ISLAM Y AL-ANDALUS

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Holocausto silenciado: 9 millones de muertos en África, el genocidio del coltan

El control del coltán, un mineral de vital importancia para la industria tecnológica y cuyas mayores reservas se encuentran en la República Democrática del Congo, es la causa de conflictos y matanzas que han acabado con la vida de casi diez millones de africanos

El control del coltán, un mineral de vital importancia para la industria tecnológica y cuyas mayores reservas se encuentran en la República Democrática del Congo, es la causa de conflictos y matanzas que han acabado con la vida de casi diez millones de africanos. Servicios secretos occidentales y poderosas multinacionales son los verdaderos responsables del horror que se vive en África central, silenciado durante años por los gobiernos del Primer Mundo. 

 

-La guerra del Congo se libra por el control de los recursos naturales-,  declaró Kofi Annan, entonces secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), acusando veladamente a gobiernos y multinacionales occidentales de provocar la muerte de entre 7 y 9 millones de africanos; una infamia sólo comparable al holocausto judío. Sin embargo, los grandes medios de comunicación acallaron durante años las atrocidades que tenían lugar en el continente negro, cuyos bandos en conflicto eran armados y entrenados por diversos servicios ­de inteligencia del «primer mundo», con el objetivo de dominar enormes reservas de petroleo y minerales, sobre todo de uno: el coltán. Considerado un bien estratégico por el Pentágono, el 80% de sus reservas mundiales se encuentran en una región congoleña llamada Kivu (dividida po­líticamente en Norte y Sur), por la que pugnan guerrillas, ejércitos y grupos rebeldes conectados directa o indirectamente con Occidente.

 

LA I GUERRA MUNDIAL DEL CONTINENTE NEGRO

El coltán es uno de los elementos esenciales para el funcionamiento de las nuevas tecnologías; como los teléfonos móviles, los ordenadores, los videojuegos y las industrias aeroespacial y armamentística, a causa de sus singulares propiedades, pues es un superconductor, soporta altas temperaturas, es resistente a la corrosión. .. Para hacemos una idea de la importancia de dicho mineral, en el año 2000 la multinacional Sony  tuvo que posponer el lanzamiento de la PlayStatíon 2,-Ia famosa videoconsola- debido a la escasez de Coltán.

 

La guerra del Congo se inició en 1998 y terminó «oficialmente» en 2003, aunque los combates todavía continúan en la zona, sobre todo en la «apetitosa.. región de Kivu. El conflicto se inició cuando los ejércitos de Ruanda, Uganda y Burundi, armados y financiados por EE UU, apoyaron a diversas guerrillas contrarias a Joseph DésiréMobutu, dictador que manejaba con mano férrea el Congo desde 1965. Mobutu es­taba bajo la protección del servicio secreto francés y diversas multinacionales de este país; el cual dominaba de facto la región de Kivu y, por tanto, las reservas de coltán. Por esta razón, la comunidad de inteligencia estadounidense tomó la decisión de derrocar al dictador, utilizando para ello a las Fuerzas Armadas de Uganda, Ruanda y Burundi, las mejor preparadas del continente negro y, como hemos apuntado, fieles aliados de EE UU. Depuesto Mobutu, ocupó su puesto Laurent Kabila, títere de los gobiernos invasores, es decir, de los intereses estadounidenses. Como se esperaba de él, rompió los acuerdos con las empresas francesas y otorgó nuevas concesiones a compañías de EE UU, Canadá y Sudáfrica. Sin embargo, la población comenzó a posicionarse en su contra, señalándolo como un traidor, a la vez que se formaban guerrillas opositoras, probablemente con el apoyo de elementos cercanos al espionaje francés. Kabila decidió actuar y expulsó del país a todos sus consejeros ruandeses, tomando el control de parte de la nación. De todos modos, Kivu continuó dominado por milicias fieles a los invasores. Las modernas Fuerzas Armadas de Uganda, Ruanda y Burundi, sostenidas gracias a los fabulosos créditos otorgados por EE UU, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, no tardaron en atacar directamente las posiciones del casi inexistente ejército congoleño, que recibió el auxilio militar de Angola, Namibia, Zimbabwe y el Chad, países bajo la órbita de la inteligencia francesa.

 

En definitiva, EE UU y Francia -y sus respectivas multinacionales- enfrentándose por el dominio del preciado coltán, pero no directamente, sino utilizando a los ejércitos de varios países africanos y armando a la vez a guerrillas, grupos terroristas e insurgentes de todo pelaje. El resultado no pudo ser más terrible: seis años de guerra abierta y otros tantos de conflicto encubierto, con un saldo de entre 5 y 7 millones de muertos -la mayoría indefensos civiles- e incontables desplazados, heridos y pérdidas económicas, lo que generó hambrunas, enfermedades y miseria. Un genocidio en toda regla que pasó totalmente desapercibido para la opinión pública occidental.

