ISLAM Y AL-ANDALUS

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Abd al-Rahman III

Uno de los mayores acontecimientos de la historia del mundo musulmán medieval se produjo a comienzos del año 929 (final del año 316 de la hégira): la proclamación del califato de Córdoba por el emir, Abd al­-Rahman III, séptimo sucesor de su homónimo y fundador de la dinastía establecida desde el año 756 en al-Andalus. (?, 891-Córdoba, 961) Emir (912-929) y primer califa omeya de Córdoba (929-961). Nieto de Abd Allah, emir de Córdoba, fue designado por su abuelo heredero al trono en razón de su inteligencia, perspicacia y tenacidad. A la muerte de aquél, en el 912, Abd al-Rahman III, con veintiún años, asumió el gobierno de un emirato cordobés prácticamente desmembrado por numerosos conflictos internos y amenazado por los cada vez más poderosos reinos cristianos peninsulares. Abd al-Rahman III adoptó el sobrenombre de al-Nasir (el Conquistador). Convirtió el califato de Córdoba en una potencia marítima, gracias a la creación de una importante flota con centro en Almería, que le permitió conquistar las ciudades marítimas de Melilla (927), Ceuta (931) y Tánger (951), así como establecer una especie de protectorado sobre el norte y el centro del Magreb, aunque la expansión del califato fatimí de Egipto, en el norte de África, redujo considerablemente la influencia omeya en esta región (958-959). Abd al-Rahman III no sólo convirtió Córdoba en el centro neurálgico de una nueva civilización musulmán en Occidente, sino que hizo de ella la principal ciudad de Europa, rivalizando a lo largo de más de un siglo (929-1031) con Bagdad, la capital del califato abasí, en poder, prestigio, esplendor y cultura. El califa omeya embelleció Córdoba, empedró e iluminó las calles, dotó la ciudad de numerosos baños públicos y de cerca de setenta bibliotecas para disfrute de sus aproximadamente 250 000 habitantes, fundó una universidad, una escuela de medicina y otra de traductores del griego y del hebreo al árabe, hizo erigir la Gran Mezquita y, en las afueras de la urbe, en Sierra Morena, ordenó construir el extraordinario palacio de Medina al-Zahra, del que hizo su residencia hasta su muerte.



La proclamación del califato de Córdoba

Uno de los mayores acontecimientos de la historia del mundo musulmán medieval se produjo a comienzos del año 929 (final del año 316 de la hégira): la proclamación del califato de Córdoba por el emir, Abd al­-Rahman III, séptimo sucesor de su homónimo y fundador de la dinastía establecida desde el año 756 en al-Andalus. Este mismo año, se reanudó la acuñación de dirhams, interrumpida durante unos treinta años, y se inauguró la de los dinares, nueva en al-Andalus. Ambas monedas designaban al soberano como Amir al­Mu´minin. Este reconocimiento o restauración del título califal por los omeyas de Occidente no era una simple peripecia política en la historia de la dinastía ni en la cuenca occidental del Mediterráneo.

Se podría considerar esta restauración como puramente simbólica o como un asunto de política interna y desde este punto de vista sería la consagración de la victoria definitiva que el poder cordobés había logrado unos meses antes sobre la interminable revuelta de Ibn Hafsun (la toma de Bobastro tuvo lugar en 21 dhu l-qa,da 315/enero del 928 y la visita de Abd al-Rahman III al lugar de los hechos y la exhumación de los restos del gran rebelde se hicieron en muharram 316/marzo 928). Marcaría también el restablecimiento de la autoridad del poder central de Córdoba sobre la mayor parte del territorio y anunciaría la rendición de las últimas disidencias como la de Badajoz y de Toledo que ya eran previsibles.

Pero es preciso resaltar que este acontecimiento tuvo, además, otra dimensión. Por una parte, sólo se le encuentra explicación en el contexto general, especialmente perturbado, del mundo musulmán de los primeros decenios del siglo X y podríamos pensar que no hubiera sido posible al margen de estos aspectos político-religiosos de alcance internacional.

