ISLAM Y AL-ANDALUS

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IBN SAB’ÎN

Abû Muhammad ‘Abd al-Hakkibn ibn Sab’în. Filósofo sufí, llamado Kutb al-dîn (polo del Din). Nació en Murcia en 1218. Murió en La Meca en 1270. Abû Muhammad ‘Abd al-Hakkibn ibn Sab’în. Filósofo sufí, llamado Kutb al-dîn (polo del Din). Nació en Murcia en 1218. Murió en La Meca en 1270.

Descendiente de una noble familia murciana, originaria del Valle de Ricote, estudió ciencias coránicas y filosofía, teniendo como maestro a Ishâh Bendaak, de la escuela sufí.
Pasó a Ceuta donde fundo una comunidad sufi (Tariqa), integrada por individuos que hacían profesión de pobreza voluntaria. Se les llamaba sabiníes y procedían generalmente del pueblo llano; vestían un manto de lana y una casaca de burda tela, y dormían a la intemperie por pueblos y caminos. Es curioso cómo algunos arabistas sostienen la hipótesis de que el término sufí (sufismo) provenga de sûr,(lanas), ya que los primeros sufíes llevaban vestiduras de este tejido.

Pronto los faquíes les atacaron, apoyándose en los hábitos que llevaban, por el abandono que hacían de las costumbres corrientes y por sus mensajes de pobreza y deseo de identificación con Allah (s.w.t). En anatema dirigido contra este grupo tuvo como resultado el abandono de todos sus partidarios y que Ibn Sab’în se viera sólo y aislado durante algún tiempo.
Ante tal estado de cosas, marchó a La Meca a la búsqueda de un ambiente más propicio para su labor de Dawua; allí recibió enseñanzas del propio emir de la ciudad y fue donde redactó gran parte de su obra, así como el documento por el que los jerifes de la Meca reconocían la soberanía del sultán de Ifriquiyya, Al-Mustansir. Se suicidó, al parecer, cortándose las venas.
Entre las obras que escribió se cita su manual de Iniciación del Sufí, además del Libro de los Grados, el Libro del Cero y varias Jutbas. Una de éstas es un verdadero legado de conocimiento sobre el Islam para sus discípulos, donde se les prevenía contra los sufíes de su tiempo (que negaban la resurrección y por consiguiente el infierno y el paraíso), a los que consideraba herejes y con quienes habría roto toda la tensión ideológica.

Toda su obra tiene un sello esotérico. Usaba de enigmas y símbolos por medio de las letras del alfabeto; se servía, además, de términos científicos, con un significado vulgar y una interpretación alegórica.

Su fama se extendió a casi todos los puntos del mundo entonces conocido, pues hasta al Papa de Roma había llegado el prestigio de nuestro autor.
En 1240, y por encargo de los almohades, escribió un tratado en respuesta a las cuestiones filosóficas que el emperador Federico II de Sicilia propuso, y que no encontró respuesta en ningún filósofo musulmán; enviadas las cuestiones a Africa, Ibn Sab’în fue encargado del honor de responderle con el tratado, llamado por su destinatario Cuestiones Sicilianas. El emperador preguntaba acerca de la eternidad del mundo, de las ciencias preliminares, del fin de la metafísica, acerca de las categorías y su número, y sobre el alma. Las respuestas de Ibn Sab’în, algo pedantes en el tono, se basan en Aristóteles, visto a través de sus comentaristas musulmanes, aunque también se basa en el misticismo sufí, para explicar el fin de la vida, que es para Ibn Sab’în uno de los exponentes más preclaros del sufismo andalusí, sólo superado por su maestro y paisano, Ibn ‘Arabî.

El sufismo en el Islam, como el misticismo en otros movimientos religiosos, surgió como resultado de un fuerte y genuino interés por la mejor manera de servir a Allah (s.w.t), ya sea en el ámbito social o en la vida de retiro.
No se puede fijar con exactitud la fecha de aparición del movimiento sufí en el Islam, pero todo parece indicar que fue hacia el siglo VIII. El Corán se convierte en base y pilar de sus practicas, siendo profusamente citados algunos pasajes, con un significado muy profundo, versículo como y , pasajes que se convirtieron en justificación y guía para el sufísmo. También se dotaron de un cuerpo propio de Tradiciones Proféticas, concernientes a la pobreza, la humildad, la renuncia a la riqueza, la confianza en Allah y todo lo que Le es agradable y que conducirá al amor y la sabiduría; como en el dicho . Pretenden los sufies que el Profeta Muhammad (s.a.s) no sólo dio la aprobación al sufismo, sino que fue el primer sufí y el Hombre Perfecto (al-insân al-kâmil).

Los núcleos y pilares del  sufí son la luz, el saber y el amor Allah. El aspirante sufí debe soportar una rigurosa iniciación bajo la supervisión de un igual; se le considera un viajero que atraviesa varias etapas a lo largo de un camino con el fin de alcanzar el Tawhid. Estas etapas para algunos son siete: arrepentimiento, abstinencia, renuncia, pobreza, paciencia, confianza en Allah y satisfacción. En definitiva, el sufí aspira, a través de su autoanulación, a amar y conocer a Allah, y a estar cerca y formar aparte de El: (cita de Arberry, recogida por Chejne en su Historia de España Musulmana).

Al igual que otras corrientes de pensamiento, el sufismo sufrió divisiones, siendo consideradas algunas facciones como ortodoxas, mientras que los propios sufíes llamaron heréticas a otras. Así, por ejemplo, Ibn Sab’în fue considerado por algunos como herético por desarrollar, en opinión de éstos, tendencias panteístas.

A pesar de todo ello, el movimiento sufí se extendió por todo el ámbito musulmán, desde la India hasta Al-Andalus, atrayéndose un gran número de seguidores.