 

OPERACIONES SECRETAS

Laurent Kabila fue asesinado el 16 de enero de 2001 por personas de su guardia personal, en un magnicidio todavía sin aclarar. Lo sustituyó al frente del gobierno congoleño su hijo Joseph Kabila. Nada cambió, los combates continuaron, pero buena parte de Kivu permaneció bajo el control de Ruanda. El ejército de este país está relacionado con una importante empresa, dependiente de un conglomerado de transnacionales occidentales, cuyo fin es el monopolio del comercio de coltán. El ejército ruandés poseía sus propias compañías de transporte, todas ellas ligadas a altos cargos de Ruanda y Burundi o a sus allegados y familiares. La mayor parte del coltán extraído -una práctica común consistía en acumular grandes cantidades del mismo para que su precio subiera- iba a parar a EE UU, Alemania, Bélgica y Kazajstán. Una entidad financiera creada en 1996 en Kigali, la capital ruandesa, y muy vinculada con grandes bancos estadounidenses, se encargaba de manejar las enormes sumas de dinero procedentes de las operaciones de compraventa de coltán, oro y diamantes.

 

En 2001, la ONU envió a la zona a un grupo de observadores, cuyo informe concluía que el único modo de acabar con la terrible guerra consistía en decretar en la zona un embargo de armas y de las importaciones y exportaciones de oro, diamantes y coltán, estableciendo un protocolo de certificación sobre el origen de dichos «productos». Además, los investigadores proponían sancionar a todos los países y empresas que incumplieran el embargo y congelar los activos financieros de los líderes militares y guerrilleros implicados en el conflicto.

 

Las presiones de funcionarios de la ONU y diversas ONGs causaron cierto efecto sobre la opinión pública mundial, estableciéndose una lista negra con los nombres de 34 empresas (27 occidentales) que importaban coltán y otros minerales de la zona. Sin embargo, continuaron funcionando varias rutas alternativas y el coltán congoleño siguió fluyendo al mercado internacional, camuflado como procedente de Brasil o Tailandia. Las medidas sirvieron de bien poco, porque EE UU y la Unión Europea mostraron un nulo interés por acabar con el conflicto. Es más, países europeos y EE UU continuaron enviando cuantiosas ayudas ec­nómicas a Uganda y Ruanda que, en gran parte, sirvieron para rear­mar a los ejércitos de ambas naciones.

 

LA ONU Y EL EXPOLIO DEL PAIS AFRICANO

Tras la firma de los acuerdos de paz entre los contendientes en 2002, gracias a las presiones de periodistas, la ONU y ONGs, la guerra tomó nuevos derroteros. El ejército ruandés pertrechó con modernas armas y financió a la guerrilla liderada por Laurent Nkunda, aliado de Ruanda y cuyas sangrientas milicias controlaban la región congoleña de Kivu. De nuevo comenzaron los enfrentamientos, esta vez todavía más violentos si cabe, porque los hombres Nkunda violaron, torturaron y asesinaron a cuantos civiles se cruzaron en su camino. Determinados miembros de ONGs realizaron polémicas declaraciones, acusando a los «cascos azules» (Fuerzas de paz de la ONU) desplegados en el lu­gar del conflicto de apoyar a la guerrilla de Nkunda. Al parecer, algunos lugareños dijeron que habían visto a los cascos azules de la MONUC (Misión de las Naciones Unidas en la República Democrática del Congo) transfiriendo armamento a los rebeldes de Nkunda y a helicópteros de dicha fuerza internacional transportando minerales hacia la frontera de Ruanda. Otros testimonios apuntan a que la MONUC desaparecía de la zona de combate si los rebeldes llevaban ventaja y se interponía si el ejército congoleño estaba en posición de avanzar.

 

Estas acusaciones se suman a dos hechos suficientemente contrastados. A finales de 2008, los hombres de Nkunda, vestidos con el uniforme oficial de las tropas de la MONUC, tomaron por sorpresa la base militar de Rumangabo, donde se encontraba buena parte del ejército congoleño, cuyos efectivos no abrieron fuego pues creyeron que eran cascos azules los que se estaban acercando. Esta táctica ya la empleó Nkunda en junio de 2004, cuando sus tropas tomaron la ciudad de Bukavu empleando la misma treta.