Por otra parte, la naturaleza misma del poder dinástico cambió a causa de este acontecimiento, y el alcance histórico y cultural de la baya o reconocimiento y adhesión del pueblo a los califas de al-Andalus fue inmenso. Sin aceptar las tesis ni el método que ha desarrollado Gabriel Martínez Gros en su obra sobre la Ideología omeya, me parece que este libro muestra bastante bien la ambición implícita o explícita del califato de Córdoba -en tanto en cuanto era un poder teóricamente universalista- de emprender en el espacio que le rodeaba una verdadera reconstrucción del mundo, en el orden geopolítico y cultural, parecida a la que emprendieron, en la misma época, los fatimíes y sobre todo a la que había caracterizado a los abasíes siendo esta última, en gran parte, fundamento de la civilización musulmana.

Estas pretensiones, aparentemente desmesuradas en relación con el alcance político real de un poder cordobés que sólo logró imponerse en el Magreb occidental representaron, en el orden intelectual y artístico, los fundamentos de la cultura andalusí, considerada como una de las dimensiones esenciales de la civilización arabo-musulmana. Podemos pensar que sin el califato de Córdoba ni Ibn Hazm ni Ibn Rushd (Averroes), ni la transmisión del saber árabe al Occidente cristiano habrían existido. Tampoco habrían existido, con toda probabilidad, el arte almohade, extraordinaria síntesis de las tendencias artísticas beréberes y andalusíes en el espacio geográfico que los omeyas habían empezado a unificar y del cual se derivaron tanto el arte de la Alhambra como cualquier arte posterior del Magreb.

En la carta que mandó el soberano a los gobernadores de provincias para anunciarles la restauración del califato, invocaba el derecho del soberano omeya al título de Amir al-Mu´minin (Príncipe de los Creyentes) que otros habían usurpado. Abd al-Rahman III por primera vez entre los omeyas de Córdoba, tomó un sobrenombre o laqab, el de al-Nasir li­Dini Allah (el defensor del Din de Allah). Se situaba así al nivel de los otros dos califatos existentes entonces en el mundo musulmán. En primer lugar, por supuesto, se refería al califato abasí de Bagdad, cuyos título y legitimidad no habían sido contestados abiertamente por los emires de Córdoba hasta entonces. En segundo lugar al de los fatimíes de Qairawan, proclamado en el 910, que fue sin duda la justificación implícita de la instauración del título califal en al-Andalus. El fuerte poder shií, instalado desde hacía una veintena de años en el Magreb, representaba indiscutiblemente un peligro para el Islam ortodoxo -sunní- en Occidente.

Una propaganda mahdí en la que sin embargo es difícil ver una influencia propiamente fatimí, secundó la revuelta de Ibn al-Qitt en el año 901. Ibn Hafsun había reconocido también formalmente el califato fatimí y después de la toma de Bobastro, el soberano omeya hizo destruir la mezquita que había edificado allí al comienzo de su revuelta de modo que fue arrasado y quemado el mimbar desde donde se había bendecido al apóstata y perversa estirpe, y mencionado a su aliado, el shií Ubayd Allah, a cuya cuerda había querido asirse, haciéndose de su partido (Muqtabis). Sin embargo, no hay que exagerar la amenaza ideológica ni siquiera la social que representaba el movimiento fatimí para la Península. No se perciben tales influencias en el movimiento masarí, que se desarrolla en esta época en las zonas berberizadas situadas al norte de Córdoba.

