ISLAM Y AL-ANDALUS

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LOS ÁRABES EN LA HISTORIA DE LOS SABIOS

arabesLa “Historia de los sabios de España” se escribió por primera vez en 1060 por Humaidi de Mallorca, con interesantes noticias de aquellos tiempos, desconocidas completamente a los cronicones españoles.

 

 

 

 

En este libro se ve más que en ningún otro la procedencia de los conocimientos  literarios entre los árabes y la influencia de las clásicas escuelas alejandrinas, diseminadas en el Oriente durante los siglos medios.

Cuenta Bashkuwal lo mismo, y lo refiere en mil ocasiones. Cuando se encontró en Sevilla al celebrado Hasfiz, de sobrenombre Ibn al-‘Arabi, y le preguntó qué iba a hacer para completar su educación, contestó que proyectaba hacer con su padre un viaje a Oriente para aprender filología, ciencias y tradiciones. Así, pues, en el año 1124 volvió a Sevilla con tal caudal de conocimientos, “como nadie antes había traído.” Cuya narración está demostrando que en Egipto y en  la Asiria se sostenían por aquella época las antiguas escuelas griegas, y que los doctores citados, por regla general, importaban las ciencias del lejano Oriente, más bien que de las escuelas establecidas en los dominios cristianos de Occidente.

Así pues en Bagdad se conocen tales y tan imporantes como las que produjeron al gramático Ibu al-Anbari, una de las lumbreras de aquella patria y el primer memorista quizá del mundo.

Cuéntase que preguntado un día si era verdad que sabía de memoria trescientos mil versos, contestó: “Tengo en mi cabeza tantos como se necesitan para llenar trece áreas.” Sabía de memoria ciento veinte comentarios del Qur’an.

De este escritor es el siguiente verso, traducción directa del árabe:

“En las blancas regiones del Orba, si las visitáis, sólo encontrareis blancas y puras gacelas pastando libremente sin pastores… Allí han ido, sin miedo a los peligros, con el solo afán de no incurrir en celosas sospechas … Son castas, y el que desee atraparlas, desesperará.”

 

Cultivaron la literatura en públicas escuelas Abu Obaidó, Al-Asmai, Abu Zaid, Al-Otlú y una multitud de maestros, que además de ser excelentes escritores, hablaban con notable elegancia. De esta clase era Abu l- Aina, máwla del califa Al-Mansur. Cuéntase que estando éste un día en la sociedad de cierto visir, y hablando de la historia de los Barmekidas y sus generosidades, dijo el visir a Abu l-Aina, poeta que había escrito un libro en elogio de esta familia: “Habeis elogiado demasiado esas bondades, lo cual es una ridícula fabricación de libros de fábulas imaginadas por los autores.” Abu l-Aina, inmediatamente replicó: “¿Por qué los fabricantes de esos libros no se ocupan de Vos? ¡Oh, Visir!” Un día se quejó de la desesperada situación en la que se hallaban. “¿No he escrito yo en vuestro favor a Ibrahim al-Mulabbar?”, le dijo el visir. “Es verdad, contestó Abu l-Aina, pero este hombre es cruel para los desgraciados, mis esfuerzos serán inútiles, y vanas mis esperanzas.”  A lo que replicó el visir: “Mía no será la culpa, tú mismo lo has elegido.” No me vitupereis por esto, repitió el poeta; Moisés eligió entre el pueblo setenta hombres, y no halló uno solo prudente. El profeta nombró un secretario, Abd Allah, el cual fué un apóstata que se unió a los infieles.”

Habíendo un día ido a visitar a Ismail Ibn Bulbut, este visir le dijo: “¿Por qué habeis estado sin verme tanto tiempo?” A lo que contestó el poeta: “Porque me han robado mi mula. ¿Y cómo fue esto?, le interrogó de nuevo. Como no estaba con los ladrones no pude verlo. ¿Y por qué no habéis venido a visitarnos en otro asno? Porque mi pobreza me prohibía comprarlo, mi orgullo anunciarlo y mi independencia pedirlo prestado.” Otra vez  tropezó en su camino con una persona que estaba parada, a quien dijo: “¿Quién sois?. Uno de los hijos de Adán, fue la réplica. Bienvenido, exclamó Abu l-Aina; Dios os otorgue larga vida, pues yo creía que todos sus hijos habían muerto.” Infinitas las anécdotas que se cuentan de un hombre que vivía en contacto con la más elevada sociedad musulmana  por su ingenio y talento, a quien le era permitido reprender a los príncipes y magnates, censurarlos constantemente y que vivía sin embargo en un estado de pobreza, de la cual hacía alarde como un filósofo de la antigua Grecia.

(continuará)

Revista de España. 1878