 

En este sentido, llaman la atención las declaraciones del obispo congoleño Jean-Anatole Kalala Kaseba, durante un encuentro organizado en Madrid por el Comité de Solidaridad con el África Negra: «Creemos que los que han creado esta situación pueden ponerle fin, especialmente los americanos. La ONU está allí, incluso en mi diócesis. Son observadores, pero ¿qué es ser observador? Tienen un programa que no quieren decirnos. Aseguraron que venían para ponerse entre los beligerantes, pero vienen a confirmar la partición del país. Nosotros hubiéramos preferido que estuvieran en todas las ciudades, pero resulta que no están presentes ni en Uganda ni en Ruanda. Tenemos razones para pensar que estos observadores han sido enviados por las multinacionales. El ex presidente de Botsuana, Kett Masire -el mediador en el conflicto congoleño-, ha dicho claramente que si fracasa el diálogo intercongoleño, la ONU tomará de nuevo el país en sus manos. No es nuevo. Esta guerra ha sido provocada para esto. La ONU quiere que fracase el diálogo intercongoleño para dirigir el país como un protectorado. Creo que dicha organización está hoy al servicio de una gran potencia y hace lo que ella quiere". El 22 de enero de 2009, al parecer debido a la presión del nuevo gobierno de EE UU, los ejércitos de Ruanda y el Congo apresaron a Nkunda, poniendo fin a los combates, al menos por el momento.

 

"FRANCIA PROTEGiÓ A LOS ASESINOS"

La competencia entre Francia y EE UU por el control de África se escenificó con todo dramatismo en el genocidio ruandés. Ambas naciones ambicionaban controlar las Fuerzas Armadas del minúsculo país, localizado en una zona estratégica, con el objetivo de hacerse con los golosos recursos naturales de África central. Hasta 1994, Ruanda estuvo gobernada por el presidente Juvénai Habyarimana, miembro de la mayoría hutu que ostentaba el poder. Los individuos pertenecientes a la otra etnia, los tutsis, sufrían habitualmente el ostracismo y la violencia gubernamental, así que los líderes tutsis crearon un ejército rebelde conocido con el nombre de Fuerzas Patrióticas de Ruanda (FPR). El gobierno de Habyarimana era un fiel aliado de Francia, país del que recibía dinero e instrucción militar para sus soldados. Por contra, como no podía ser de otro modo, el FPR contaba con el beneplácito de Washington.

 

El genocidio se inició el 6 de abril de 1994, cuando el avión en el que viajaban Habyarimana y el presidente de Burundi -el hutu Cyprien Ntaryamira- fue derribado por dos misiles en las cercanías del aeropuerto de Kigali, la capital ruandesa. A día de hoy no está clara la autoría del atentado, aunque investigaciones llevadas a cabo por un juez francés apuntan a que los misiles fueron disparados por soldados del FPR. En el año 2000 aparecieron unos reveladores documentos para el escla­recimiento del caso. Varios días antes del dramático suceso, el avión que sufrió el atentado aterrizó en el aeropuerto de Ginebra. En el mismo viajaban varios coroneles del ejército de Burundi, institución que mantenía estrechas relaciones con el FPR. Uno de estos militares burundeses fue detenido por las autoridades francesas cuando intentaba cruzar la frontera y le fueron requisados varios documentos. El contenido de estas notas confirmaría que el FPR, liderado por el tutsi Paul Kagame, planeaba atentar contra el avión presidencial en Kigali.

 

ESTRATEGIAS GEOPOLITICAS

Sin embargo, ya mucho antes del atentado que desencadenó la masacre, concretamente el 11 de enero de 1994, el general canadiense Roméo Dallaire, máximo responsable del contingente de los cascos azules de la ONU en Ruanda, había enviado un fax al Departamento de Operaciones de paz del Cuartel General de la ONU en Nueva York. En el mismo ponía de manifiesto que, según sus informadores, se gestaba un gran genocidio en el país. Solicitaba refuerzos y permiso para llevar a cabo planes preventivos. La respuesta de la ONU fue clara: se le prohibía intervenir. El mismo día que el avión en el que volaba Habyarimana saltó por los aires, algunos extremistas hutus del gobierno torturaron y asesinaron a diez soldados belgas de las Fuerzas de paz de Naciones Unidas. Una semana después, el general Dallaire seguía insistiendo en que con un contingente de 5.000 hombres y un mandato claro se podía evitar la masacre que se avecinaba. Pero desde la ONU la consigna siguió siendo la de no entrometerse. En la actualidad, Dallaire, ya retirado y profundamente marcado por los sucesos que le tocó vivir en Ruanda, afirma que por alguna razón desconocida para él las potencias occidentales decidieron permitir que el genocidio se produjera. El general apunta directamente al gobierno francés: «(Militares franceses) estaban presentes en los cuarteles generales (de Ruánda). Conocían lo que pasaba en las estructuras militares. Estaban perfectamente informados de que se tramaba algo que podía conducir a grandes matanzas». Dallaire también aseguró que «Francia protegió a los responsables del genocidio», Efectivamente, después de que los progubernamentales hutus asesinaran a cerca de dos millones de tutsis y hutus moderados durante varios días, el ejército francés puso en marcha la llamada Operación Turquesa. En teoría, se trataba de un corredor humanitario para sacar del país a sus compatriotas, pero en la práctica no era más que una operación militar para proteger a los responsables de la masacre, los cuales mantenían estrechísimas relaciones comerciales y militares con Francia.