Tal vez fuera en el aspecto militar y probablemente en el económico en los que el califato fatimí parecía más peligroso a corto plazo. En el año 917 sus ejércitos se habían apoderado temporalmente de la ciudad de Nakur, puerto activo en la costa mediterránea de Marruecos actual donde desembocaba parte del comercio de África occidental y cuyos emires fueron siempre fieles aliados de Córdoba. Después del 922-923, las fuerzas leales a Qairawan invadieron el Magreb occidental, partiendo desde la ciudad de Tahart que habían conquistado nada más formarse la dinastía y se apoderaron de Fez de donde expulsaron a los idrisíes. Las relaciones humanas y comerciales eran constantes a ambos lados del estrecho, y el poder cordobés, cuyos súbditos visitaban asiduamente las costas del Magreb, como vimos más arriba, no podía permanecer indiferente a esta progresión. Desde antes de la proclamación del califato, en el 924, Abd al-Rahman había intentado aliarse con los jefes zanatas Banu Jazar -establecidos en los actuales confines argelino-marroquíes­ que luchaban contra los fatimíes y luego mandó que se ocupara Melilla. En el año 931, las tropas andalusíes entraron en Ceuta donde se levantaron fortificaciones importantes. Desde entonces se establecieron en las dos ciudades guarniciones andalusíes con carácter permanente y el califato omeya desplegó grandes esfuerzos para contener lo mejor posible el avance fatimí, siguiendo en su política de alianzas con las tribus Magrawa-Zanata del Magreb occidental, hostiles a los San­haya del centro que sostenían el poder fatimí.
 
Restablecimiento del poder cordobés
Durante la primera parte del reinado de Abd al-Rahman III, asistimos a la sumisión metódica de Andalucía. Podemos considerar que ésta llegó a su término con la caída de Bobastro, tras la cual, como se había hecho en todas las regiones sometidas progresivamente, se destruyeron los castillos y se obligó a la población a bajar a los valles: Luego envió a los caides con diversos contingentes a todas las fortalezas (husun) de la cora de Royyo, con orden de destruirlas todas, derribar sus muros y derruir sus alcazabas, quitándoles los cimientos y dispersando sus piedras, y obligando a sus moradores a bajar al llano y habitar en él en alquerías, como lo habían hecho cuando pertenecían a la comunidad (Mugtabis).

En la Marca Inferior, los dos núcleos urbanos más importantes reconocieron rápidamente la autoridad del nuevo califa. Mérida gobernada por Masud b. Tayit, un beréber, de hecho ya se había sometido en el momento de la proclamación del califato. A lo largo de los años 316/928, un ejército dirigido por el general -también beréber- Ahmad b. Muhammad b. Ilyas, se apoderó de la fortificación de Mojáfar, centro de poder de los beréberes Nafza, cuyo jefe era un miembro del clan de los Banu Warayul (Bani Urriaghel). Luego Ibn Ilyas se lanzó a apoderarse del hisn de Alanje tras haber derrotado a la caballería de los rebeldes. Las gentes de Mérida enviaron entonces como embajador a Córdoba a un faqih beréber influyente, Ibn Mundhir, de quien sabemos que mantenía buenas relaciones con el hayib Musa b. Muhammad b. Hudayr. Se aceptó la rendición honorable de la ciudad, se eximió a los habitantes (designados como qawm, es decir, los miembros del clan de Ibn Mundhir) de ciertos impuestos (probablemente los impuestos ilegales), se inscribió a los fursan (caballeros, probablemente, los guerreros beréberes que formaban la aristocracia tribal), en el diwan (registro militar), y se nombró a Ibn Mundhir, que recibió muchas muestras de honores, cadí mientras que Masud b. Tayit con sus primos (banu amm) y los suyos (ahlihi) había ido a residir en Córdoba donde él y el jefe nafza de Mojáfar, que había llegado a la capital poco antes, ocuparon puestos en la administración y recibieron pensiones.

Una fuerte guarnición se estableció en la qasaba de Mérida, y los distritos tribales beréberes, Nafza, Miknasa, Hawwara y Laqant, fueron puestos bajo la administración del nuevo gobernador. Los muladíes de Badajoz y su emir Abd al-Rahman b. Marwan, tataranieto de Abd al-Rahman al-Yilligi, el fundador de la ciudad, resistieron un poco más de tiempo. A principios del año 317/929, Abd al-Rahman III inició el asedio, luego confiado a sus generales y que duró varios meses antes de que desembocara en la rendición de la ciudad cuyo emir fue entonces invitado a residir en Córdoba como lo había hecho el jefe beréber de Mérida.

