judaizante o morisca?, natural de Consuegra, en su Priorato, tuvieron a Don Fadrique de Zúñiga, que se casó con María de Ayala, de donde proceden los condes de Fuensalida. Dieciséis. Mosén Pablo, médico convertido de judío, fue a Vizcaya y casó a sus cuatro hijas con cuatro casas muy ilustres. En este caso, no dice los nombres, y puede ser que porque una fuera la suya propia, la de los vizcaínos Mendozas. Diecisiete. Una tabernera de Madrid, hija de un judío convertido, fue la madre de Pedro Arias, contador de Enrique IV, de quien descienden los Condes de Puñoenrrostro. Dieciocho. El Rey Don Juan de Aragón y Navarra tuvo amores con una judía convertida y penitenciada en Zaragoza, llamada María de Juncos, apodada La Coneja, y tuvieron a Don Alonso de Aragón, de quien descienden los duques de Villahermosa, los duques de Albeyda, los condes de Guelves...Un duque de Villahermosa, Don Francisco de Aragón, se casó también con una hija de Zapata, judío muy rico, recién convertido. Diecinueve. Beltrán Coscón se dice, aunque hay dudas, que fue judío y trapero muy rico, y de él descienden las casas de Sástago y Camarasa. Veinte y veintiuno. Los Caballería de Zaragoza también eran judíos convertidos, y con ellos enlazaron muchas casas nobles, como con los descendientes de miser Marco, que se convirtió de judío, cuyo hijo, Felipe Clemente, fue reconciliado por la Inquisición de Zaragoza. Veintidós. De Don Juan de Autec, judío confeso, dice que desciende la mayor parte de los caballeros del reino de Navarra.

En fin, si esto era lo que sabía el Cardenal Mendoza en aquel superimponderable cotilleo, ¿qué sería lo que no sabía? Por cierto, esto demuestra también, lo digo en serio, una forma de transición entre el feudalismo de los grandes señores y el capitalismo de los judíos que no pudo sospechar un hijo de converso como Karl Marx. La transición por bodas.

Porque muy notable es que, en esta relación de enlaces de la clase más alta, de la nobleza, dieciocho son con linajes hebreos ricos, lo que podía convenir a las dos partes, enriqueciendo a una y ennobleciendo a otra, sin que en principio se supiera por dónde tomarían los hijos; aunque la verdad es que también hay matrimonios o hijos con judías pobres, por la fuerza de la carne, o acaso del amor; en siete ocasiones se menciona un enlace con moriscos, de los cuales sólo uno era varón y noble y las demás fueron esclavas: amantes, sea lo que sea lo que represente esta palabra. Tengo la noticia, que no he podido situar con precisión, de un pueblo extremeño donde vivió un señor que dejó mandas en su testamento para sus quince hijos (reconocidos, claro) y sus cuarenta mancebas...

Los pobres se casarían menos con hebreas de su clase, pues en este caso ni unos ni otras podían esperar una mejora de su situación que justificase la conversión; pero probablemente se juntaron o se casaron más con cautivas moriscas. Cualquier mozo castellano que hubiera sido mesnadero o luego soldado, podía haberse adueñado de una mujer en la guerra con los moros, como parte del botín. Esto es lo que hacían unos y otros: se mataba a los hombres y se cautivaba a las mujeres y los niños. Me figuro que habría una razón: en cada una de las naciones, tanto entre moros como entre cristianos, se daría una falta relativa de mujeres, porque la muerte por parto debía de ser frecuente; entonces, abundarían demasiado los mocicos o solteros, y la manera de colmar el vacío sería descomponer a la población rival. Si esto fue así, como parece, sistemático, nuestros ancestros andalusíes, olvidados en la línea materna, serían casi tantos como los norteños...

