ISLAM Y AL-ANDALUS

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NUNA FATIMA

Maestra sufí del siglo XII. Parece ser que era de origen cordobés, aunque las referencias más interesantes de su vida y enseñanza como sufí las encontramos en Sevilla.
 Con residencia en la Sevilla de los ‘Abbadíes’, vive el proceso de formación y madurez del emirato sevillano y destaca en el Islam por su conocimiento del Din –Camino del Islam-. Es uno de los engarces más interesantes de la sabiduría, logrando desarrollar toda una experiencia y una teoría acerca de la revelación trascendental.
 De una suprema formación en el Din de Islam, fue un gran testimonio que contribuye al éxito manifiesto de las escuelas gnósticas andalusíes. Gustaba de acudir a la Mezquita mayor de Sevilla –situada en aquella época en el lugar que hoy ocupa la iglesia del Salvador- para recitar Corán y hacer Salat (postración del musulmán cinco veces al día).
 Era la mezquita mayor sevillana objeto de una especial vigilancia y atención administrativamente hablando. Cuenta Ibn ‘Abdún que había un maestro albañil de plantilla, que se encargaba continuamente de las reparaciones necesarias en la fábrica interior de la mezquita; otro tanto hacía con las salas de abluciones que visitaba con frecuencia para repararla. Había también tantos almuédanos como puertas, y, además, otros dos: uno, para que se coloque, en cada oración, al lado del que hace de imán y vaya transmitiendo a los otros musulmanes en voz alta cuándo deben decir “Allah es grande”, o inclinarse, o prosternarse (se trata del takbir, del ruku y del suchud, los tres pilares del salat en el Islam); y otro, para que se colocara al fin de la nave central y fuera anunciando en voz alta lo que hayan de hacer los que hacen el salat ( en el patio o en las galerías y están demasiado lejos para oír la voz del primer almuédano, que es el que está cerca del imam. El sahn y las saqa’if, eran galerías en alto, como una especie de tribunas a lo largo de los muros de la sala de oraciones y del patio de la mezquita.
 Este servicio especial lo hacían por turnos, hasta el viernes, día en que situaba un almuédano en cada una de las puertas de la mezquita mayor, para hacer que los musulmanes que hacen el salat en los atrios pronuncien la invocación “Allah es grande” a continuación del imam. El número de los imames era de seis, con carácter permanente, según el número de las inclinaciones de los salat supererogatorias del mes de ramadán, llamadas al-asfa, de suerte que cada uno dirigía por turno el salat.
 Aquella primera mezquita mayor sevillana contaba con tres hombres fijos para el cuidado de los alrededores, del alumbrado y el acarreo del agua. El agua era transportada a la primitiva mezquita entre el salat del mediodía y el fin del salat  del ‘asr. 
Pero, volviendo a nuestra biografiada, Ibn al-‘Arabí nos la presenta como uno de sus grandes maestros, sintiendo por Nuna Fátima especial reconocimiento; dice de ella:
 Cuando la conocí tenía ya más de noventa años. Sólo se alimentaba de restos de comida que la gente le arrojaba a su puerta; comía muy poco. Pero cuando estaba sentado a su lado, sentía reparo de mirarle la cara, tan florecientes eran sus mejillas, tan atractivo era su rostro a pesar de sus noventa años… Podría haber sido tomada por una joven de catorce años, tan delicado y gracioso era su aspecto…
 Solía decir: “De todos los hombres que vienen a verme no me agrada ninguno excepto éste” –con ello se refiere a Ibn al-‘Arabí-. ¿Y por qué eso?, se lo preguntaba y ella contestaba: “Todos los demás entre vosotros sólo me visitáis con una parte de vosotros mismos, dejando las partes restantes con sus negocios, su casa, su familia, sólo este Muhammad Ibn al-‘Arabí, mi hijo y mi consuelo, cuando viene hacia mí, está con todo su ser; si está sentado aquí, está totalmente presente, no deja nada de su alma en ninguna parte, y así hay que ser en esta vía espiritual”…
 En cierta ocasión comentaba: Me asombro de aquel que dice que ama a Allah y al mismo tiempo no está contento con El, siendo así que Allah es el único objeto de su mirada, pues en cualquier cosa que miren sus ojos, sólo le ven a El, sin que El se escondiera un solo momento ante su vista. ¿Cómo pueden afirmar esas gentes que aman a Allah y llorar al mismo tiempo?”. Después se volvió hacía Ibn al-‘Arabí y dijo: “Y tu, hijo mío, ¿qué dices de lo que acabo de decir?”. Le contestó “Madre, tu dices lo que has de decir”.
 De gran conocimiento y de profunda sensibilidad espiritual, llegó a desconocer la separatidad gracias a su fusión con la sabiduría del Uno, abarcando todas las ciencias que expresan del modo más directo la Unidad de la Realidad.
 Un día cuando estábamos reunidos -dice Ibn al-‘Arabí- entró de repente una mujer en la vivienda y me dijo: “Hermano mío, me han contado que mi esposo se encuentra en Jerez de Sidonia (Jerez de la Frontera), ha tomado mujer allí. ¿Qué te parece?”. Yo le conteste: “¿Deseas que regrese?”. Contestó: “Sí”. Acto seguido me volví hacia la maestra y dije: “Madre, ¿oyes lo que dice esta mujer?”. Ella contestó: “¿Y qué es lo que tu deseas hijo mío?” Yo dije: “Que tu atiendas su deseo que también es el mío, es decir, que regrese su esposo”. Entonces exclamó: “¡Oír es obedecer!. Enviaré la Fatiha (la primera azora del Corán) hacia él y me encargaré que traiga a casa al marido de esta mujer”. Empezando luego a recitar conmigo la primera azora del Corán, le dio figura visible. Entonces me di cuenta del alto rango espiritual, pues, mientras recitaba la azora, ésta tomaba poco a poco una forma material, aunque fuera etérea. Después de haberla dado forma, oír decir a la madre: “Oh Fatiha, vete a Jerez de Sidonia a buscar al marido de esta mujer. No le dejes en paz hasta que venga contigo”. No había pasado todo el tiempo que se requiere para hacer el camino, cuando el marido llegó adonde estaba la mujer. En seguida la maestra tomó un pandero y empezó a tocarlo en señal de alegría. Yo le pregunté que por qué hacía eso y ella me dijo: “Por Dios, me siento verdaderamente feliz de que El se preocupe tanto de mi; y ¿quién soy yo para que tal señor me haya preferido a todos los hijos de mi especie?. Juro por la gloria de mi señor y maestro, que El vigila con tanto celo mi amor, que resulta imposible medirlo. En efecto, si jamás fijo por una distracción mis ojos en una cosa creada para buscar apoyo en ella, mi Señor nunca deja de afligirme con algún sufrimiento precisamente por aquella criatura en que había fijado la mirada. Más tarde me permitió ver otros milagros del mismo tipo. No dejé de servirle con mis propias manos; levanté una cabaña de juncos justo del tamaño de su cuerpo. Ahí vivió hasta la muerte. Solía decirme: “Soy tu madre divina y la luz de tu madre terrenal”…