Toledo se sometió dos años más tarde, en el 932. El Muqtabis de Ibn Hayyan contiene testimonios muy precisos e interesantes, de primera mano según parece, sobre la rendición de la ciudad. Al-nazi, en el que se apoya, había recogido el testimonio de un toledano de avanzada edad sobre el aman que el soberano había concedido a los toledanos: a pesar de nuestra forzada situación, en los términos que quisimos, con la condición de ser libres de tributos, colectas y de las desagradables alcabalas e impuestos de alojamiento, pues no se nos cobraría sino el azaque impuesto por la tradición conocida, ni se destituiría a nuestro encargado de las plegarias, ni se nombraría sino a los mejores de los nuestros por acuerdo de nuestra comunidad. Obviamente, era una comunidad musulmana la que reconocía la autoridad del poder central y lograba que se observaran las normas coránicas en materia de impuestos y se respetara cierta autonomía de la comunidad en materia religiosa. No se trata en absoluto de mozárabes, cuya existencia no se puede poner en duda, por supuesto, pero que no aparecen en ningún momento en los acontecimientos toledanos después de mediados del siglo IX cuando los cristianos de Toledo quisieron llevar a San Eulogio al episcopado de su ciudad.

La región que siguió preocupando al poder omeya en los años siguientes era la Marca Superior donde la familia de los Banu Tuyib conservaba su independencia después de la extinción o la sumisión de los últimos jefes muladíes Banu Qasi y de la mayoría de los Banu Amrus en los primeros decenios del X (en el año 936 encontramos a gobernadores nombrados directamente por Córdoba en Bobastro y Tudela, así como en Huesca donde, sin embargo, los Banu Shabrit reaparecerían más tarde). El tuyibí Muhammad b. Hashim, que en la primera época tras su acceso al gobierno de Zaragoza en el 930 había reconocido la soberanía de Córdoba como lo habían hecho su padre y su abuelo antes que él, se había aliado con el rey de León y había dejado de pagar tributos. Asediado por vez primera en el 935, se vio obligado a someterse. En el 936, los habitantes de Huesca expulsaron de su ciudad al gobernador omeya y Muhammad b. Hashim les envió a su hermano Hudhayl para ocupar el puesto. En la misma época, otras familias poderosas de la región nororiental, en principio sometidas pero conservando su posición de hecho, como los Banu Dhu 1-Nun de Santaver (en la lista de gobernadores del año 324/936 al-Fath b. Dhi 1-Nun fue sustituido por un tal Salama b. Ahmad, en el puesto de gobernador) dieron señal de agitación. Tal vez, como afirma Eduardo Manzano, estos movimientos coincidieran con la ambición de llegar al califato que tenía Ahmad b. Ishaq al-Qurashi, un general omeya de la dinastía, que estaba destinado en la Marca y que terminaría encarcelado y ejecutado.

A pesar de que los gobernadores leales -dos miembros de la familia beréber andalusí de los Banu I1yas- se esforzaban en luchar contra la revuelta tuyibí, el califa llegó a la región con un importante ejército para atacar primero Calatayud, gobernada como muchas otras ciudades de la zona por un tuyibí, Sulayman b. Mundhir, primo del gobernador de Zaragoza. La ciudad se rindió y se asesinó al gobernador, que fue sustituido por su hermano, al-Hakam, nombrado por el califa. Después de lograr la rendición de la capital de la Marca (noviembre de 937), éste firmó con Muhammad b. Hashim un largo tratado que le garantizaba fidelidad y prometía al tuyibí que le devolvería el gobierno de la ciudad, cosa que cumplió al año siguiente. Concedía, por otro lado, a su hermano Yahya el gobierno de Lérida. Parece, a juzgar por las fuentes, que los tuyibíes representaban una potencia mucho más grande que los señores muladíes que habían sido descartados, sin demasiado esfuerzo, de sus gobiernos locales o se les había parado los pies durante los años precedentes. Desafortunadamente, es muy difícil saber cuál era la base de esta fuerte implantación local, la riqueza en tierras o los lazos clánicos o tribales. Apoyarían esta hipótesis los nombres de quienes firmaron el tratado del 937 por parte tuyibí y, también, por parte omeya.
 