LA MEZCLA
 

Hay estudios, en otros campos, que parecen confirmar que el resto de la población meridional que permanece en la Península es muy grande. Cuando se ha analizado los cromosomas de las poblaciones españolas actuales (Madrid), se ha encontrado que son más parecidos a los de las norteafricanas (Argel) que a los de otras europeas. Si, de acuerdo con las ideas hasta ahora corrientes, la Reconquista hubiera significado al mismo tiempo una Repoblación casi total, esto no sería posible. Los norteños que avanzaron serían esencialmente los descendientes de los celtas (galaicos, astures, cántabros), esencialmente europeos y sólo habría continuidad de sangre ibérica en Vasconia y en la Corona de Aragón.

Hay otra prueba, más intuitiva: el color de nuestros cabellos. Si la Península hubiera sido repoblada sólo con norteños, no seríamos más morenos que los irlandeses o los ingleses: los aborígenes del Cantábrico eran celtas. De hecho es cierto que la sangre céltica es perceptible hoy entre nosotros, sobre todo entre nuestros niños, la mayoría rubios, que luego se vuelven castaños al crecer. Pero cada cabello negro en nuestras cabezas testimonia de un origen meridional, en un país en el que la palabra moreno viene de moro.

De todos modos, la gran unidad racial de la Península, sólo interrumpida en el País Vasco y en la casta gitana (y más difusamente en el aire vagamente mulato de Sevilla), que hace prácticamente imposible distinguir, a primera vista, a unos gallegos de unos almerienses, plantea algunos problemas. En principio, parecería que los habitantes del área cantábrica deberían ser más rubios, como más celtas. No es así, en la realidad. Pero no tenemos evidencia de migraciones masivas del Sur hacia esa región, excepto la recogida de los habitantes del Duero en tiempos de Alfonso I, entre los que habría muchos godos de los Campi Gothorum (Tierra de Campos), por lo tanto, rubios, y muchos descendientes de los celtíberos (es decir, celtas con íberos), que serían los únicos que aportarían algunos cabellos negros (quizás genéticamente dominantes, y por tanto, cada vez más visibles a lo largo de los siglos) Es la única explicación que se me ocurre, aunque anula casi toda esta explicación: muchos de nuestros cabellos morenos vendrían de aquel remoto crisol celtibérico, aunque otros pudiera venir de enlaces con los andalusíes.

De todas maneras, sabemos con fundamento histórico que la emigración mozárabe hacia el Norte fue bastante grande, por lo menos del orden de varias decenas de miles de personas, muchas en una Península que entonces contaría con unos seis millones de habitantes y podemos postular que la costumbre general fuera la de que los colonos o repobladores norteños, mozos sobre todo, se fueran casando o juntando con mujeres moras, de las arrebatadas en las guerras o no. Sólo esto puede explicar el hecho comprobado de que Iberia sigue estando hoy genéticamente más cerca de Berbería que de Francia.

En los canarios actuales, V. Cabrera ha descubierto que los genes transmitidos por las mujeres son bereberes, mientras que los transmitidos por los hombres son europeos. Esto significa que en su código genético está escrita una historia que no se puede documentar en ninguna otra parte: que los varones guanches fueron exterminados o vendidos como esclavos, mientras que sus mujeres fueron violadas por los conquistadores o se casaron con ellos (como no tengo el trabajo original, no sé si dice que los genes paternos son "más" parecidos a los europeos, que es lo de suponer; en caso de que dijera a secas que son los mismos que los de los europeos, o con otras palabras, que los conquistadores castellanos sólo eran genéticamente celtas, las hipótesis anteriores se desmoronarían) En el otro estudio, el de la prueba de la afinidad entre Iberia y Berbería, que se ha hecho con muestras de tampoco sé qué grupos de genes de Madrid y Argel, sería muy útil seguirlo y averiguar cuáles son los genes por línea materna (de madre en madre) y paterna (de padre en padre) de los peninsulares actuales, sobre todo de los que vivimos en el Sur.