 

OCCIDENTE ALENTÓ LAS MATANZAS

Sin embargo, el gobierno francés no era el único que conocía lo que se tramaba. Algunos informes militares revelan que el gobierno estadounidense sabía del riesgo de un genocidio en Ruanda en 1994, pese a lo cual insistió en la retirada de las Fuerzas de paz de la ONU. Por ejemplo, en un memorando del Pentágono se solicitaba a sus responsables que evitaran utilizar el término genocidio para describir lo que estaba sucediendo en Ruanda porque esto obligaría al gobierno de EE UU a intervenir, según lo estipulado en el Tratado sobre Genocidio de 1948. Todo lo anterior quiere decir, ni más ni menos, que el general Dallaire recibió la orden de no intervenir porque ni Francia ni EE UU, los dos países que se enfrentaban por el control de Ruanda, querían que se produjera la intervención. Ambos pretendían que tuviese lugar el genocidio, quizá por razones distintas. La comunidad de inteligencia francesa probablemente apostó porque los hutus acabaran con sus enemigos tutsis, «enterrando» así a los rebeldes del FPR sostenidos por los EE UU. Por el contrario, los estrategas del gobierno estadounidense debieron pensar que las matanzas desencadenarían una reacción de rechazo mundial al gobierno de Ruanda, lo que provocaría que los rebeldes del FPR se hicieran con el poder. Así fue: acertaron los norteamericanos y erraron los franceses, sólo que este juego de ajedrez de las dos potencias costó la vida a casi dos millones de ruandeses.

 

Ya instalado como jefe de gobierno, Paul Kagame, líder del FPR, se dedicó a masacrar a los miembros de la etnia hutu que todavía quedaban en el país, igual que anteriormente los hutus habían hecho con los tutsis. Decenas de miles de hutus lograron huir hacía el Zaire, donde también fueron asesinados por las tropas de Kagame, siempre con el beneplácito de EE UU, cuyo gobierno presionó a la ONU para que en sus informes sobre las masacres de Zaire se excluyese la palabra genocidio. El resto de la historia ya la conocemos: EE UU armó y financió al nuevo ejército ruandés, que junto a los de Burundi y Uganda -también aliados de EE UU- atacaron a la República Democrática del Congo, país bajo la protección del ejército y la inteligencia francesa.

 

CHINA ENTRA EN JUEGO

A mediados de 2008, los gobiernos de la República Democrática del Congo y China firmaron una serie de acuerdos, en virtud de los cuales el segundo se comprometía a dotar al país africano de ciertas infraestructuras, además de escuelas, hospitales, etc. A cambio, el gobierno congoleño permitía a compañías chinas la explotación de diversos recursos minerales. Según se ha podido saber, un 30% de los beneficios se quedan en el Congo, mientras las empresas europeas y estadounidenses ofrecen un porcentaje menor. Diversas potencias occidentales presionaron a Joseph Kabila para que rompiese los acuerdos, pero éste decidió seguir adelante con los mismos. Curiosamente, durante los siguientes meses arreciaron las embestidas de las fuerzas rebeldes comandadas por Nkunda.

 

¿ Lo sabías... ?

SE CALCULA QUE 20.000 personas trabajan en las minas de coltán de Kivu en un régimen de semiesclavitud, vigilados atentamente por militares y guerrilleros. Son ex campesinos y ganaderos, además de refugiados y prisioneros de guerra. También extraen el preciado mineral niños de corta edad  que, gracias a su pequeño tamaño, pueden adentrarse en las minas a ras de suelo. No tienen apenas descanso y se alimentan por sus propios medios, cazando animales y comiendo vegetales. Muchos de ellos fallecen a cau­sa de enfermedades, hambre o por la brutalidad de sus capataces.

 

­EL PRECIADO "ORO GRIS"

Madeleine Albright, ex secretaria de Estado dé EE UU, se refirió a las contiendas por el dominio del coltán como «la primera guerra mundial africana». Pero, ¿por qué es tan importante para el Primer Mundo este mineral? Rocío Lunar, catedrática de Yacimientos Minerales de la Universidad Complutense de Madrid, y Jesús Martínez Frías, geólogo del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España, lo explican a la perfección en un magnífico artículo que publicaron en el diario El País. En realidad, responde a la concentración de dos minerales: la columbita y la tantalia. «Son escasos en la naturaleza y un claro ejemplo de cómo el avance tecnológico contribuye a que materiales considerados simples cu­riosidades mineralógicas sean cruciales debido a sus nuevas aplicaciones», escribieron los científicos.