Las fronteras cristianas
Pronto Abd al-Rahman III no se limitaría a extender su control sobre el territorio de al-Andalus. La debilidad del poder central había tenido efectos desastrosos sobre todo en la frontera occidental donde el rey Ordoño II de León se había atrevido a lanzar ataques devastadores contra Evora, cuyos habitantes fueron masacrados (913), contra Alange (915) y Talavera (918). En el año 917, Abd al-Rahman III pudo liberarse suficientemente de los problemas internos y encontrar los medios de lanzar una primera expedición contra los cristianos. Siguieron otras expediciones en los años posteriores. La del 917 fue un fracaso al quedar las tropas musulmanas diezmadas en la plaza de San Esteban de Gormaz que habían atacado. Las campañas de los años siguientes fueron más exitosas, sobre todo la llamada de Muez, en el 920, dirigida por el soberano mismo, luego la de Pamplona del año 924, en la que Abd al-Rahman III avanzó hasta la capital navarra, se apoderó de ella y la saqueó. La situación en las fronteras había mejorado sensiblemente, pero la amenaza leonesa no había desaparecido. Ramiro II atacó Madrid en el 932, derrotó a un ejército musulmán en Osma en el 933 y se alió, como hemos visto, con el poderoso gobernador tuyibí de Zaragoza. Abd al-Rahman III intentó restablecer la situación del lado cristiano. Más adelante, tras haber logrado someter a Muhammad b. Hashim en el año 937, organizó un gran ejército bajo su propio liderazgo y se dirigió contra la frontera castellana de León en el año 939.

Esta campaña que el califa quería que fuera decisiva y le había dado por ello el nombre de ghazwat al-qudra (la campaña de la omnipotencia), se hizo famosa con el nombre de Simancas-Alhandega. El objetivo era restablecer la supremacía musulmana sobre la frontera del Duero, más allá de donde los castellanos empezaban a establecer puntos de poblamientos apoyados en particular sobre la fortificación de Simancas, sobre la orilla derecha del río, ocupada desde el año 899. La expedición no logró tomar la fortificación y tras unos días de combate sufrió una grave derrota -cuyas circunstancias suscitan controversias- en agosto del año 939, a manos de una coalición de leoneses y navarros. La caballería musulmana fue masacrada por los cristianos en un foso (al-jandaq, Alhandega). El califa, que tuvo que huir de forma bochornosa, dejando en su campamento un Corán de gran valor que le acompañaba en sus expediciones y su corselete de mallas de oro, achacó este desastre a la poca combatividad e incluso a la traición de parte de sus tropas. Algunas fuentes dejan entender que el yund y la aristocracia militar de la frontera -el gobernador de Huesca y el zanuní (miembro de la familia de los Dhi 1-Nun) de Santaver en particular- les habría faltado combatividad e incluso habrían abandonado el combate a causa de la envidia que tenían de los jefes militares sagoliba -esclavos o libertos de origen europeo o eslavo- a los que el califa había empezado a dar puestos de mando importantes. A la vuelta, mandó crucificar a varios oficiales acusados de cobardía, de entre los cuales el gobernador muladí de Huesca, Furtun b. Muhammad al-Tawil. El gobernador de Zaragoza, Muhammad b. Hashim, se había hecho prisionero y quedó en manos del rey de León durante dos años.