Esto ayuda para insistir en que aquí, de supuestas limpiezas de sangre, nada. La Península y las Islas han sido históricamente tierras de inmigración también para los europeos y para otros pueblos. Contemos, por una parte, a los cien mil visigodos, más o menos, que debieron establecerse sobre todo en el Centro (en la Tierra de Campos, en los Campi Gothorum) y cuyos descendientes se refugiarían luego en nuestro Norte, tan hidalgo; a los no se sabe cuántos franceses (o francos) que poblaron sobre todo a lo largo del Camino de Santiago, de Burgos a León, estimulando el arte de las catedrales góticas; y luego, a los mercaderes genoveses que se establecieron en el Sur, tanto en el Reino Nazarí de Granada (y que debieron de seguir aquí, después de la conquista) como en Sevilla, hasta el punto de que el hecho de que Cristóforo Colombo rondara por aquí fue casi la consecuencia de una costumbre genovesa; y luego, a los africanos llegados por la fuerza como esclavos tanto en la época de los moros como en la de los cristianos, que mayoritariamente debieron de quedarse aquí, exentos por esclavos de cualquier expulsión, mezclándose luego con los otros pobladores, hasta que de su sangre no quedaron sino algunos cabellos crespos y algunas teces suficientemente morenas, por aquí y por allí, en Andalucía, como los "negros" de un pueblo costero de la provincia de Cádiz; luego, algunos pocos irlandeses refugiados de la persecución anglicana, algunos pocos alemanes escapados de su terrible siglo XX...

LOS BANDOLEROS
 

Cuando empieza el siglo XIX, empiezan las historias de los guerrilleros, luego reformados muchos de ellos en bandoleros. Desde luego, el oficio de bandido no es de los que pasan de padres a hijos, pero si no el linaje, sí la tradición, la referencia de "la gente de la Sierra". ¿Cuál sería la costumbre de la que aprendieron lo que tenían que hacer el madrileño Luis Candelas, que seguro que era de los barrios majos, o José María el Tempranillo? ¡Tan señores, tan perfecta y majamente vestidos, que a los ricos robaban y a los pobres socorrían!

¡Primera forma de la solidaridad de los desesperados, que tanto tendría que andar!

LOS FLAMENCOS
 

Luego, los majos van siendo sucedidos por los chulos y los chulapos, los farrucos, los flamencos; todas estos nombres tienen la misma resonancia: las cabezas altas, nunca bajadas, el talle derecho, la gracia, el cante y el baile, el duende, de Madrid hasta Sevilla, de Jerez a Cartagena. Es que sale a la luz el Flamenco, el Cante Jondo, mucho más parecido, por raro que parezca, a las nubas andalusíes, que supuestamente habrían tenido que olvidarse a este lado del Estrecho desde tres siglos antes, que a los corridos y las rancheras fundados en los valses centroeuropeos que se estilaron al mismo tiempo en México o en el Perú. ¿Qué era lo que sabía la gente del baile, la del cante y la guitarra, la que cantaba en los caminos o la que tocaba en los bodegones para los señoritos? Esto fue lo más notable: los descendientes de los nuevos pobladores, los cristianos viejos, los castellanos (todavía se dice en Andalucía: gitano o castellano) hicieron suyas aquellas coplas, aquellas guitarras, aquellos bailes en los que las manos se mueven al estilo oriental, esos desplantes, aquellos vestidos de faralaes, de manera que, mientras el Flamenco siga vivo, la cultura de Al Andalus sigue viviendo y llegando fantasmalmente, justicieramente, a los corazones de sus conquistadores.

Uno de los viajeros ingleses por España en ese siglo dice que quedaban muchos moros en los montes y muchos judíos en las ciudades; lo que me sorprende es la exactitud de la atribución, que corresponde al pie de la letra con todo lo que he supuesto: los descendientes de los moriscos, en los caminos como arrieros o bandoleros, o en las apartadas aldeas de los antiguos señoríos; los descendientes de los judíos, en las ciudades, entre la nobleza más rancia o la modesta burguesía de tenderos, médicos o escribanos.

(Más de doscientos años antes, de 1577 a 1581, se habló de que seis o siete cuadrillas de bandoleros moriscos, lo más seguro de los antiguos monfíes de Granada, asaltaban, mataban y robaban por Castilla e incluso por Sevilla: Florencio Janer, según Elena Pezzi)