Este humillante fracaso trajo un cambio notable en la política militar del califa que se abstuvo desde entonces de participar personalmente en las campañas, que, por otro lado, parecen haber sido menos ambiciosas. La derrota no tuvo, de hecho, graves consecuencias territoriales porque los problemas internos paralizaron León y porque el poder cordobés, con su tenacidad, logró mantener una presión lo suficientemente fuerte sobre la frontera, y desplegó un gran esfuerzo para protegerla, fortificando los puntos estratégicos. En el año 940, se edificaron y reforzaron las defensas de Calatilifa y Saktan. En el año 946 el cuartel general de la frontera media, la de Toledo, se estableció en Medinaceli, donde se reforzó una antigua muralla abandonada y se repobló la ciudad.
No se constata una falta de confianza generalizada del califa hacia los señores de la frontera. Los Banu Shabrit o los Banu Amrus, parientes del gobernador muladí de Huesca, fueron mantenidos en sus puestos en el gobierno de la ciudad, como los Banu Tuyib en Zaragoza. El califato consolidó, por otro lado, la posición de las otras grandes familias de la región nororiental, en particular los linajes de las zonas montañosas situados al norte y al este de Toledo, como los Banu Zirwal de la región de Soria, los Banu Dhi 1-Nun de Santaver, los Banu Ghazlun de Teruel, los Banu Razin de la Sahla: dividió el país entre ellos en lotes, renovándoles a ellos y sus sucesores en cada parte y anualmente sus nombramientos con amplias atribuciones (Mugtabis). El califato siguió dotando al ejército de buenos mandos y de contingentes saqaliba, reclutando un número importante de jóvenes esclavos a los que se daba una educación militar, política. Esta política había empezado ya desde antes de Simancas pero se activó tras el dudoso comportamiento del yund tradicional. Al final del reinado del primer califa de Córdoba, había varios miles de saqaliba.

Gobierno y administración
No emprenderemos una descripción detallada de la organización gubernamental y administrativa del califato. El personal del gobierno central y de la administración provincial se conoce gracias a las listas de dignatarios y gobernadores que proporcionan varias fuentes y en particular el Muqtabis. Las fuentes han permitido efectuar estudios prosopográficos que permiten reconstruir la carrera de muchos personajes. Levi Provençal ha dibujado las lineas principales de esta organización califal, progresivamente acrecentada, perfeccionada y cada vez más compleja, y Joaquín Vallvé proporciona un cuadro minucioso de esta administración cuya característica más destacada era la movilidad. Esta administración estaba muy personalizada. Los visires, numerosos, supervisados al principio por un hayib (chambellan), luego por uno de ellos investido con el dhu I-wizaratoyn (doble visirato) sometido finalmente al control directo del califa después del 942, parecen haber sido una especie de jefes de oficina, secretarios superiores encargados de un sector de las actividades gubernamentales que las fuentes no definen.
Sólo hacia finales de su reinado, en el año 955, se racionalizó esta organización: Los despachos de la secretaría del Estado fueron asignados a cuatro visires: el primero [...] fue encargado del examen de toda la correspondencia que se recibía de los funcionarios de las provincias; el segundo [...] de las cartas de las marcas fronterizas y de los puertos de la costa; el tercero [...] recibió la misión de controlar la ejecución de las decisiones administrativas ratificadas por el soberano como decretos reales; el cuarto [...] dirigía la instrucción de las demandas que llegaban al Palacio y aseguraba la aplicación de medidas en el caso de reclamaciones bien fundadas (Vallvé).

La administración provincial, al menos en las regiones interiores, ofrece pruebas de la misma movilidad, como se ve por las listas de gobernadores proporcionada anualmente por el Muqtabis, en la que se manifiesta un movimiento constante de nombramientos y de revocaciones. Estas listas -tenemos las de los años 317/929-930 hasta 330/341-342- merecerían un estudio específico aún sin hacer. Mostrarían probablemente ciertas evoluciones, pero habría que analizarlas profundamente.
Sin embargo, incluso un examen superficial ya resalta hechos interesantes: por un lado el casimonopolio del núcleo duro omeya-qurayshí que constituía la baza del poder desde la época del emirato sobre los distintos gobernadores y, por otro, la importante posición de los beréberes y el papel menor de los muladíes.
 
Ejército e impuestos
La política africana, las expediciones contra los cristianos y las operaciones militares destinadas a mantener el orden o a extender el control del sultan sobre las regiones todavía insumisas necesitaba un ejército eficaz cuyo coste era, a la fuerza, elevado. El yund arabo-beréber, dotado de pensiones sacadas, por un lado, del tesoro, pero también de los gobiernos locales en las Marcas y probablemente de concesiones de bienes raíces y tributarías, vio -como dijimos antes- su papel progresivamente contestado a causa del reclutamiento masivo de Saqaliba que había que comprar y mantener. La garantía dada, en varias ocasiones, a los rebeldes que aceptaban la sumisión (en Mérida y en Toledo, por ejemplo) permitiéndoles pagar solamente los impuestos canónicos, induce a pensar que la fiscalidad califal buscaba, como es lógico en todo Estado musulmán, paliar la insuficiencia crónica de ingresos imponiendo impuestos suplementarios, mal aceptados a la fuerza. Pero es muy difícil hacerse una idea precisa de cómo era el sistema impositivo con Abd al-Rahman III.

Ibn Hawqal enumeró una serie de impuestos: sadaqa, yibaya, jarayat, as­har, damanat, marasid, yawali, rusum, que son términos cuya traducción no es evidente la mayoría de las veces, y que dieron, a mediados del X, una cifra global de ingresos en el tesoro muy considerable que llegaría a veinte millones de dinares. Ibn Idhari, en el Bayan, indicó que la yibaya (tributación) en tiempos de al-Nasir llegó a 5,5 millones. Pedro Chalmeta piensa que la diferencia se debe a que el término yibaya sólo designa los impuestos legales lo que supondría una cantidad considerable de impuestos ilegales. Dudaríamos siempre a la hora de aceptar esta interpretación si consideramos que, siempre desde el punto de mira de Ibn Hawqal, las imposiciones eran poco gravosas en al-Andalus. Las indicaciones proporcionadas por las fuentes escritas sobre los impuestos y la moneda plantean varios problemas: al-Hamadani (muerto en el 903) indicó, por ejemplo, que los habitantes de al-Andalus no utilizaban fraccíones de dirham sino solamente fulus (pequeña moneda partitiva de bronce o de cobre), lo que no deja de ser sorprendente si consideramos que este tipo de moneda era raro tanto en las colecciones conocidas como las descubiertas en las excavaciones arqueológicas y que conocemos numerosas fracciones de dirhams, pero tal vez pertenecientes a épocas posteriores al siglo IX.

Los problemas relativos a los impuestos y a la moneda, así como a los precios y salarios, no se han investigado de forma sistemática y exhaustiva a través de los textos y las colecciones numismáticas, lo que permitiría analizar toda la información potencialmente disponible. También habría que situar los datos obtenidos en el contexto del mundo musulmán, o al menos, del Occidente en su conjunto. Un hecho importante como la acuñación de oro, cuya significación política y simbólica es evidente, pero que, a su vez, es consecuencia de varios factores de orden económico y de él derivan implicaciones del mismo orden, parece realizarse en los cinco o seis primeros años de forma continuada (años 317-322/929-934), luego se ralentiza pero manteniendo un ritmo regular (años 323-336/935-947), hasta llegar a ser episódica y casi insignificante al final del reino. Tales constataciones no tienen, en el momento actual de nuestros conocimientos, explicaciones satisfactorias.

Hay que reconocer que el restablecimiento del poder omeya y su reforza­miento en la primera mitad del X plantean tantos problemas como la desorganización de al-Andalus al final del siglo precedente. En una evolución cuyos aspectos políticos resaltan con más evidencia a nuestros ojos, conviene evidentemente colocar en su justo lugar la inteligencia política del gran soberano Abd al-Rahman III.